11-S: el día que Nueva York perdió la inocencia

Sus fotografías son icónicas en la historia de Nueva York, pero casi le costaron la vida: lo desenterraron de entre las ruinas.

David Handschuh, que era fotoperiodista del Daily News aquel martes 11 de septiembre del 2001, considera que hoy hace 25 años “estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado, o en el lugar equivocado en el momento adecuado”.

Se suponía que no le tocaba turno de trabajo en el diario hasta las cinco de aquella tarde. Esa mañana tenia que dar clases en la Universidad de Nueva York (NYU). Ese 11 de septiembre era el inicio del curso.

Ahí iba con su coche circulando poco antes de las nueve de la mañana por el bajo Manhattan, en concreto por West Street, cuando vio que un avió impactaba en la torre norte de las Torres Gemelas. Era el primer avión convertido en misil o arma de destrucción masiva.

“Estaba a la vista del World Trade Center”, señala. El instinto del periodista superó a la disciplina del profesor. Se puso a seguir a un camión de bomberos. “Llegué antes de que impactara el segundo avión, Fotografíe el momento en el que ese segundo avión se estrelló”, recuerda.

“Fui testigo de algunas de las cosas más horribles que uno pueda imaginar. Personas que saltaban, personas que se estrellaban contra el suelo, y tantos trabajadores de oficinas que huían, personas que permanecían en la calle, bajo aquel todavía precioso cielo azul, en aquel día de finales de verano con tan poca humedad, contemplando cómo algo absolutamente increíble se desarrollaba justo delante de nosotros”, rememora.

“Y, por supuesto, nadie se imaginaba que alguien pudiera estar estrellando aviones deliberadamente contra un edificio”, confiesa.

El primero de los aparatos impactó a las 08,46 horas, el segundo alcanzó la torre sur a las 09,03 horas. Esos 17 minutos marcaron un cambio en la historia de Estados Unidos y del mundo, un giro en la geoestrategia global, y, sobre todo, de una metrópoli como Nueva York, siempre tan orgullosa de si misma. Hubo más de 2.700 muertos y, desde entonces, se calcula que cerca de 10.000 personas han fallecido por la toxicidad que envenenó el aire.

En esos 17 minutos se perdió lo más parecido a la inocencia, o a la complacencia. Semejante vulnerabilidad atacaba lo más profundo del orgullo que daba la seguridad de ser estadounidense y neoyorquino. Ya no se era intocable.

“Nadie pensó que ese ataque era el fin, pensamos que era el principio”, señala Kathryn Wylde, empresaria que jugó un papel protagonista en la reconstrucción del bajo Manhattan tras los atentados, durante un acto celebrado este miércoles en la Universidad Columbia.

“Las probabilidades de que dos aviones impactaran contra dos edificios el mismo día, con 15 minutos de diferencia, accidentalmente, eran de 200 millones de billones contra uno. El objetivo no era algo trivial. Yo, como fotoperiodista, tenía como objetivo documentar la historia, documentar lo que ocurrió allí y contar la verdad con mis fotografías”, indica Handschuh, que tenía 42 años.

“Estaba de pie frente a la torre sur cuando se derrumbó. No se me pasó absolutamente por la cabeza, y no creo que muchos de los expertos, los equipos de rescate, no creo que nadie previera que las dos torres fueran a derrumbarse tan pronto, tan rápido. Cuando se derrumbó me levantó del suelo y me lanzó por los aires. Quedé enterrado vivo bajo los escombros y debo mi vida a un grupo de bomberos que me oyó gritar”, explica.

“Oí cómo crujían los cuerpos, cómo excavaban y retiraban los escombros, y las palabras que nunca olvidaré, que son realmente importantes para mí, fueron: ‘No te preocupes, hermano, te sacaremos de aquí’”, relata.

“No había miedo porque, en realidad, era casi como si todo aquello fuera una experiencia extracorporal. No parecía real mirar a través del objetivo de la cámara y del visor y ser testigo de todo aquello. Quiero decir, no podía ser real. Esto no está pasando de verdad. Nadie está atacando Nueva York. Nadie está estrellando aviones deliberadamente contra edificios. Así que, cuando las torres se derrumbaron y quedé enterrado, no podía respirar. Estaba bajo los escombros. Me estaba asfixiando con el hormigón del revestimiento exterior y otras cosas que tenía en la boca, en la nariz, en los ojos y en los oídos, pero es que…, no era surrealista. Era irreal. Esto no está pasando de verdad. Es una pesadilla. Voy a despertarme y a preparar el desayuno”, cuenta que experimentó.

Hay una foto de su colega Todd Maisel en la que se ve como lo evacuan. Handschuh sufrió graves lesiones en una pierna. Regresó con muletas a la Zona Cero al cabo de 100 días. Le llevó un años aprender a caminar de nuevo.

Otro sacado de los escombros. Wiliam Rodríguez, de origen puertorriqueño y residente en Nueva Jersey, a cruzar del Hudson, se define como “simplemente un barrendero”. Asegura que era “la única persona que limpiaba 110 pisos de escalera diariamente, en la torre norte”.

Llegó sobre las 8,30 horas y se dirigió al sótano del edificio. Poco después empezó el infierno. Sostiene que hubo explosiones previas al impacto del avión en esa torre y eso ha inspirado a los que cuestionan la versión oficial. Rodríguez reitera que escuchó esos ruidos, si bien matiza que pudo ser cualquier cosa, unos generadores por ejemplo, y que nunca ha hablado de bombas.

El caso que es en lugar de huir, se dedicó a ir piso por piso abriendo accesos. Rodríguez es célebre porque disponía de una de las cinco llaves maestras que abrían todas las puertas en ese rascacielos. Todavía la exhibe como un tesoro: “Abría puertas y decía a la gente que se fuera para abajo”.

Vio el caos y la destrucción. Su obsesión era pasar “la barrera del fuego” y llegar hasta el restaurante Windows of the World (plantas 106-107) porque eran sus amigos. “Yo quería seguir”, lamenta. Pero no pudo ser. Estuvo a tiempo de salir de la torre bajo el consejo de que no mirara atrás (“miré, claro, y vi los cuerpos de los que se habían tirado al vacío”) y pudo cobijarse debajo de un camión de bomberos durante el desplome. Más de una hora hasta que le sacaron de entre la chatarra, sin un solo rasguño. Perseveró y continuó colaborando, hasta que lo enviaron a casa.

Se metió en la ducha y le salió polvo negro. Vio la tele y entendió la magnitud de la tragedia. “Se me fue el alma porque muchos de mis amigos fallecieron en un segundo”, afirma.

“He soñado muchas veces con todo eso. Lo más que he soñado fue que cuando yo bajaba a un señor en silla de ruedas. Me explicaron los psicólogos y los psiquiatras que bloqueé muchas de las cosas porque eran demasiado impactantes para que yo las digiriera emocionalmente”, sostiene.

Su vida se transformó y se convirtió en “una persona más espiritual”. Trata de seguir ayudando a la gente con su experiencia vital. También Handschuh tuvo una metamorfosis.

“La idea de volver a fotografiar a alguien muerto o agonizando no era algo a lo que quisiera enfrentarme. Regresé cubriendo otro tipo de temas. Empecé a fotografiar comida, restaurantes y chefs, en lugar de incendios, víctimas de tiroteos y accidentes de tráfico, y eso fue algo muy necesario para cuidar mi salud emocional”, remarca.

Francesc Peiron Arques

También te puede interesar