Los líderes mundiales están perdiendo el miedo a una guerra nuclear

El miedo puede paralizar, pero a veces salva al mundo. En más de una ocasión durante la guerra fría, el temor compartido a una aniquilación nuclear llevó a los líderes estadounidenses y soviéticos a hacer una pausa y buscar mejores formas de gestionar unos arsenales cuyo poder desafiaba toda decencia y lógica. A veces, el pavor que sentían los rivales de las superpotencias evitó un desastre inminente, como cuando Kennedy y Gorbachov dejaron de lado a sus consejeros más duros para poner fin a la crisis de los misiles de Cuba de 1962. En otras ocasiones, los efectos beneficiosos del miedo tardaron más en hacerse notar. Acaba de estrenarse una película, Al borde de la guerra, para conmemorar el 40º aniversario de una reunión entre Reagan y su homólogo soviético, Gorbachov, en Reikiavik. Celebrada en una casa junto al mar, pequeña y supuestamente encantada, la cumbre fue intensa y claustrofóbica. Los diplomáticos que participaron recuerdan a los dos oficiales, uno estadounidense y otro ruso, que esperaban fuera de la sala de reuniones de los líderes, sosteniendo los “maletines nucleares” que controlaban entre ambos 60.000 cabezas nucleares.

La reunión, en octubre de 1986, se consideró un fracaso en su momento. Sin embargo, más tarde, el secretario de Estado de Reagan, George Shultz, le atribuyó el mérito de sentar las bases para futuros tratados que eliminarían categorías enteras de armas nucleares. Gorbachov calificó Reikiavik como el lugar donde se puso en marcha el fin de la guerra fría. Uno de los grandes avances fue el reconocimiento mutuo, por parte de los líderes estadounidense y soviético, de que temían y despreciaban las armas nucleares y, para sorpresa de sus asesores más belicistas, que aspiraban a eliminarlas todas, quizá incluso en un plazo de diez años.

Las conversaciones se descarrilaron por una disputa sobre la Destrucción Mutua Asegurada (MAD), la doctrina que sostiene que, para evitar la guerra, los ataques nucleares deben suponer la destrucción de todas las partes implicadas. Reagan, que detestaba la idea de buscar la paz a través de la vulnerabilidad, se negó a paralizar su Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), su sueño (nunca materializado) de construir un escudo interceptor contra misiles nucleares. “No permitiré que las futuras generaciones de estadounidenses vivan con miedo”, declara el Reagan de la película, en un eco de las transcripciones desclasificadas. Gorbachov pregunta cómo puede empezar a desarmarse, si un escudo de ese tipo podría permitir que Estados Unidos se echara atrás y atacara a la URSS con total impunidad. Además, rechaza la oferta de Reagan de compartir la SDI calificándola de “fantasía”.

Estados Unidos, China y Rusia, con Xi, Trump y Putin al frente (en la imagen en una exposición artística), están decididos a ampliar o modernizar su potencia nuclear 
Estados Unidos, China y Rusia, con Xi, Trump y Putin al frente (en la imagen en una exposición artística), están decididos a ampliar o modernizar su potencia nuclear JUNI KRISWANTO / AFP

Hoy el mundo se enfrenta a un nuevo problema: los países más poderosos no sienten el suficiente horror ante su propio arsenal nuclear. Estados Unidos, China y Rusia están decididos a ampliar o modernizar su potencia nuclear. Como consecuencia, se muestran reacios a participar en conversaciones sobre control de armas o han dejado que acuerdos alcanzados en el pasado pierdan vigencia.

El presidente Donald Trump lleva mucho tiempo calificando la guerra nuclear como la catástrofe definitiva, aunque duda de que la gente tenga la racionalidad necesaria para que funcione la doctrina de destrucción mutua asegurada. Ya en 1990 afirmó a la revista Playboy que era “una tontería” creer que nunca se utilizarían armas nucleares “porque todo el mundo sabe lo destructivas que serían.” Sin embargo, ahora que es comandante en jefe, Trump afronta los riesgos nucleares con una sorprendente falta de seriedad.

Durante años, Estados Unidos trabajó para impedir que nuevos países se unieran al club nuclear, aunque por motivos de realpolitik perdonó a India, Israel y Pakistán después de que desarrollaran armas nucleares. Las opiniones de Trump sobre las carreras armamentísticas nucleares son difíciles de definir. Cuando aún era candidato a la presidencia en el 2016, llegó a decir que quizás sería mejor que Japón tuviera armas nucleares para disuadir a Corea del Norte, en lugar de depender de Estados Unidos para su protección. Ahora, en su segundo mandato, ha intentado vender tecnologías nucleares a socios como Arabia Saudí y Corea del Sur, con menos restricciones o garantías que en acuerdos similares anteriores. En política nacional, Trump ha prometido construir un sistema interceptor “Cúpula Dorada” para proteger Estados Unidos de posibles ataques con misiles. Sin embargo, a pesar de la aparente sinceridad de ese objetivo, mantiene constantes disputas con Canadá, cuyo territorio es necesario para instalar las estaciones de radar que harían realmente eficaz ese escudo.

Quienes dirigen EE.UU., China y Rusia tienen con demasiada frecuencia preocupaciones cortoplacistas y egoístas

El líder chino, Xi Jinping, ha dejado claro en numerosas ocasiones su firme oposición a las guerras nucleares. No comparte el fanatismo revolucionario de Mao Zedong, que en 1957 horrorizó a los líderes del bloque comunista reunidos en Moscú al parecer dar la bienvenida a un conflicto nuclear que acabara con la mitad de la humanidad, ya que “el imperialismo sería arrasado y el mundo entero se volvería socialista”. La China de la era de Xi tiene la ambición de ser tan poderosa a mediados de siglo que ningún otro país pueda, o se atreva, a desafiarla. Una guerra mundial pondría en peligro ese ascenso.

Al mismo tiempo, China rechaza las peticiones de Estados Unidos para participar en negociaciones trilaterales con Rusia sobre el control de armas nucleares. Sus representantes alegan que el arsenal chino (en expansión) sigue siendo mucho menor que los de las otras grandes potencias. Aunque China no aprueba las cabezas nucleares y misiles de Corea del Norte, ni los intentos de Irán por conseguir la bomba, parece mucho menos dispuesta que hace una década a respaldar o aplicar sanciones internacionales destinadas a frenar las ambiciones nucleares de cualquiera de los dos países. Tampoco ha cedido ante las exigencias estadounidenses de que utilice bilateralmente su poder económico para coaccionarlos. Dado que Corea del Norte ya posee armas nucleares y los dirigentes iraníes temen por su propia supervivencia, el tipo de presión necesario para modificar los cálculos de estos países implicaría amenazar la seguridad de sus regímenes. China no está dispuesta a ejercer tal presión, porque detesta las campañas de cambio de régimen impulsadas por Estados Unidos más de lo que teme que sus estados clientelares actúen como potencias nucleares rebeldes.

Dejaron de preocuparse y aprendieron a amar la Bomba

No es la primera vez que el cambio más sorprendente tiene que ver con Rusia bajo la presidencia de Putin. Lejos de aspirar a un mundo sin armas nucleares, Putin utiliza actualmente las amenazas nucleares y el juego al borde del abismo para intimidar y exigir que su Estado mafioso y arruinado sea tratado como si todavía fuera una superpotencia.

La guerra fría fue una época de crueldad y horrores. Sin embargo, en contadas ocasiones, el temor a la aniquilación global llevó a sus líderes a estar a la altura de las circunstancias. Hoy en día, quienes dirigen Estados Unidos, China y Rusia tampoco están exentos de miedo. Pero, con demasiada frecuencia, sus preocupaciones son egoístas y cortoplacistas. ¿Salvar el mundo? Que se preocupe otro.

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