Parece que, de los probables escenarios bélicos en Irán, comienza a ganar enteros un relativamente rápido final en el que Donald Trump anunciaría que ha ganado (lo que se llama un TACO): se elevan la inflación y los tipos de interés en EE. UU., los mercados aprietan y las elecciones de octubre se acercan. Pero tampoco hay que confiar en demasía: sus declaraciones del miércoles más que clarificar desconciertan. En todo caso, ojalá el conflicto termine pronto y, en particular, antes de desencadenar la tradicional segunda ronda de inflación que hemos experimentado con choques parecidos: alzas de la energía, aumento del IPC, mayores costes empresariales, subida de otros precios, presión alcista sobre salarios, y vuelta a empezar.
Pero más allá de esa respuesta tradicional, que es la que el BCE no permitiría, hay otros ámbitos en los que la guerra empuja al alza la inflación: los destrozos en el Golfo afectan, además de la energía, a semiconductores, metales básicos o alimentos, y ahí el BCE tiene menos margen. Los efectos sobre chips y semiconductores derivan, en particular, de la dependencia de Corea del Sur y Taiwán de las importaciones de energía y de helio (un subproducto del procesamiento del gas natural del que Qatar es responsable del 15% global), inputs precisos para aquella importante industria en la que ambos países son líderes mundiales.
No hay que olvidar que la guerra tiene lugar en un marco de vulnerabilidad financiera internacional
A esos impactos, hay que sumar los del azufre, otro derivado del refino de petróleo y gas natural, utilizado para generar el ácido sulfúrico preciso para la industria del cobre, níquel o uranio o la de microchips. Aunque su mayor consumo es en la de los fertilizantes, con negativas consecuencias sobre la producción agrícola global y específicamente para la de los países menos avanzados. Los precios en esos sectores ya se están moviendo al alza, aunque los stocks de esas primeras materias parecen suficientes, a lo que hay que añadir que, temporalmente, se han aparcado las sanciones de EE.UU. sobre las exportaciones de Rusia, gran productor mundial de fertilizantes, petróleo o gas natural. En suma, esos impactos sugieren una potencial segunda ronda de inflación más severa de lo que podría
esperarse.
Finalmente, no hay que olvidar que la guerra tiene lugar en un marco de vulnerabilidad financiera internacional, reflejo de elevados volúmenes de deuda pública y valoraciones excesivas de ciertos activos, como han mostrado estos días las correcciones en los mercados de bonos y acciones o los problemas de la industria de crédito privado.
¿Conclusiones? Si el conflicto se alarga más allá de este abril, los acontecimientos que puede desencadenar superarán los primeros efectos sobre la inflación del choque energético estricto. Quizás, si persiste, nos acerquemos más a ese posible horizonte de estanflación que nadie desea. Esperemos que, finalmente, otro TACO se abra camino.
