El alto el fuego entre Irán y Estados Unidos, como otros precedentes en Oriente Medio, nace provisional y frágil. Los atroces ataques de Israel contra Líbano y Hizbulah, y los de éste último para poder así cantar algún tipo de victoria, tras una serie de dolorosos fracasos, podrían echarlo al traste. También el persistente y férreo control de Irán sobre Ormuz. Veremos si las negociaciones en Pakistán consiguen asentarlo o lo hacen saltar por los aires. Debería ser lo primero, ya que los principales actores en juego (Irán, EE. UU. e Israel) pueden todavía cantar pírricas victorias, pese al insoportable número de víctimas en Líbano e Irán. La reanudación de las hostilidades entre las tres partes no haría sino empeorar su situación. Ahora bien, la errática política exterior de Trump convierte cualquier tipo de previsión en un macabro juego de ruleta rusa.
Israel y EE.UU. han conseguido, sin duda, debilitar militarmente al régimen de los ayatolás, su programa nuclear, sus capacidades balísticas y sus fuerzas navales y aéreas. Nada que no pueda recuperar, sin embargo, pronto. Ambos han podido seguir experimentando su tecnología y armamento con fuego real, lo que les permitirá seguir exportándolo al mundo entero y firmar jugosos contratos. EE.UU. ha conseguido también aumentar sus ventas de petróleo y gas, como ocurrió antes con la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia.
Israel –auténtico impulsor de la guerra, arrastrando a EE.UU. con engaños, como ha salido a la luz estos días– ha debilitado al régimen de los ayatolás y parece mantener intacta la libertad e impunidad para seguir expandiendo su control territorial, ahora en Líbano, antes en Gaza y Siria, y en la Cisjordania ocupada, su auténtica prioridad. Sigue golpeando a Hizbulah y alejándolo de su frontera norte, y ha recuperado la franja de seguridad en Líbano, a la que había renunciado en el año 2000.
En el lado de los fracasos, Estados Unidos e Israel no han conseguido tumbar al régimen iraní ni derrotarlo, han debilitado a sus aliados en la región, las monarquías suníes del Golfo, y se han mostrado como aliados poco fiables y confiables. El prestigio de Washington ha caído un poco más, mientras que el de China se ha reforzado.
El prestigio de EE.UU. ha caído un poco más y el de China se ha reforzado
Irán, o más bien dicho, el régimen, también puede cantar, de momento, victoria. Su dominio de Ormuz ha tomado carta de naturaleza y de momento es aceptado a desgana por el resto de la región. El régimen ha sobrevivido al ataque occidental y también a la contestación interna que en el pasado enero había alcanzado niveles nunca vistos y que, de momento, se ha diluido. Veremos hasta cuándo.
Las monarquías del golfo Pérsico también tienen motivos, pese a todo, para respirar tranquilos. Su modelo de desarrollo, basado en parte en una imagen sólida de seguridad y estabilidad podía saltar definitivamente por los aires si el conflicto se alargaba. Si se consolida el alto el fuego, las aguas volverán rápidamente a su cauce. La guerra refuerza sus políticas de la última década de diversificación de la economía y de desarrollo de rutas alternativas para la exportación de sus combustibles fósiles que no estén sujetas al embudo que supone el estrecho de Ormuz.
