
Saturados como estamos de fotos y videos, en la actual economía de la atención el oído se convierte un nuevo reclamo y territorio para la creación de identidad de marca. Tan importante como contar una arquitectura singular o un logotipo vistoso puede ser contar con una música propia, con una “huella sonora”. Bajo esta premisa, el TecnoCampus ha puesto en marcha un curioso proyecto, la creación de un himno institucional propio.
Hasta la fecha, las ceremonias de graduación y los actos solemnes del campus de Mataró usaban bandas sonoras u otras músicas de recursos. Sin embargo, y teniendo en cuenta que en el TecnoCampus se imparte un Grado en Medios Audiovisuales, surgió la idea de impulsar una música propia que defina también la identidad del centro. Ángel Valverde, profesor especializado en bandas sonoras en el grado, lo explica así: “Teniendo el talento, la sensibilidad musical de los alumnos y un estudio de grabación de primer nivel, era el momento de canalizar todo eso en una identidad propia”.
El poder narrativo de la música
Para entender por qué una universidad decide componer su propia música, es necesario analizar la evolución del lenguaje sonoro. Valverde propone un viaje por la historia del cine para ilustrar este cambio de paradigma. Durante las primeras décadas del cine sonoro, la música se limitaba a menudo al mickeymousing, una técnica mimética donde la orquesta subrayaba físicamente cada movimiento en pantalla (un golpe de platillos para una caída, un violín frenético para una carrera).
“Por suerte, eso cambió radicalmente a partir de los años 60 y 70”, explica Valverde. “Los compositores entendieron que la música posee un poder narrativo paralelo al de la historia. No debe limitarse a decirnos lo que ya estamos viendo, sino que debe aportar un subtexto, una información adicional que el espectador percibe de forma casi subconsciente”.
Este concepto de “guion musical” es el que se ha trasladado ahora al ámbito corporativo del TecnoCampus. La nueva composición se ha creado para que refuerce los valores de rigor, innovación y pertenencia. “Buscábamos algo con un peso noble, alejado de las modas comerciales y del consumo rápido”, añade el profesor.
Un ejercicio académico
La gestación de esta identidad sonora ha implicado a los propios estudiantes del grado. A través de un concurso interno se seleccionaron a quince alumnos con conocimientos musicales para que presentaran sus propuestas. El jurado, del que Valverde formó parte, seleccionó la propuesta de Carles Jorquera, alumno de tercer curso del Grado de Audiovisuales.
Valverde explica que para la creación de esta pieza musical se fijaron unos criterios básicos. Tenía que alejarse de géneros comerciales como el pop, el hip-hop o la electrónica, y buscar más una sonoridad orquestal y una dimensión cinemática que evocara la épica de las grandes producciones. Finalmente, la pieza debía presentar un claro carácter institucional.
Jorquera, por su parte, explica que empezó “probando diferentes melodías con el piano. También inspirándome un poco con las músicas que habíamos puesto como ejemplo dentro de la propuesta”. El joven añade que “lo que yo quería transmitir era emoción y orgullo. Yo me imaginaba en el momento de la graduación, los alumnos subiendo a buscar su título con la música y que sientan orgullo y emoción”.
Tras elegir la pieza ganadora, el proyecto entró en fase de desarrollo. Parte de la obra ha sido grabada con una orquesta de cuerda en los estudios del campus, de manera que los alumnos han podido participar en un proceso de producción real de alta complejidad.
La pieza se encuentra actualmente en fase de mezclas y su estreno oficial está previsto para la próxima ceremonia de graduación, donde los nuevos titulados cerrarán su etapa universitaria bajo los acordes de una obra nacida de sus propios compañeros.
El factor humano frente al algoritmo
El nacimiento de este himno coincide con un debate que impacta plenamente en el mundo audiovisual, la irrupción de la Inteligencia Artificial. Hoy, la IA y los algoritmos pueden generar horas de música funcional para plataformas de streaming en pocos segundos. Sin embargo, Valverde se muestra contundente sobre los límites de esta tecnología.
“La IA es una herramienta inevitable y yo mismo la utilizo, pero tiene un techo insalvable: la incapacidad de sorprender. Un algoritmo siempre construye sobre lo que ya existe; puede imitar un estilo a la perfección, pero jamás podrá crear uno nuevo ni aportar esa intención narrativa personal que nace de la experiencia humana”, reflexiona Valverde.
Para el docente, el riesgo no es la máquina, sino la posible degradación del mercado profesional si se prioriza el volumen sobre la autoría. Proyectos como el del TecnoCampus reivindican el papel del compositor como narrador, capaz de dotar de alma a una estructura de notas que, de otro modo, sería solo ruido de fondo.
