Ilusorios deseos

La aparente reducción del apoyo a Trump, la pérdida electoral de Orbán y las posiciones contrarias a la guerra de Merz, Macron, Meloni o Starmer han elevado la moral colectiva, anticipando que quizás la extrema derecha estaría agotando su empuje.

Lastimosamente, las razones de fondo de lo sucedido los últimos años en Estados Unidos y Europa continúan ahí, inalterables: pérdidas de bienestar y desigualdad insoportable explican en gran medida el auge populista, al que hay que añadir la emergencia de China y sus impactos sobre el bienestar en Occidente. Sumen, en particular para las nuevas generaciones, otros negativos aspectos del futuro: severos impactos del cambio climático, inmigración, inteligencia artificial (comenzamos a ver sus primeros impactos sobre el empleo) y, como ha mostrado de nuevo la guerra de Irán, imperiosa necesidad de garantizar suministros de primeras materias y productos esenciales. De hecho, el nacionalismo económico y la nueva política industrial en Estados Unidos o en la UE son reflejo, en lo fundamental, de tendencias de fondo que acarreó la globalización neoliberal y que, hoy por hoy, no se visualiza que vayan a desaparecer.

Las razones que auparon a la extrema derecha continúan hoy presentes

¿Hay soluciones? En el largo plazo, y sin caer en aquello de que cualquiera tiempo pasado fue mejor, habría que reconsiderar algunos de los aspectos de los llamados, en afortunada expresión, Les Trente Glorieuses (los treinta gloriosos), el período de finales de la II Guerra Mundial a los años ochenta de Reagan y Thatcher: el pacto social que presidió Occidente entonces se caracterizó por fuerte crecimiento del PIB, generalizado ascensor social y mejora del ingreso familiar. Aunque, entre los factores que explican su éxito, destaca una redistribución de la renta hoy simplemente inimaginable: tipos marginales en el IRPF en EE.UU., o Gran Bretaña superiores al 75%.

En una perspectiva temporal más corta, esperemos que la guerra termine más pronto que tarde y que sus efectos económicos puedan absorberse sin grandes estropicios, aunque algunos comienzan a mostrarse ya: bajo crecimiento en Japón, EE.UU. y la eurozona, problemas en las divisas asiáticas (el won de Corea ha perdido más del 15%), contención de las exportaciones chinas por el freno del sudeste asiático, elevada cotización del petróleo (por encima de los 110 dólares/barril) y precios en el 3% o por encima. Se entiende que, en esta angustiosa situación y frente al dilema recesión-inflación, el BCE y otros bancos centrales mantengan de momento los tipos de interés: no desean frenar la economía. Esperemos acierten y no se les dispare la inflación como en 2022.

En suma, no se alegren en demasía por la pérdida de sostén de Trump o los cambios de la extrema derecha europea: las razones que los auparon continúan hoy presentes. Y, no fuéramos a olvidarlo, la guerra en Irán las empeorará. Es lo que hay.

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