Desde la posguerra mundial, EE.UU. arranca sus guerras con pavorosos despliegues de fuerza y tecnología punta. Apabullantes victorias en las batallas iniciales que, sin embargo, concluyen de forma decepcionante. La de Corea acabó en tablas. En Vietnam, con una humillante retirada. Irak y Afganistán, auténticas espantadas. Un patrón de victorias tácticas relámpago y derrotas estratégicas cuyas consecuencias duran décadas.
La actual guerra contra Irán encaja en esa pauta. Apocalíptico ataque inicial contra la cúpula política y el ejército iraníes que debía conducir a una victoria relámpago. Pero dos meses largos después, la situación se ha enquistado y el enemigo –más pobre, menos desarrollado, con un ejército de juguete comparado con el de EE.UU. y una enorme división interna– no se rinde. El bloqueo de Ormuz es la prueba.
La armada más poderosa del mundo, paralizada en la boca del lobo del golfo Pérsico, incapaz de reabrir la principal vía de transporte de energía y otros muchos productos esenciales para la economía mundial. De todas formas, en esta campaña contra Teherán emergen también elementos nuevos que tienen que ver tanto con los asuntos militares como con el papel de la economía en las guerras del presente.
Donald Trump se ha lanzado a una campaña que ha desvelado que “EE.UU. se ha dejado a sí mismo sin preparación para la guerra moderna”, según un crítico editorial de The New York Times, en línea con otros muchos publicados estos días por otros medios del país; incluido el Wall Street Journal, junto con la televisiva Fox news, propiedad del media mogul de referencia del presidente, Rupert Murdoch.

Para la guerra, la industria ha de ser compleja y flexible; EE.UU. se ha centrado en la IA y ha externalizado el resto
Ya hace muchas décadas que las guerras son conflictos entre sistemas económicos, sobre todo industriales, complejos, flexibles y dinámicos. Y en este ámbito Irán debería estar completamente superado por EE.UU. Pero la difusión de las tecnologías de doble uso, civil y militar, ha permitido el desarrollo de nuevas armas, baratas y versátiles, letales en una guerra y al alcance de un buen número de países. Este ha sido el caso de los drones y de las pequeñas barcas mosquito, ligeramente equipadas, con las que los iraníes atacan buques enemigos y mantienen cerrado Ormuz. Armas frente a las que la Navy no tiene sistemas seguros de interceptación y seguridad. La pretenciosa tecnología de Silicon Valley está recibiendo, en la primera guerra de la era de la inteligencia artificial, una lección de humildad. El espejismo del control tecnológico absoluto de la Palantir de Peter Thiel y Alex Karp deberá esperar a que se perfeccione.
La Armada de EE.UU. ha experimentado en Irán el calvario que el ejército ruso vive desde hace cuatro años en Ucrania. Un puñado de drones, valorado cada uno en alrededor de 30.000 dólares, han destruido instalaciones y equipos valorados en decenas de millones. Algún misil iraní ha inutilizado un radar, como el AN/FPS-132, que cuesta 1.100 millones, cegando sistemas vitales de control y vigilancia. Según la CNN, la mayoría de las bases de EE.UU. en la zona, hasta 16 de ellas, están dañadas o fuera de servicio por ataques de drones y misiles, poniendo en evidencia la seguridad de esas supuestas fortalezas. Parece que los conjuros del inefable secretario de defensa de EE.UU., Pete Hegseth, apelando al ardor guerrero y al espíritu viril de sus tropas no servirán de mucho.
Lo que el ejército de EE.UU. necesitaría ahora es desarrollar nuevas armas para hacer frente de manera eficaz a esas amenazas. Reto que se suma, a corto plazo, al de abastecerse con más municiones, dado que sus existencias se agotan. Aun con una perspectiva más larga, pensando en su creciente antagonismo con China, Washington debería incrementar su flota de guerra si quiere seguir controlando las principales rutas comerciales. (El deshielo del Ártico también reclama más buques).
Adaptarse a las nuevas formas de guerra requiere, además de mucho tiempo y más dinero, disponer de un sistema económico/industrial diverso y flexible. Pero como que la economía de EE.UU. se ha especializado en determinados ámbitos de la economía –los relacionados con las nuevas tecnologías, en las que es líder mundial, y sobre todo en la IA– y prácticamente ha abandonado la industria clásica, el esfuerzo será enorme.
“EE.UU. se ha dejado a sí mismo sin preparación para la guerra moderna”, según ‘The New York Times’
Para construir barcos hacen falta astilleros y trabajadores especializados durante generaciones. Algo que ya no existe en el país, apenas una reducida guarnición de empresas de mantenimiento de la flota. Lo mismo para desarrollar la producción de drones y defensas contra los del enemigo. China, la fábrica del mundo, es ya el gran productor mundial de drones y sus componentes; controla el 90% de los del ámbito comercial. Ucrania y Rusia reciben de Pekín componentes esenciales para construir los que utilizan. Mientras, Irán, desde el bombardeo de junio pasado, ha aflorado una inesperada capacidad industrial para reponer sus arsenales, que algunos expertos estiman aún en un 40% de lo que eran antes del comienzo de la guerra. Y que EE.UU. no ha sido capaz de igualar.
Trump ha pedido al Congreso un presupuesto militar de 1,5 billones dólares para el próximo año, un 40% más, y esa cifra no incluye los gastos de la guerra de Irán, que oficialmente suman 25.000 millones, cifra que los especialistas creen inferior a la real. Pero en ese plan no se incluyen los costes de regenerar la industria para impulsar la producción armamentística. De esta manera, una guerra cuyas causas no se han explicado ni a los estadounidenses ni al mundo será otra vuelta de tuerca en la militarización de la sociedad y generará más problemas para una economía mundial más frágil tras la crisis de Ormuz. EE.UU. tendrá que endeudarse aún más y Europa y el resto de sus socios occidentales de Washington pagarán la factura final.

