“Tengo dos trabajos y no llego, me ayudan mis padres”

“Me gusta mi trabajo y tengo vocación, pero cada vez me planteo más dejarlo para poder tener un único salario digno”. Cuando Mirei Boddien sale cada tarde a las tres de la escuela infantil donde trabaja, su jornada laboral todavía no ha terminado. En realidad, se queda esperando un par de horas hasta recoger a uno de los niños del centro, al que cuida como canguro hasta que sus padres lleguen a casa del trabajo.

Su empleo principal como profesora de parvulario, con un contrato de cinco horas y media diarias, no le da para cubrir sus gastos y hace un tiempo que empezó a aprovechar las tardes para ganar algo más con trabajos puntuales (y también más inestables). Por las noches y los fines de semana, estudia online un grado de Educación. “Me gustaría tener un trabajo en el que entre por la mañana, haga mi jornada seguida con un buen sueldo y me pueda ir a casa. Ahora tengo dos trabajos y no llego, muchas veces dependo de la ayuda económica de mis padres”, dice esta joven de 27 años, que alquila una habitación en un piso compartido en Barcelona por 400 euros con unos ingresos mileuristas.

Igual que ella, Laura también ha normalizado esta vida fragmentada. Su semana se divide entre dos empresas. Por un lado, trabaja como monitora en un centro de educación especial los mediodías y los sábados mientras que, por las tardes, es recepcionista en un gabinete de psicología. Lleva así dos años y a final de la semana consigue llegar a las 40 horas. “Las mañanas son para mí, no voy demasiado estresada y he empezado a estudiar Educación online”, explica la joven de 26 años. Eso sí, admite que Hacienda la perjudica por tener dos pagadores cuando le toca hacer la declaración.

Aunque esta fórmula le ha permitido tener cierta flexibilidad –“no dependes de una sola empresa”–, también se siente “partida” y pendiente de los desplazamientos. “Me ha ido bien hasta ahora, pero creo que necesito otro tipo de estabilidad, sobre todo cuando pienso en construir proyectos de futuro”, apunta Laura.

Un día laboral cualquiera de María Jesús (nombre ficticio) no cabe en un solo lugar. Enseña en el conservatorio y en una escuela de música, dirige corales y, entremedio, revisa partituras, prepara clases y estudia para seguir el ritmo. Esta músico se ha acostumbrado a que su talento se pague con contratos de pocas horas y a menudo en negro. “De manera regular, trabajo 27 horas, a las que se añaden 15 más de preparación”, explica. Su situación es habitual en el mundo de la música, en el que tener ingresos suficientes con un solo contrato es misión imposible.

“Tienes la sensación de que siempre debes estar trabajando. He llegado a decir que sí a una sustitución en el Delta del Ebre aunque casi no ganara nada entre el trayecto y la gasolina”, lamenta María Jesús. Critica que los sueldos en el sector “son una vergüenza”, pero también tiene claro que prefiere ir “apuradísima” que renunciar a vivir de la música: “Alguien como yo tendría que poder acceder a una hipoteca”.

“He llegado a decir que sí a una sustitución en el Delta del Ebre aunque casi no ganara nada”, dice una músico pluriempleada

La historia de pluriempleo de Bárbara (nombre falso) es de las que están atravesadas por la maternidad. Se quedó embarazada muy joven y combina un contrato de 20 horas semanales como limpiadora en un hotel a través de una subcontrata, con una decena de horas como empleada doméstica, que cobra en negro. “Mi hijo y yo tenemos que vivir con mi madre”, dice la joven de 26 años. De hecho, su intención era comprarse un piso las dos juntas para ganar tranquilidad, pero el banco les denegó la hipoteca por tener ella un contrato de pocas horas.

A los apuros por llegar a fin de mes se les suman las dificultades para conciliar, que también la han alejado de su propia formación profesional. “Como auxiliar de enfermería, me ofrecían turnos de 12 horas que no podía sostener si necesitaba ir a recoger a mi hijo a la guardería”, expone Bárbara. A menudo, cuando trabaja en casas, pide a las familias si puede traerse al niño para cuadrarlo todo. Ahora ve una esperanza: que el hotel la contrate directamente para añadir horas a su contrato, mejorar condiciones y dejar de trabajar todos sus fines de semana.

Paula Solanas Alfaro

Periodista de Economía en La Vanguardia. Antes trabajó durante diez años en la misma sección en el Diari Ara. Es autora del libro ‘El club de los unicornios’ (Península, 2023).

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