Sobre la salud política de Keir Starmer hay tres partes médicos distintos y contradictorios. Uno dice que está ya muerto, pendiente de la certificación por el forense y la posterior autopsia. Otro, que se encuentra en un estado vegetativo del que es casi imposible que se recupere, y sólo falta que la familia se resigne y autorice la desconexión del soporte vital. Y el último es que ha sufrido un trauma profundo y se halla en estado crítico, y -aunque difícil- es fuerte y no puede descartarse del todo que se despierte del coma, se recupere y vuelva a hacer vida normal.
Para los aficionados a la política, hoy ha sido una de esas jornadas que hacen vibrar y ponen la carne de gallina. Tuvo de todo, lo mismo que un día frío de primavera londinense en el que llovió, granizó y salió el sol. Por un lado, la pompa y circunstancia de la apertura de la nueva legislatura por el rey Carlos III en el Parlamento, con corona y ropajes propios de otra época, carrozas, caballos y un ceremonial que se remonta al siglo XVII. Por el otro, las más crudas intrigas del poder, maniobras, traiciones, conspiraciones, alianzas y puñaladas traperas. Con el puesto de primer ministro en juego.
Todo empezó de buena mañana, podría decirse que con un rey y un café. Mientras el monarca se preparaba en sus aposentos del Palacio de Buckingham para el breve viaje en carroza, con escolta militar y la caballería, hasta el Palacio de Westminster para leer conforme a la tradición el discurso elaborado por el Gobierno para abrir la legislatura, Starmer recibía en Downing Street al ministro de Sanidad, Wes Streeting.
Streeting no es un ministro cualquiera, sino que ambiciona el cargo de Starmer y lleva tiempo moviendo los hilos para quitárselo, un proceso que se ha acelerado en los últimos días tras el desastre de las elecciones locales y autonómicas. El primer ministro se había negado a recibirlo la víspera, pero ayer le hizo un hueco en su agenda antes de dirigirse a los Comunes.
Fuera lo que fuera que se tenían que decir el uno al otro, la cosa acabó en dieciséis minutos como el rosario de la aurora. Puede que Streeting preguntara a Starmer qué estrategia tiene para salir de la crisis, y que la respuesta del líder no le resultara satisfactoria. Puede que Starmer le reprochara estar conspirando y le dijera que parara por el bien del país y del partido. Lo cierto es que un rato después los aliados del ministro de Sanidad empezaron a decir que va a disputar el liderazgo y lo anunciará muy pronto, quizás hoy mismo.
Como decía Lenin para referirse a las revoluciones rusas de 1905 y 1917, hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. Esta última, en Gran Bretaña, ha concentrado acontecimientos que llevaban tiempo fraguándose sin que en apariencia pasara nada. La olla a presión ha estallado con la aplastante victoria de la ultraderecha en las elecciones locales inglesas y la pérdida del poder en Gales por el Labour por primera vez en un siglo.
Starmer recibió esta mañana al ministro de Sanidad, Wes Streeting, quien cuestiona su continuidad al frente del Gobierno
Starmer empezó el día más optimista que en jornadas anteriores, después de que 110 diputados firmaran una carta pidiendo que se quedara, y creyendo que lo que peor había ya pasado. Muere otro día es el título de una película de la serie del agente 007 en la que Bond es traicionado y hecho prisionero en Corea del Norte, pero tras meses de cautiverio urde su venganza y neutraliza un siniestro complot. Eso mismo, muere otro día, es lo que se dijo a sí mismo el primer ministro al mirarse al espejo para afeitarse. Resistencia numantina. Sobrevivir hoy, y mañana será otro día.
En el film, James Bond tiene como enemigos a un coronel norcoreano y a un barón de los diamantes, y en la película de la política británica Starmer se enfrenta a su ministro de Sanidad, a la ex viceprimera ministra Angela Rayner y al alcalde de Manchester Andy Burnham, si no le salen más.
En días recientes Streeting (del ala derecha del partido, protegido de Blair y amigo de Mandelson, un obstáculo en sus ambiciones) lleva días lanzando al ruedo a los banderilleros y picadores (diputados, secretarios de Estado), pidiéndoles que dimitan para debilitar a Starmer y dejarle el toro a punto de caramelo. Tiene que decidirse o no a entrar a matar. Su ventana es limitada, antes de que Burnham consiga un escaño en los Comunes, el escollo que impide presentar su candidatura al político más popular del país.
Mientras Streeting deshojaba la margarita y decía a través de otras voces que sí, que hoy dimitirá como ministro de Sanidad y propondrá el duelo, en el Palacio de Westminster los guardaespaldas del rey miraban simbólicamente si había explosivos en los sótanos del Palacio de Westminster, una tradición en el ceremonial del inicio de legislatura desde que en 1605 un grupo de disidentes católicos intentó sin éxito volar el edificio con el monarca Jacobo I, su familia y buena parte de la aristocracia dentro. Parte de la parafernalia y la tradición es que un diputado se quedó como “rehén” en el Palacio de Buckingham, para asegurarse de que el monarca regresa sano y salvo.
Pero en este caso el rehén de los acontecimientos (y de los diputados de su propio Partido) es el propio Starmer, que no sabe si será primer ministro para intentar sacar adelante las 37 leyes que enunció el rey en su nombre para los próximos meses, sobre todo tipo de cuestiones (vivienda, carnet de identidad digital, restricción de la inmigración, aumento del gasto en defensa, seguridad nacional, coste de la vida, construcción de carreteras, reforma de la sanidad, la educación, policía y justicia, expansión de aeropuertos, una tasa turística, prohibición de la reventa de entradas, nacionalización de los altos hornos…).
En el ceremonial de la inauguración de la legislatura, un representante de los Lores intenta entrar en los Comunes y le dan con la puerta en las narices. Hoy es Starmer quien se encuentra con que sus colegas le quieren dejar encerrado y castigar por la arrogancia de decir después de la debacle electoral, al más puro estilo Florentino Pérez, que piensa ser primer ministro nada menos que por una década y de Downing Street sólo lo sacarán a tiros. Su obsesión por el proceso legal, el incrementalismo (avances graduales), la tecnocracia y el control de la maquinaria institucional, sin ningún carisma que lo aderece, suscita no sólo antipatía sino un odio inusitado, tanto entre los votantes como entre muchos políticos.
Hoy será la hora de verdad tanto si Streeting desenfunda su revólver como si no. Mientras tanto, como durante la agonía de Franco, a esperar los partes del equipo médico habitual para saber si el paciente sigue vivo . Ya decía el ex premier Stanley Baldwin que el cargo de líder británico es el más solitario del mundo. Vivir para morir otro día.
