La visita a Pekín de Donald Trump, rica en simbolismo y pobre en concreciones, ha concluido. En su segundo y último día, este viernes, el presidente estadounidense se ha adentrado en los jardines de Zhongnanhai, residencia de la nomenclatura comunista, acompañado por el presidente chino Xi Jinping. Tras un té protocolario, ambos se han dirigido al almuerzo de trabajo, con sus respectivas delegaciones. Tras este, Trump se ha encaminado al aeropuerto, donde le ha despedido a pie de escalerilla el ministro de Exteriores chino, Wang Yi.

Queda en la retina la impresionante nómina de presidentes ejecutivos de grandes multinacionales que han acompañado a Trump, desde Elon Musk a Jensen Huang o Tim Robbins. Esta presencia podría ser lo más reseñable de la cumbre, ya que parece indicar que la deslocalización industrial desde China a orillas más cálidas (iniciada bajo el primer mandato de Trump y retomada por Joe Biden) pierde fuelle. Pekín está habilitando su propio arsenal legal para atajarla y, de todos modos, el mercado chino es demasiado apetitoso.
Buen tono
China saluda una nueva “etapa constructiva de estabilidad estratégica”
La otra noticia es que Trump se deleite con el protocolo que tan gustosamente se salta con sus aliados. El ministerio de Exteriores de China, de hecho, resalta que la visita marca el inicio de una etapa “constructiva” -adjetivo igualmente usado por el secretario de Estado Marco Rubio- “de estabilidad estratégica”.
El propio Trump asegura que China se ha comprometido a grandes compras de carne de vacuno, soja y petróleo procedentes de EE.UU., además de adquirir 200 unidades de Boeing, tras nueve años sin nuevos pedidos. No hay todavía confirmación por parte de Pekín. En todo caso, cabe señalar que en su anterior visita, en 2017, dijo haber arrancado un compromiso de compra de 300 aviones Boeing que en la práctica resultó en menos de un centenar de entregas, por la covid y nuevas trifulcas comerciales.

Donald Trump también ha manifestado que Xi Jinping está de acuerdo en general con su visión de que Irán no debe poseer armas nucleares y de que el estrecho de Ormuz debe ser reabierto. El presidente chino, de hecho, habría ofrecido sus buenos oficios para tal fin. Al mismo tiempo, con guante de seda, durante el banquete de Estado de anoche, Xi dejó claro que la relación bilateral depende de no cruzar líneas rojas en Taiwán, porque una declaración de independencia de la isla significaría la guerra.
Trump ha esquivado cualquier pregunta sobre esta cuestión, mientras que su secretario de Estado ha asegurado que no hay ningún cambio de política. En paralelo, el director de la CIA, John Ratcliffe, estuvo este jueves en Cuba, una isla bajo embargo bastante más cercana a Miami que Taiwán.
Anuncio inesperado
Vladimir Putin también visitará a Xi Jinping la semana que viene
Simultáneamente, en Nueva Delhi, se celebra entre ayer y hoy una reunión del grupo de los Brics, con la presencia del ministro de Exteriores iraní, Abas Araghchi, que hace dos semanas visitó Pekín. No acudió a India su homólogo chino, Wang Yi, que anoche se sentaba entre Marco Rubio y el hijo del presidente, Eric Trump. Pero el intercambio de mensajes se da por seguro.
Quien sí estuvo en la cita de los Brics fue su homólogo ruso, Serguéi Lavrov. Hoy se ha sabido que el presidente Vladimir Putin se reunirá en China con Xi Jinping el miércoles que viene, ocho meses después de su última visita, nunca puramente protocolaria. Recibir con menos de una semana de margen a los presidentes de EE.UU. y Rusia supone un aldabonazo para la diplomacia de Xi. Desde diciembre se han desplazado a Pekín los mandatarios de cinco de los siete países del G7, además de Pedro Sánchez.
Donald Trump, por su parte, invitó anoche a Xi Jinping a visitar la Casa Blanca el próximo 24 de septiembre, poco antes de la Asamblea General de la ONU.

