
Si las elecciones andaluzas se plantean como un duelo entre Moreno Bonilla y Pedro Sánchez, el balance no puede ser más negativo para el PSOE. Ambos llevan casi ocho años al frente de sus respectivas administraciones: el primero, de Andalucía; el segundo, de España, en un contexto de crecimiento económico y creación de empleo. Sin embargo, mientras el presidente andaluz apenas ha sufrido desgaste electoral, el presidente del Gobierno no puede decir lo mismo.
María Jesús Montero concurrió a estas elecciones como la representante más clara del sanchismo . Número
dos del partido y del Gobierno, se presentó como la dirigente llamada a frenar lo que calificó como los excesos económicos de la Junta de Andalucía, especialmente en la gestión de los servicios públicos. Pedro Sánchez la eligió como candidata y se implicó de lleno en la campaña, contraponiendo la
gestión del Gobierno central a la del PP andaluz.
El consuelo socialista es que el PP se vea obligado a gobernar con la ultraderecha
Los electores fueron quienes marcaron la diferencia. El PP se quedó a solo dos puntos de la mayoría absoluta, mientras que el PSOE obtuvo el peor resultado de su historia en su tradicional feudo electoral. Fue una derrota clara. Algunos analistas sostienen que, si España funcionara políticamente como Inglaterra, Pedro Sánchez tendría que dimitir o, al menos, convocar elecciones, del mismo modo que el Partido Laborista exige responsabilidades al primer ministro británico, Keir Starmer, tras el revés electoral sufrido por su partido en comicios regionales.
El principal consuelo para los socialistas es que Moreno Bonilla perdió la mayoría absoluta y ahora podría verse obligado a gobernar con la ultraderecha. En la práctica, eso supondría empujar a un presidente de perfil centrista y moderado hacia Vox. Ese parece ser el objetivo de parte de la izquierda española y andaluza: derechizar el Gobierno de Andalucía y desestabilizarlo.
Ni Sánchez ni Montero ni ningún partido a su izquierda están dispuestos a abstenerse ni a dar libertad de voto a sus diputados para evitar ese escenario. Quizá este sea un buen momento para recuperar el espíritu de la democracia parlamentaria pactada en la Constitución: permitir que gobierne la fuerza más votada y que luego busque en el Parlamento los apoyos necesarios para aprobar leyes y presupuestos. Pero como dijo el líder socialista en su momento, “no es no”.
Lo mismo ha ocurrido en Extremadura, Aragón y Castilla-La Mancha. Como en la célebre película protagonizada por Hugh Grant, Cuatro bodas y un funeral, primero se empuja al PP a pactar con Vox con la idea de que esa derechización sirva para enterrar a Núñez Feijóo, aunque también podría acabar siendo el entierro político de Pedro Sánchez.
Mientras tanto, la economía y las administraciones públicas entran en modo electoral ante las elecciones municipales y autonómicas del 23 de mayo de 2027, antesala de las generales previstas para julio de ese año, siempre que el puto amo no decida otra cosa.
