Xi Jinping lleva siete meses sin salir de China, obligando a estadistas de todos los calibres a ir a su encuentro en Pekín. Pero el próximo lunes el presidente chino hará una excepción, desplazándose a la nación más hermética del mundo, la vecina Corea del Norte.
El motivo aludido, los 65 años del Tratado de Asistencia Mutua, suena a pretexto. Pero lo más prudente sería tomárselo al pie de la letra. Efectivamente, la misma China que abomina de bloques y alianzas militares, mantiene un acuerdo de defensa mutua. Solo uno. Precisamente con el vilipendiado régimen de Pyongyang, al que ya defendió durante la Guerra de Corea.
La visita está en línea con la declaración conjunta de Xi Jinping y su homólogo ruso, Vladimir Putin, hace tres semanas en Pekín. Esta instaba a “cesar las sanciones y la presión contra Corea del Norte”, a fin de resolver los asuntos de la península de Corea “a través de la diplomacia” y teniendo en cuenta “las preocupaciones de seguridad de todas las partes”.
Está claro que Kim Jong Un compró un segundo seguro de vida para su régimen al enviar tropas a Rusia para repeler la invasión ucraniana de Kursk. Pero China, no Rusia, absorbe el 85% de las exportaciones de Corea del Norte y es el origen de una proporción aún mayor de sus importaciones. El oxígeno es chino.
Esta visita de dos días será apenas la segunda de Xi a Corea del Norte como presidente, tras la de 2019. Llega una semana después de que los ministros de Exteriores de los Quad (EE.UU., Japón, Australia e India), reunidos en Nueva Delhi, declararan como objetivo irrenunciable la desnuclearización de Corea del Norte. Kim les respondió con la presunta inauguración de un nuevo complejo de centrifugadoras de uranio enriquecido, difundida este jueves en televisión.
Hechos consumados que no impidieron que, horas después, Pekín anunciara la cumbre entre los secretarios generales de sus respectivos partidos comunistas, Xi Jinping y Kim Jong Un. Sin embargo, entre 2006 y 2017, China -al igual que Rusia- votó en el Consejo de Seguridad de la ONU a favor de sanciones cada vez más severas contra Pyongyang, a causa de sus ensayos nucleares.
Ese consenso decayó a partir de la guerra de Ucrania, cuando Rusia -convertida en la nación más sancionada del mundo- empezó a votar en contra de nuevas sanciones a Corea del Norte, mientras China se abstenía. El mes pasado, el comunicado de la Casa Blanca, tras el encuentro entre Trump y Xi, era que ambas partes “tenían como objetivo desnuclearizar a Corea del Norte”. Algo no corroborado por Pekín.

Entre otras cosas, porque Trump está alentando el rearme de Corea del Sur y Japón. Además, en pleno debate mundial sobre disuasión nuclear, tras el reciente bombardeo a Irán -signatario del Tratado de No Proliferación- por parte de dos potencias nucleares no signatarias, EE.UU. e Israel, en un intento fallido de cambio de régimen.
Asimismo, en Corea del Sur, el presidente socialdemócrata Lee Jae Myung intenta rebajar la tensión con el vecino del norte, tras los años de infarto vividos con Yoon Suk Yeol, hoy encarcelado por golpista. A Lee no le gusta que su ejército tenga que estar subordinado a un general de EE.UU. en caso de guerra. Pero no puede recuperar soberanía mientras Pyongyang dé miedo.
Reacción
El anuncio del viaje de Xi llega una semana después de que EE.UU., Japón, Australia e India declararan como objetivo irrenunciable la desnuclearización de Corea del Norte
De ahí que la oficina presidencial en Seúl salude la visita china, “si ha de contribuir a la estabilidad y la paz”. Del mismo modo que animó al ministro de Exteriores de Singapur, Vivian Balakrishnan, a aceptar la invitación de su homóloga norcoreana, Choe Son Hui. A su regreso, la semana pasada, este constató que la reunificación ha desaparecido del vocabulario norcoreano. Y que Pyongyang se ha convertido “en una ciudad comparable a cualquiera del sudeste asiático”.
Aun así, muchos norcoreanos saben, por las telenovelas que circulan clandestinamente, que la brecha económica con el sur es grande. Para achicarla, apuestan por el turismo, no sujeto a sanciones. En la nueva ciudad balneario de Wonsan-Kalma todo está en su sitio, excepto los turistas chinos y rusos.
Aun así, desde marzo vuelven a circular los trenes entre Pekín y Pyongyang, suspendidos desde la pandemia. Hasta el 80% de los pasajeros son “hwagyo”, minoría con pasaporte chino. Air China también ha reanudado sus vuelos entre ambas capitales. China se mueve, para que el estado tapón no se mueva demasiado.

