Alberta, provincia de Canadá tendrá una votación al estilo Brexit el próximo 19 de octubre, según anunció la primera ministra de esa región, la conservadora Danielle Smith.
A los ciudadanos de esa provincia rica se les planteará una pregunta simple pero de gran trascendencia: “¿Desea permanecer en Canadá o celebrar un referéndum separado y vinculante para escindirse del país?”
Las encuestas dan ganador al no, pero el primer ministro Carney cita lo ocurrido en Reino Unido
A todos les queda clara la larga mano de la administración Trump en la intensificación de su campaña para desmembrar al vecino del norte. Scott Bessent, secretario del Tesoro de EE.UU., afirmó que Alberta es “un socio natural para Estados Unidos”. Y añadió: “Tienen grandes recursos y los habitantes de Alberta son personas muy independientes”.
Calificar este movimiento de independentista, que no llegaba al 20% de adeptos y que ahora alcanza en torno al 30%, no es correcto. Están divididos.
En los mítines emergen los que sostienen que, tras romper con Ottawa, la moneda sería el dólar estadounidense. Otros rechazan ese destino puesto que no se trata de romper unos tentáculos para caer en otros.
Trump ha alardeado repetidamente de que Canadá debe ser el estado número 51 de EE.UU. Esa retórica colonial incentiva una expresión pública de rechazo y una exaltación del ser y sentirse canadienses.
El discurso de Trump sobre Canadá y los contactos entre su administración y los secesionista de Alberta han sido vistos por muchos canadienses como un factor que fomenta el separatismo de esa provincia.
La Casa Blanca ha reconocido que responsables del Departamento de Estado se han reunido con separatistas de esa región al menos en tres ocasiones.
Ese agravio a la soberanía se ha traducido en cosas concretas. El turismo canadiense en Nueva York, uno de los grandes colectivos de visitantes, ha caído en hasta un 25%.
Pero no todos lo ven de la misma manera y ese desprecio identitario ha reforzado el espíritu secesionista de Alberta, provincia del oeste del país (tocando Montana) rica en petróleo y a menudo denominada el Texas de Canadá, que se siente explotada porque paga más impuestos y recibe menos que los otros, según su discurso.
Esta queja no es nueva, nació casi en paralelo desde el momento en que se unió a la confederación canadiense, en 1905.
Alberta tiene una población de aproximadamente cinco millones de habitantes –alrededor del 12% de los 41,5 millones de habitantes de Canadá– y genera el 15% de la producción económica bruta del país.
Ese creciente sentimiento secesionista ha llevado al plebiscito después de que 300.000 personas firmaran una solicitud pidiendo que se celebrara un referéndum sobre el asunto.
Al anunciar la votación, la primera ministra Smith dijo que ella apoya un Canadá unido. Vista como una mujer hábil que a menudo ha cambiado de rumbo en respuesta a las corrientes políticas cambiantes, se le achaca que creó las condiciones para que los separatistas pudieran celebrar el referéndum al reducir el número de firmas necesarias de cara a convocarlo y ampliar el tiempo del que disponían para alcanzar ese umbral.
Las encuestas vaticinan que ganará el no a la partición de Canadá, pese al incremento de los que quieren romper.
Mark Carney, primer ministro canadiense, ha intentado abordar las quejas de los habitantes de Alberta y frenar el impulso secesionista. Sostuvo que el referéndum equivale a un “farol peligroso” y lo comparó con el Brexit. Sabe de que habla. Dirigía el Banco de Inglaterra cuando el Reino Unido votó dejar la Unión Europea en 2016, y tuvo que ayudar al país a afrontar las consecuencias económicas de esa decisión.
