Céline Bayou, del Centro de Análisis, Previsión y Estrategia (CAPS), el think tank del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, ha diseccionado el pasado y el presente de Estonia, Letonia y Lituania en Les pays baltes face à la menace russe (Tallandier). La investigadora sostiene que el resto de Europa tiene mucho que aprender de estos pequeños países (5,9 millones de habitantes en total), que accedieron a la UE y a la OTAN en el 2004 para protegerse del imperialismo ruso pero se saben vulnerables. En su dramática historia contemporánea, las repúblicas bálticas solo fueron independientes durante los 20 años entre las dos guerras mundiales. Luego sufrieron la ocupación estalinista (1940), la invasión nazi (1941) y de nuevo su anexión forzada a la Unión Soviética (1945), hasta obtener su independencia en 1991.
Alivio temporal
“Las repúblicas bálticas ven demasiado ocupada a Rusia en Ucrania para abrir un segundo frente”
¿Debemos prepararnos para una guerra en el espacio báltico en los próximos años?
Los bálticos consideran que no están en guerra, pero que ya no están del todo en paz. Es un buen resumen de la situación, porque sufren acciones de desestabilización desde Rusia y Bielorrusia de manera casi permanente desde hace unos años. Las autoridades de los tres países tienden a decir que no hay una amenaza inminente de guerra convencional en su territorio, pero que sí continuará la guerra híbrida, todo lo que esté bajo el umbral del artículo 5 del tratado de la OTAN (que compromete a la defensa mutua en caso de ataque), para no provocar su activación. Los bálticos han visto que una gran parte del dispositivo militar ruso en sus fronteras se ha desplazado a Ucrania y hasta bromean diciendo que nunca han estado más tranquilos que después del 2022. Saben que, mientras los rusos estén ocupados en Ucrania, no tendrán los medios materiales para abrir un segundo frente.
¿Cuáles son los puntos más vulnerables? ¿El corredor de Suwalki (entre Bielorrusia, Polonia, Lituania y el enclave ruso de Kaliningrado)? ¿La ciudad estonia de Narva (rusófona, junto a la frontera rusa)?
Hay varios puntos, ya sea en razón de la geografía o de la población. Son tres países en primera línea, en la frontera con Rusia o con Bielorrusia, que consideran un subordinado. Una de las fragilidades, en efecto, es el corredor de Suwalki, de menos de 100 kilómetros. Sería muy fácil para Rusia cortar por vía terrestre el acceso de la OTAN desde Polonia para defender a esos países si fuera necesario. Además, los rusos, con su despliegue en Kaliningrado, harían muy difícil el acceso de la OTAN por vía aérea y marítima. Lo positivo, desde la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza, es que las repúblicas bálticas son más defendibles desde el norte.
La trampa del Donbass
“Existe el riesgo de alimentar el relato de las minorías rusas maltratadas”
¿Y la vulnerabilidad por la población rusófona?
Se pone mucho el foco ahora en Narva. El 80% de su población es rusófona. Podría pensarse en un escenario parecido al Donbass (este de Ucrania), con una movilización un poco artificial de la población rusófona que se quejaría de su estatus y apelaría a la ayuda rusa. Los estonios se irritan por nuestra insistencia sobre Narva y dicen que la población no es nada prorrusa y que ha comprendido perfectamente que Rusia no es Eldorado. Hay otros lugares rusófonos en Letonia, fronterizos con Rusia, que son frágiles.
¿Cree que se hubiera debido tratar a las minorías rusófonas de manera diferente para no dar una excusa a Rusia? Usted habla de una “concepción etnonacionalista de la ciudadanía”.
Exacto. Es una cuestión muy delicada. Tienen a la vez esa concepción etnonacionalista que es un resultado de la historia, porque ellos (estonios, letones y lituanos) estiman que casi desaparecieron a finales de los años ochenta al tener en contra el factor demográfico. Pero al mismo tiempo creyeron que había que integrar de un modo u otro a esas minorías rusófonas, aunque siendo muy firmes en la cuestión lingüística (la preeminencia del estonio), ya que su identidad depende mucho de la lengua. Después de la invasión rusa de Ucrania del 2022, se han reafirmado en sus exigencias a las minorías rusófonas, que son instadas a mostrar su lealtad a esos estados. El riesgo es que, con eso, se alimente el relato ruso sobre una minoría maltratada o no suficientemente integrada.
¿Imagino que un gran debilitamiento de la OTAN o la retirada de Estados Unidos de Europa sería una catástrofe para las repúblicas bálticas, mucho más que para otros países?
Sí, porque son muy dependientes de la OTAN y tienen conciencia de ello, por su geografía y su tamaño. El peso de la amenaza rusa sobre ellos es enorme. Piensan que sin Estados Unidos y sin la OTAN les sería muy difícil resistir en caso de ataque ruso. Son conscientes de que la amenaza de retirada americana, que en estos momentos es factible con Trump, implica para ellos ser más europeos y jugar la carta de la defensa europea.
¿Creen por ahora en la validez del artículo 5?
En todo caso esperan que sí. No sé si lo creen de verdad. Es una cuestión que siempre se han planteado, desde el 2004.
¿Qué puede aprender el resto de Europa de esos países? ¿Son los alumnos modelos en preparación para la defensa?
Primero el hecho de que, lamentablemente, tuvieran razón cuanto llevaban años alertándonos de la amenaza rusa. Durante mucho tiempo no los escuchamos demasiado al creer que estaban marcados por la historia, traumatizados, y que eran bastante rusófobos. La historia les ha dado la razón. Ahora toda Europa considera que Rusia es una amenaza. Tienen un nivel de análisis y de experiencia histórica que debe tenerse en cuenta. También podemos aprender de su gran capacidad de adaptación, como mostraron en su transición política y económica. Es interesante ver la cohesión y el compromiso de la sociedad, vinculada a la amenaza. Pienso sobre todo en la seguridad, la idea de la defensa total, de la movilización de la sociedad entera para comprometerse con el Estado y reconstruirlo en los años noventa. Eso crea una relación particular en estos países con el Estado.
Enclave estratégico
“En Rusia existe inquietud sobre la fragilidad de Kaliningrado”
Es impresionante que la famosa Vía Báltica (cadena humana que unió los tres países) tuviera lugar dos meses y medio antes de la caída del muro de Berlín. ¿Había ya una conciencia muy fuerte?
Sí, es lo que llaman “el tercer despertar”, al final de los años ochenta. Tomaron conciencia de que quizás podían hacer cosas. Esa Vía Báltica fue fundamental porque la Unión Soviética no reaccionó en ese momento, o en todo caso no hubo represión. Dejó hacer. Se dieron cuenta de golpe de que podían expresar cosas y que no provocaba de Moscú una represión inmediata. Comprendieron que el centro se debilitaba y que su voz podía ser escuchada.
¿Cuál será el futuro de Kaliningrado (ex Prusia Oriental, parte de Alemania hasta 1945)?
Es interesante la gran prudencia de Alemania, que nunca ha querido evocar la menor reivindicación o demanda, para no atizar una agresividad de Moscú. Yo me interrogo siempre sobre la identidad rusa en Kaliningrado. En realidad, me interrogo sobre todas las identidades. Vemos que el tema Kaliningrado provoca cada vez más inquietud en Rusia, porque para ella es el punto más avanzado y por tanto estratégico y a la vez es una fragilidad porque está aislado del resto. Moscú es consciente de que, si los europeos plantearan reivindicaciones, sería complicado, a pesar de que es un enclave masivamente militarizado.
