El vicepresidente primero del Gobierno, Carlos Cuerpo, ha generado grandes expectativas para los próximos cuatro años. Según su planteamiento, España mantendrá un crecimiento muy sólido, lo que permitirá seguir creando empleo. Además, el déficit público continuará reduciéndose hasta situarse en el 1,3% del PIB en el 2029, mientras que la deuda del conjunto de las administraciones públicas bajará al 95,3% del PIB. Aunque esta cifra sigue lejos del 60% fijado en Maastricht, quedaría por debajo del nivel actual, cercano al 100%. En resumen, España parecería encontrarse en una situación inmejorable. El problema es que tales expectativas no responden a la realidad. Más bien parecen una simulación destinada a justificar unos presupuestos muy expansivos en los que el gasto público crecerá por encima de la economía real. El límite de gasto alcanzaría una cifra inédita, 226.032 millones de euros, un 6,6% más, lo que otorgaría al Ejecutivo 14.000 millones adicionales para gastar.
Con ello, el Gobierno busca convencer a sus socios de investidura para que apoyen unas cuentas que no ha logrado aprobar en los tres últimos años. Sin embargo, ni siquiera con este aumento del gasto parece garantizado que vaya a conseguirlo. Si los presupuestos no salen adelante, la responsabilidad no se atribuirá a Pedro Sánchez, sino a quienes voten en contra, a los que se les acusará de impedir que España tenga los presupuestos más sociales de su historia. En el fondo, se trataría de unas cuentas marcadamente electoralistas pensadas para unos comicios que ya se anticipan para marzo. Serían, además, unos presupuestos insólitos: si se aprobaran a finales del 2026, apenas estarían vigentes tres meses; y, aunque el presidente agotara la legislatura, como tantas veces ha prometido, durarían como mucho siete. Para mayor paradoja, podrían ser unas cuentas muy progresistas aplicadas por un gobierno muy conservador, si se cumplen los sondeos que dan mayoría absoluta al bloque de la derecha. El mundo al revés. Volviendo a las expectativas reflejadas en el cuadro macroeconómico, se deduce que ese escenario se mantendría tanto con un gobierno de coalición progresista como con uno del PP apoyado por Vox. Serían, por tanto, buenas noticias para los conservadores: España seguiría avanzando con independencia de quién gobernara. En consecuencia, nadie debería temer un cambio económico radical.
Presupuestos
Si se aprobaran a finales del 2026, apenas estarían vigentes tres meses; y, aun si el presidente agotara la legislatura, durarían como mucho siete
Pero eso también es falso. Si nadie sabe qué ocurrirá en el mundo dentro de cuatro meses, mucho menos puede anticipar lo que pasará en los próximos cuatro años. El propio ministro de Economía reconocía que la inestabilidad geopolítica era tan intensa que impedía elaborar previsiones fiables para el 2027. Finalmente las presentó porque así lo decidió el presidente del Gobierno por razones políticas. Han bastado unas palabras de Donald Trump en Ankara, dando por terminada la tregua con Irán, para que todo se altere: el precio del petróleo se disparó en minutos y las previsiones de inflación quedaron en entredicho.
¿Qué ocurrirá con la guerra de Irán? ¿Y con Ucrania? No parece el momento más adecuado para hacer pronósticos a cuatro años. Podemos entrar en una fase de recesión o de expansión según evolucione la situación en el campo de batalla. Y esto sin contar los casos judiciales que afectan al PSOE y a Pedro Sánchez, cuya evolución es tan imprevisible que cualquier escenario parece posible.

