
China ha convertido la autonomía tecnológica en una prioridad nacional. El objetivo ya figuraba en “Made in China 2025”: alcanzar un 70% de autosuficiencia en semiconductores. La meta no se cumplió y el nombre casi desapareció tras las críticas de Estados Unidos y Europa, pero la estrategia sigue vigente y suma recursos.
Su brazo financiero es el China Integrated Circuit Industry Investment Fund, el Big Fund. Entre el 2014 y el 2025 canalizó unos 95.000 millones de dólares al ecosistema nacional de chips, uno de los mayores programas industriales concentrados en un único sector. Se añaden subvenciones, financiación estatal, préstamos preferenciales, incentivos fiscales, compras públicas y apoyo regulatorio.
La medida más reveladora es la “regla del 50%”. Toda nueva fábrica de chips debe acreditar que al menos la mitad de su equipamiento será de fabricación china. Donde antes podía optarse por ASML o Applied Materials, ahora se incentiva a Piotech, AMEC y otros proveedores nacionales. Una política comprensible desde la seguridad estratégica, pero difícilmente justa: discrimina al proveedor extranjero y condiciona la competencia por nacionalidad.
Pekín no pretende sustituir solo algunas máquinas. Aspira a nacionalizar toda la cadena: obleas, materiales, productos químicos, litografía, grabado, encapsulado y software EDA. ¿Es creíble una independencia completa? No.
Un chip avanzado requiere miles de insumos y tecnologías especializadas. Ningún país controla todos los eslabones. Ni siquiera Estados Unidos, que depende de sus aliados para capacidades críticas. Una cadena totalmente nacional parece inalcanzable a corto, medio y largo plazo.
Pero quizá ese tampoco sea el verdadero objetivo de Pekín. La estrategia más realista no consistiría en eliminar toda dependencia exterior, sino en reducir su exposición a los principales cuellos de botella. No sería autosuficiencia absoluta, sino autonomía estratégica para seguir produciendo chips aunque Occidente imponga sanciones sobre determinados nodos.
Pasar de un contenido doméstico estimado del 20%-30% de la cadena a niveles próximos al 60%-70% ya supondría una transformación enorme. China controlaría una parte sustancial del ecosistema, aunque seguiría sin liderar la frontera tecnológica. Pekín permanecerá previsiblemente rezagado en litografía avanzada, software EDA de última generación y arquitecturas GPU y CPU de máxima densidad.
Sin embargo, no necesita dominarlo todo para alterar el reparto de valor de la industria. En un mercado chino de semiconductores superior a 200.000 millones de dólares anuales, elevar la cuota de los proveedores nacionales del 20% al 50% redirigiría cerca de 60.000 millones de facturación desde empresas extranjeras hacia compañías chinas. Sería suficiente con crear campeones nacionales y reforzar el ecosistema chino de inteligencia artificial.
La apuesta de Pekín no consiste en fabricar el chip más avanzado del mundo, sino en controlar más eslabones de la cadena, capturar una mayor parte de su valor añadido y reducir la capacidad de Occidente para limitar su desarrollo tecnológico.
China no puede liderar la frontera ni la vanguardia. Pero aspira a dominar lo que hay detrás de ella.
