Las murallas no resistirán en Ceuta ni en Sajonia

España no puede contener la presión migratoria en Ceuta y Alemania no puede frenar el auge de la derecha neonazi, que puede llegar al poder en Sajonia gracias al voto de los que culpan al inmigrante de casi todos sus males.

Ceuta no es un accidente, es un paradigma para interpretar la realidad, como también lo es Sajonia-Anhalt, el pequeño estado de Alemania oriental que mañana domingo puede quedar en manos de los neonazis.

Ceuta y Sajonia-Anhalt explican cómo la presión migratoria y la falta de oportunidades cambian el carácter de las democracias liberales. Las frustraciones de los que llegan y de los que están, de los nómadas y los sedentarios, forman una corriente formidable, una avalancha que viaja a la velocidad de la luz, de pantalla en pantalla, un alud que crece por segundos, alimentado por los impulsos, las ilusiones de los que tienen poco o nada que perder.

La decadencia de los sistemas de gobierno, sean autoritarios o democráticos, siempre se ha debido a la falta de oportunidades. Hoy, los desesperados del sur pueden emigrar al norte, pero los del norte no tienen otro lugar a donde ir. Se atrincheran en el existencialismo. Construyen muros físicos, ideológicos y morales. Lo que parecía impensable se hace realidad. Reaparecen las fronteras y con ellas, la intolerancia.

Las murallas no protegen. Lo sabemos desde Troya y Roma, pero seguimos levantándolas. Sólo el libre ir y de venir de personas y mercancías garantiza la prosperidad. Esto es algo que también sabemos desde siempre, pero nos cuesta asumirlo. No nos fiamos del que viene de fuera, del vecino del sur, de Marruecos, al que la mayoría culpamos de la última avalancha humana en Ceuta.

Campamento de refugiados en la playa del Trampolín, Ceuta 
Campamento de refugiados en la playa del Trampolín, Ceuta Francis González / Ap-LaPresse

La gran mayoría de españoles lo tiene claro. Marruecos utiliza la inmigración para presionar a España y que así renuncie a Ceuta y Melilla.

Marruecos tiene un sistema político semiautoritario. Manda el rey y la elite que lo rodea. El Gobierno tiene una función administrativa, no política. El Parlamento es el escenario donde se representa la pantomima de la democracia. Se habla de reformas (hay un plan de desarrollo con el horizonte del 2035), de derechos y transparencia, pero la estructura no se mueve.

Este sistema garantiza la estabilidad, pero no atiende las necesidades de la población. Las prioridades públicas no son las urgencias sociales. La falta de soluciones merma la credibilidad de las instituciones. ¿Quién se fía de ellas? El 94,3% de los marroquíes no confía en los partidos políticos, según un estudio del Centro Marroquí para la Ciudadanía.

Marruecos es incapaz de atender las necesidades sociales de la población, sobre todo de los jóvenes

Los jóvenes salieron a la calle el año pasado a reclamar empleo, educación, sanidad y transparencia. El 37% están en paro. Se sienten excluidos. Tienen a Europa en el móvil. Esperan el momento de saltar la valla. Quieren irse porque no pueden cambiar el sistema desde dentro. Para votar han de inscribirse en el censo electoral. De los siete millones de marroquíes con derecho a voto que no se han inscrito, casi la mitad son jóvenes. Los cinco millones de emigrantes tampoco pueden votar. Necesitan designar a un elector que lo haga por ellos en Marruecos. La elite se blinda para que nada cambie.

Nada o poco cambiará en las elecciones del próximo día 23. La abstención rondará el 50% y ganará la coalición gobernante de conservadores y monárquicos, dirigida hasta ahora por Aziz Ajanuch, uno de los hombres más ricos del país.

Hace ocho años, en el 2016, cuando los islamistas gestionaban la administración, hubo un boicot popular contra Danone y Afriquia, la red de gasolineras de Ajanuch. La consigna era protestar “contra las corrupción y despotismo de las grandes empresas que contribuyen al empobrecimiento del pueblo”.

El descontento es la gasolina que las redes necesitan para movilizar a las masas. Funciona en Marruecos igual de bien que en Sajonia-Anhalt, sobre todo en las áreas periféricas, tanto urbanas como industriales. Hace falta muy poco, basta con una pequeña comunidad agraviada para crear un incendio político. Los estados quedan a merced de las llamas. Cada vez les cuesta más apagarlas. El tamaño del Estado ya no importa. No importa en la guerra y tampoco en la paz. La tecnología empodera a las fuerzas marginales.

La crisis de Ceuta perjudica a España, pero no beneficia a Marruecos, que, en gran parte, vive del comercio y del turismo español. Ambos estados salen perjudicados porque carecen de la única fuerza que puede salvarlos: la legitimación. Un estado incapaz de solucionar las necesidades básicas de la población queda al pairo. Puede sobrevivir si es una semidictadura como Marruecos, pero lo tiene mucho más difícil si es una democracia como España o Alemania.

La gran ventaja que tienen España y Alemania es que la democracia permite realizar reformas estructurales que, además de mejorar la calidad de vida, aúnen el espíritu de los ciudadanos en torno a un propósito común.

La gran desventaja es que sus gobiernos no pueden anticiparse a las avalanchas tecnológicas, sociales y políticas y, mucho menos, revertirlas con un liderazgo inspirador y solvente. Su vacío lo ocupan el ultranacionalismo y el totalitarismo. Valores como la tolerancia y la compasión quedan supeditados a la seguridad. Las fronteras y las mentes se cierran.

Las murallas, sin embargo, no resistirán, ni en Ceuta ni en Sajonia-Anhlat. Es lógico que la energía de las personas en movimiento acabe derribándolas. Así ha sido a lo largo de la historia. Los bárbaros se imponen a los civilizados.

Debe haber, por tanto, algún gobernante en algún rincón de Europa que sea capaz de aprovechar la fuerza de la migración para mejorar nuestra democracia, para hacerla más segura, próspera y tolerante.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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