Cómo ser aliado de Trump y no morir en el intento


Donald Trump habla con los astronautas de la Estación Espacial Internacional
Donald Trump habla con los astronautas de la Estación Espacial InternacionalMark Schiefelbein / Ap-LaPresse

Durante décadas, Estados Unidos ha actuado como el país que garantizaba a sus aliados la navegación segura en los mares, un dólar estable y los derechos de propiedad. A cambio, estos le compraban a Washington armas y energía y le daban financiación barata adquiriendo cantidades ingentes de bonos del Tesoro. Con Donald Trump esto se terminó. El presidente de Estados Unidos quiere que le sigan comprando, pero ha encarecido el precio de la amistad. Juega al poder absoluto y es propenso al malhumor y a cambios de guion.

Javier Milei ha sabido aprovechar uno de esos momentos. El lunes, Trump declaró que EE.UU. estaba revisando la posición tradicional de Washington sobre las Malvinas. Esto es, neutralidad teórica ante la soberanía, pero apoyo de facto a la presencia británica en las islas. El día en que el presidente hizo esas declaraciones, Milei supo que se abría una puerta, que había recibido permiso para elevar el volumen de su reivindicación sobre unas islas que Reino Unido y Argentina se disputan desde hace años.

Trump se ha acostumbrado a castigar a los viejos aliados: Corea del Sur, Canadá o Reino Unido

Trump ha vivido un verano sofocante. Y las víctimas de ese acaloramiento han sido los aliados históricos de Washington. Ha reducido unas maniobras militares con Corea del Sur para no molestar a Kim Jong Un, con quien dice tener “una muy buena relación”. Ha deteriorado la alianza con Seúl, una democracia y símbolo de prosperidad en Asia, en beneficio de un poder totalitario y belicista, de un matón nuclear.

A Canadá, Washington le ha querido limitar su capacidad para celebrar acuerdos comerciales con otros países y eliminar la protección del francés, lengua oficial del país. A la lista de damnificados de este verano se podría añadir España, en la hipótesis (verosímil), de que Marruecos hubiera lanzado la avalancha humana sobre Ceuta, algo que la monarquía alauita no habría hecho sin una consulta previa a Washington.

Al Reino Unido le ha aplicado Trump el manual del pirata que caracteriza la nueva era. El presidente de EE.UU. no perdona a los británicos que no le compren más armas y que no se hayan sumado a la guerra contra Irán. Por ello desestabiliza la convivencia con los mensajes de Elon Musk, que deforma la realidad de las islas, a las que sitúa al borde de la guerra civil por culpa de la inmigración.

Trump torpedea también los intentos de Andy Burnham de acercarse a Bruselas (el primer ministro británico piensa que el Brexit ha perjudicado a la economía). Este viernes, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, se lamentaba en Financial Times: “ ¿Por qué no se liberalizan un poco [los británicos] y aceptan productos fabricados según los estándares estadounidenses. Por qué no utilizan la libertad que les da el Brexit? ”

Con sus declaraciones sobre las Malvinas, Trump ha añadido un contratiempo a Burnham, que ha llegado al 10 de Downing Street lleno de buenas intenciones. En el supuesto de un mundo (relativamente) ordenado como el que aseguraba Estados Unidos antes de la llegada de Trump, el Reino Unido podría verse obligado a algún cambio formal en el régimen de explotación de sus aguas, alguna fórmula que pudiera aplacar la fiebre nacionalista argentina.

Javier Milei ha aprovechado la ocasión para subir el tono sobre las Malvinas 

Pero en el nuevo desorden internacional puede pasar cualquier cosa. Sobre todo cuando la geopolítica del petróleo está de por medio, como es el caso.

Argentina es hoy un país en el que suceden cosas extraordinarias, un país fetiche para el trumpismo en el que los mega millonarios tecnológicos compran hectáreas de tierras para su explotación; donde el poder político proyecta una ley para empresas sin humanos al frente y aprueba incentivos estratosféricos para las compañías extranjeras que operan en las nuevas tecnologías.

La administración de EE.UU. siente predilección por Milei. En las elecciones de medio mandato de 2025, cuando bajó su popularidad, EE.UU. avaló un préstamo de 20.000 millones del FMI y concedió una línea financiera de crédito por el mismo importe que estabilizó el peso y ayudó a su victoria. Hoy, con las Malvinas, Washington le echa otra mano al mandatario ultraliberal justo cuando sus expectativas electorales vuelven a flaquear.

Washington quiere dar una lección a Londres: no le perdona su ausencia de Ormuz

Argentina y Reino Unido se enfrentaron militarmente por la soberanía de las islas en 1982. En unos años de ascenso de la globalización, donde lo que mandaba eran los negocios, una guerra entre dos países del primer mundo, uno gobernado por Margaret Thatcher y otro por una junta militar, pareció algo extemporáneo. Murieron 649 personas del lado argentino y 255 del lado británico. La excusa de Milei ahora es el petróleo, pero como entonces, la chispa del conflicto fue la fiebre nacionalista. Y acabó mal.

El mundo de antes de Trump no era perfecto. Era un mundo de hipocresía y los grandes poderes, aunque encorsetados, acababan por imponerse. Pero era un mundo en el que la violencia declinó. Hoy no se puede decir que Trump sea un hombre hábil en evitar las guerras.

Ramon Aymerich Piqué

Redactor jefe de Internacional

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