Más de nueve años de macronismo, cuya filosofía inicial era efectuar una síntesis inteligente de las recetas de la derecha y de la izquierda moderadas, han puesto a Francia bajo la amenaza de las ideologías extremas. No solo el presidente saliente es el responsable de esta paradoja, quizás un signo de los tiempos, pero la realidad es que, ante las elecciones de la próxima primavera, aún no ha surgido un candidato claro y fiable, en el arco que va desde la socialdemocracia a la derecha gaullista, para derrotar a Marine Le Pen y a Jean-Luc Mélenchon.
Sería una sorpresa, a tenor de la tendencia sostenida de los sondeos desde hace meses, que la candidata al Elíseo -por cuarta vez- del ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN, ex Frente Nacional) no saliera vencedora de la primera vuelta de los comicios, el 18 de abril. Su partido está bien implantado en el territorio, sobre todo en el ámbito rural, y para muchos ciudadanos hace tiempo que han caído los tabúes que impedían votarle. Se respira en el país una voluntad de ruptura con lo establecido, de desafiar un sistema político que parece no dar más de sí.
El partido de Le Pen se dirige al país irritado, empobrecido e inquieto por preservar su identidad
Frente a esa Francia irritada y empobrecida, concentrada en el campo y las zonas periurbanas, inquieta por la preservación de su identidad como pueblo, está el país cautivado por el discurso de la izquierda populista y radical, con un Mélenchon -que también se presenta por cuarta vez- que sigue siendo un orador muy brillante, con propuestas nítidas, rotundas, como la de eliminar de un plumazo parte de la deuda pública. Mélenchon ya sorprendió en el 2022 con un resultado que nadie esperaba, pisando los talones a Le Pen. Esta vez podría repetirse la experiencia, propulsado por “la nueva Francia” multiétnica, con alta proporción de musulmanes, de los suburbios de las grandes ciudades.
Macron, un presidente muy intervencionista en la política doméstica en su primer mandato y volcado en la alta diplomacia internacional en su segundo, nunca mostró interés en que se consolidara la fuerza política que auspició, La República en Marcha -hoy Renacimiento-. No es como los políticos a la antigua usanza, que se trabajaban el territorio los fines de semana, estrechaban manos y jugaban a la petanca en los pueblos. El actual jefe de Estado nunca fue ni concejal ni alcalde. Aterrizó en la política en el estrato alto. Además, es de gustos muy urbanos. Tampoco ha señalado a un sucesor. Ha tenido siete primeros ministros. Dos de ellos son aspirantes a la presidencia, Édouard Philippe y Gabriel Attal. Con ambos acabó bastante mal.
Macron no ha señalado a un sucesor ni ha tenido interés en consolidar el partido centrista que auspició
Entre los analistas franceses hay consenso en que, presentándose por separado, los aspirantes del centro y la derecha están condenados al fracaso en la primera vuelta, pues solo pasan a la segunda los dos primeros. Además de Philippe y Attal concurren el líder de Los Republicanos (LR),Bruno Retailleau, y el alcalde de Cannes, David Lisnard. Otros personajes deshojan la margarita, como el exprimer ministro Dominique de Villepin o el presidente de la región norteña Altos de Francia, Xavier Bertrand.
Entre los socialistas el panorama no es mucho mejor. El eurodiputado Raphaël Glucksmann, líder del movimiento Plaza Pública, tiene posibilidades de imponerse al resto de aspirantes, aunque no descarta lanzar una candidatura de última hora el expresidente François Hollande, que acaba de publicar un libro y aprovechará la gira de promoción para sondear el terreno. En cualquier caso, superar la primera vuelta se adivina complicado para cualquiera de ellos. En la memoria socialista está el fiasco monumental de su última candidata, Anne Hidalgo. Pese a ser la alcaldesa en ejercicio de París, no llegó ni al 1,8% de votos.
El destino político de Francia, que podría acarrear consecuencias graves para el resto de Europa, no depende solo de las presidenciales. Quien conquiste el Elíseo disolverá casi con toda seguridad la Asamblea Nacional, aunque no existe obligación constitucional de hacerlo porque se votó anticipadamente en el 2024, y convocará elecciones legislativas. Lo lógico es buscar claridad para gobernar y aprovechar la inercia. Nada garantiza, sin embargo, que surja una mayoría estable, como no la ha habido en los últimos dos años. Podría haber un voto de corrección -si la presidenta fuera Le Pen- para frenar a un Elíseo controlado por la extrema derecha. O también un voto de protesta de los extremos si gana un moderado.
Todos estos escenarios pueden alterarse de repente por un contexto geopolítico peligroso. ¿Qué efecto tendría si Rusia pasara el Rubicón y atacara abiertamente un país de la OTAN? Otra variable en la ecuación es la delicada situación financiera de Francia. A nadie le ha pasado por alto, en los últimos días, que el país paga ya más interés por su deuda que Grecia. Además del dilema entre la moderación o el radicalismo, los franceses votarán bajo el influjo de una doble crisis, interna y exterior.
