“Lo afirmo de manera rotunda e inequívoca: El Reino Unido está del lado de Israel, no sólo hoy, ni mañana, sino para siempre”. Eso dijo el entonces primer ministro conservador Rishi Sunak tras los salvajes ataques de Hamas del 7 de octubre del 2023. Sólo han pasado tres años, pero la realidad es muy diferente desde que Andy Burnham recibió en julio pasado las llaves de Downing Street.
Beniamín Netanyahu se refiere ahora a la “República Islámica de Gran Bretaña”, y el ex embajador israelí en Canadá Alan Baker ironiza que “el Mandato británico en Palestina acabó en 1948 y también entonces terminó la capacidad de Londres para dictar a Israel lo que tiene que hacer”. Tel Aviv ha respondido con una furia inusitada a las sanciones contra los productos de los asentamientos judíos en Cisjordania: no sólo el cierre del consulado de Jerusalén oriental y la prohibición de que una docena de diputados de los Comunes pongan el pie en el país, sino también la retórica.
Ambas partes se acusan de electoralismo. Según Netanyahu, la hostilidad de Andy Burnham responde al deseo de recuperar los votos de la comunidad musulmana perdidos por su predecesor Keir Starmer, cuya reacción a la masacre del 7-10 fue justificar el derecho de Israel a cortar el agua y la electricidad a los habitantes de Gaza (luego se arrepintió y reconoció el Estado palestino, pero ya era demasiado tarde, y su posición fue siempre muy condescendiente con Tel Aviv). Y, según Londres, la ira de Bibi tiene por meta movilizar a sus votantes de cara a los comicios del 27 de octubre, presentando al país –y al pueblo judío– como la víctima una vez más de una conspiración global.
Algunos analistas califican de “sísmico” el deterioro de las relaciones entre dos países que, con altos y bajos y críticas ocasionales, siempre han sido amigos y aliados. Fue la Declaración de Balfour de 1917 la que abrió las puertas a la creación de una patria judía en lo que entonces era una colonia británica, sentando las bases de varias guerras y un conflicto que no tiene visos de solución.
Históricamente, Londres y Tel Aviv han disfrutado de una estrecha relación en materia de comercio, defensa y seguridad, compartiendo información de inteligencia, alterada tan sólo por la preocupación en Gran Bretaña por el trato a la población palestina, hacia la que siente una cierta responsabilidad. Le chirría la presencia de 750.000 colonos israelíes en 140 asentamientos formales (y otros informales) en Cisjordania, territorio ilegalmente ocupado según la ley internacional.
A pesar de que Starmer se limitó básicamente a echar balones fuera, los expertos consideran que las relaciones bilaterales empezaron a deteriorarse con la llegada al poder del Labour en el 2024, y la imposición de un embargo parcial a la venta de armamento, y eso que el expremier fue criticado dentro de su propio partido de una excesiva tibieza, y nunca acusó formalmente a Israel de violar en Gaza los derechos humanos, y menos aún de cometer un genocidio. Tan sólo en el 2025, a regañadientes y después de muchos titubeos, se sumó a la iniciativa española e irlandesa para reconocer al Estado palestino y apoyar la fórmula de los dos estados.
Los judíos británicos liberales aprueban las sanciones y denuncian la “brutal ocupación” de Cisjorania por Israel
Andy Burnham cambió de tono incluso antes de ser primer ministro, pidiendo perdón públicamente por la indecisión de su predecesor. Una vez al mando, ha dado un giro radical a la política del Reino Unido hacia Israel con las sanciones, y con declaraciones afirmando que en la disputa “siempre estaremos del lado del pequeño y más indefenso, de la justicia, la moral y la libertad”. Todavía no ha hablado ni siquiera por teléfono con su homónimo israelí. Las acusaciones de antisemitismo emitidas por Tel Aviv pierden eco teniendo en cuenta que el ministro de Asuntos Exteriores británico, Ed Miliband, se autodeclara como orgulloso de ser judío, aunque ateo, y tanto su padre como su madre se salvaron por los pelos del Holocausto.
La diplomacia está en pausa, y Londres se prepara para nuevas sanciones por parte de Tel Aviv, como expulsar a los representantes del Reino Unido del organismo internacional que monitorea la ayuda a Gaza. Pero –señalan los observadores– lo más probable es que las víctimas de sus represalias sean los desafortunados palestinos, con mayores restricciones de sus libertades y el anuncio desafiante de asentamientos adicionales. Y que en todo caso delegue en Trump el castigo al gobierno británico (las relaciones con Washington tampoco son boyantes).
La comunidad judía del Reino Unido está dividida respecto a unas sanciones que, en cualquier caso, tardarán entre seis y nueve meses en hacerse efectivas. Los rabinos ortodoxos hablan de “un día negro” en las relaciones bilaterales, y de un aumento del peligro de ataques antisemitas como los ocurridos en Manchester y Londres. Pero los más progresistas han aplaudido al Gobierno, denunciado “los actos criminales e ilegales” de Netnayahu, y condenado la opresión y la violencia. “El judaísmo en el que yo creo rechaza la brutal ocupación de Cisjordania”, ha dicho uno de ellos.
A todo esto, las perspectivas de un Estado palestino viable siguen siendo mínimas y Netanyahu cuenta con el apoyo de Washington. Su embajador en Tel Aviv proclama que Cisjordania fue prometida por Dios a los judíos.
