Las fortificaciones italianas que nacieron del miedo y hoy invitan a perderse

Desde las murallas de Bérgamo se recorta, a lo lejos, el perfil de los Alpes. En Peschiera del Garda, las embarcaciones avanzan despacio entre canales de un azul casi irreal. Y en Palmanova, una plaza concebida para albergar a miles de soldados amanece bajo un silencio tan espeso que parece amortiguar cualquier sonido. Nada en estas escenas hace pensar en la guerra. Y, sin embargo, todo cuanto las rodea nació de ella.

La rivalidad con el imperio otomano por el control del norte del Adriático y con los Habsburgo por la frontera terrestre empujaron a la República de Venecia -entonces una de las mayores potencias comerciales del Mediterráneo- a levantar entre los siglos XVI y XVII un sofisticado sistema defensivo para proteger su Stato da Terra. La excepcional conservación de estas fortificaciones hizo que, en 2017, una parte representativa de este entramado militar fuera inscrita en la lista del patrimonio mundial de la Unesco.

A diferencia de Venecia, Bérgamo pertenece, sobre todo, a quienes aún viven en ella

Cinco siglos después, aquellas infraestructuras erigidas para vigilar el horizonte y contener el avance de los ejércitos invitan a caminar sin rumbo, detenerse frente al paisaje y descubrir una Italia que transcurre a un ritmo muy distinto del de la cercana Venecia.

Bérgamo, ciudad frontera

Cuando Venecia decidió fortificar Bérgamo y convertirla en la frontera occidental de su República, la ciudad ya llevaba siglos existiendo. Entonces, como hoy, se dividía en dos niveles: la Città Alta, resguardada dentro de las murallas, y la Città Bassa, extendida a sus pies.

Piazza Grande en Bérgamo 
Piazza Grande en Bérgamo Mireia Merino

Siguiendo los principios de la trace italienne renacentista, los venecianos apostaron por murallas más bajas y gruesas, reforzadas con bastiones angulados capaces de absorber el impacto de los cañones, en una transformación que refleja hasta qué punto la pólvora redefinió para siempre la arquitectura militar.

A diferencia de Venecia, Bérgamo pertenece, sobre todo, a quienes aún viven en ella. En la Piazza Mercato delle Scarpe la vida no despierta hasta pasadas las once de la mañana, cuando empiezan a mezclarse locales, repartidores y los primeros viajeros que ascienden desde la Città Bassa. En una esquina de la plaza, un pequeño establecimiento que ofrece polenta take away espera -sin demasiada suerte- el hambre de algún turista apresurado.

Bérgamo con los Alpes al fondo desde la 'Città Alta'
Bérgamo con los Alpes al fondo desde la ‘Città Alta’Mireia Merino

Los seis kilómetros de fortificaciones que abrazan la ciudad, concebidos para detectar al enemigo y resistir el impacto de la artillería, constituyen hoy uno de los paseos más agradables de Bérgamo. Ya sea a pie o en bicicleta, el recorrido permite disfrutar de amplias vistas de la llanura lombarda y, en los días más despejados, del perfil de los Alpes. Desde las alturas de la fortaleza del museo Rocca di Bergamo, desde donde se disfruta de una de las mejores panorámicas de la ciudad, resulta más fácil comprender la transformación de estos bastiones.

Peschiera del Garda, la fortaleza del agua

En el extremo sur del lago de Garda, donde el río Mincio inicia su recorrido hacia la llanura y comienza la transición entre Véneto y Lombardía, se despliega una ciudad que durante siglos hizo del agua su mejor defensa. Rodeada de canales y protegida por una red de fortificaciones, Peschiera del Garda permitía controlar uno de los principales corredores naturales entre el norte de Italia y la llanura Padana, por lo que la Serenísima la convirtió en uno de los enclaves estratégicos más importantes de su sistema defensivo terrestre.

El lago, el río y el complejo entramado de canales convirtieron la ciudad en una auténtica isla fortificada, protegida tanto por sus murallas como por la dificultad de acceder a ellas.

Embarcaciones de recreo y terrazas en Peschiera
Embarcaciones de recreo y terrazas en PeschieraMireia Merino

Esta ciudad de tradición pesquera, a la que conviene viajar con tiempo, ha sustituido el ir y venir de pescadores y comerciantes por el constante trasiego de ciclistas, embarcaciones de recreo y viajeros que se acercan a sus canales en busca de un remanso de tranquilidad. No es casualidad que sea uno de los puntos de partida favoritos para recorrer en bicicleta los senderos que bordean el Mincio, prácticamente llanos y alejados del tráfico.

En el Canale di Mezzo, frente al majestuoso Padiglione degli Ufficiali —antaño hogar de soldados y sus familias—, las pequeñas embarcaciones se mecen sobre un agua de un intenso azul turquesa mientras el tintineo de las copas de Aperol Spritz componen una escena al más puro estilo de la clásica dolce vita.

Palmanova, la ‘città ideale’

Al amanecer, cuando la ciudad aún duerme, los primeros destellos de luz tiñen de naranja la fachada de los coloridos edificios venecianos de la Piazza Grande. Esta plaza -que acoge conciertos multitudinarios donde antes se concentraban las tropas- es tan desmesurada que cualquier ruido parece desvanecerse antes de llegar al otro extremo.

Basta con situarse en el centro de la también conocida como Piazza d’Armi y girar sobre una misma para darse cuenta de que Palmanova no creció de manera orgánica: fue diseñada desde cero. Calles radiales, ángulos perfectos y una mayúscula plaza hexagonal obedecen a un plan meticuloso para materializar el ideal renacentista de la ciudad perfecta.

Sin embargo, para esta ciudad en forma de estrella de nueve puntas la utopía renacentista funcionó mejor sobre el papel que en la realidad y pronto se topó con un problema inesperado: pocos estaban dispuestos a mudarse a una ciudad fortaleza aislada. Por eso, unas tres décadas después de su fundación, la Serenísima llegó a ofrecer indultos, tierras y materiales de construcción a los presos que aceptaran instalarse entre sus murallas.

Canal defensivo en Peschiera del Garda
Canal defensivo en Peschiera del GardaMireia Merino

Al alba o al atardecer, en lo alto de las murallas de Bérgamo, a orillas del Garda o en el corazón geométrico de Palmanova, admirando las estructuras que se originaron para proteger el Stato da Terra, el viajero descubre la paradoja que une a estas tres ciudades. Lo que nació del miedo y la necesidad de defender un imperio ofrece hoy una belleza serena, hecha para quienes se sientan a mirar, quienes caminan sin rumbo y quienes, por unas horas, olvidan que tienen prisa.

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