Dignidad y respeto

Las manifestaciones y huelgas en Francia y Alemania llenan titulares mientras se acumulan apasionados debates sobre su origen y, en particular, sobre sus razones económicas. Cierto es que comprender la actual tensión social exige evaluar los efectos de las perspectivas económicas: la ira emerge como impotente­ solución cuando, como hoy, el futuro es más bien sombrío en el mejor de los casos. Pero que la economía sea la base material de la desafección no implica­ que otros aspectos, aunque a ella vinculados, no sean muy relevantes. Y, entre ellos, el de nuestra posición social es tanto o más determinante que el nivel de renta: ya saben, economía, política y sociedad constituyen una tríada indisoluble.

De los aspectos a considerar quisiera destacar uno en particular: la necesidad del reconocimiento de nuestra valía. Agnus Deaton y Anne Case ya habían estudiado (Deaths of despair and the future of capitalism, 2020) el espantoso aumento de la mortalidad de norteamericanos blancos de mediana edad por el abuso de opiáceos, drogadicción, alcoholismo o suicidio. Y más que atribuirlo puramente al ingreso, consideraban que expresaba la caída de la autoestima al no poder mantener dignamente familia y estatus social.

La ausencia de reformas ha propiciado que se acumule un creciente resentimiento social

La desaparición de la dignidad, o la menor valía, que generan muchos empleos es el lado oscuro del éxito de la meritocracia de las últimas décadas. Un término acuñado por el sociólogo Michael Young, miembro del Partido Laborista británico que, en 1958, anticipó hacia dónde conduciría su imparable extensión. Visualizó una sociedad en un lejano 2033 tan dominada por la arrogancia meritocrática de sus gobernantes que estos habían perdido toda conexión con las necesidades de sus ciudadanos.

Esta distopía imaginada por Young se ha confirmado: a pesar de la creciente desigualdad en renta y riqueza, se continúa considerando que son los méritos individuales los que definen nuestro estatus. Y, entre ellos, los académicos: nuestras sociedades se dividen entre los que tienen acceso a una formación de prestigio, que abre la puerta hacia la mejora social y laboral, y el resto, que conduce a trabajos de menor relevancia y, en este capitalismo neoliberal, sin consideración alguna. Una asunción de los valores meritocráticos que, en el límite más o menos explícito, conlleva desprecio hacia los menos educados y engreimiento de aquellos con mayor suerte y que, en opinión del filósofo norteamericano Michael J. Sandel (The tyranny of merit: What’s become of the vommon good?, 2020) está en la base de la polarización social que hoy nos aflige.

Mirando hacia atrás con más tristeza que ira, destaca cómo las reformas económico-sociales que deberían haberse
efectuado simplemente no llegaron ni se las espera. Y ahora, sobre su ausencia, se acumula un inevitable y creciente resentimiento social. De nuevo, el futuro está escrito.

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