‘Ei Em Ou’

Hay momentos en la vida en que las cosas no salen como querríamos. Un amigo que nos decepciona, el “no” de alguien que nos gusta, una oportunidad profesional que parecía hecha a medida y que acaba en manos de otro. Cuando pasa, lo vivimos como una derrota. Nos cuesta pensar que, quizá, aquello que hoy nos duele nos está protegiendo de algo que no sabemos ver. En casa lo resumían con un “no hay mal que por bien no venga”. Cuando no me cogían para un trabajo que me hacía mucha ilusión, mi madre me decía: “Nunca sabes qué será mejor”. Y tenía razón. Quizá aquella puerta cerrada evita que entres allí donde no habrías sido feliz y te deja disponible para una oportunidad mejor.

Hace unos días, un amigo de Estados Unidos me regaló otra expresión: Be careful, don’t break into jail . Procura no entrar en la prisión forzando la puerta. Pensé: qué importante es saber qué nos conviene y qué nos hará verdaderamente felices. No todas las puertas que queremos abrir llevan a un lugar mejor: a veces nos obsesionamos con una relación, un cargo o un reconocimiento, sin preguntarnos qué pasará si lo conseguimos. Lo que desde fuera parece una oportunidad, una vez dentro, puede ser una condena. Tomamos decisiones con la información, los miedos y las experiencias que tenemos en cada momento. A posteriori, las acertadas parecen obvias; las equivocadas, inexplicables. Como dice un buen amigo, la vida juega, y a menudo de manera inesperada.

Relevo

Liderar no es hacerse imprescindible, es construir alguna cosa lo bastante sólida para que continúe cuando tú ya no estás

Hay otra puerta que cuesta cerrar, y es la que uno mismo ocupa. Hace poco, al cambiar de responsabilidad, una persona me felicitó no solo por los resultados conseguidos, sino también por haber sabido formar a un sucesor. Me sorprendió que lo considerara una habilidad extraordinaria. Para mí, ayudar a crecer a las personas que tienes alrededor tendría que ser una función esencial de cualquier directivo. Liderar no es hacerse imprescindible, es construir algo lo bastante sólido para que continúe cuando tú ya no estás. Quizá el problema es que a menudo confundimos cargo con importancia. Recuerdo una sesión en una escuela de negocios en que los participantes se presentaban con una sucesión de acrónimos: VP, Senior VP, Executive VP… Hasta que llegó un empresario de Olot y dijo que él era Ei Em Ou . El profesor, desconcertado, le preguntó qué quería decir. Y él respondió: “Soy el AMO de mi empresa”. No lo decía con arrogancia, pero había creado un proyecto, asumido riesgos y daba trabajo a muchas familias. El resto eran solo etiquetas.

Las derrotas y los cambios de rumbo nos obligan a revisar qué perseguimos y por qué. A veces aquello que no conseguimos nos salva. A veces aquello que conseguimos demasiado deprisa nos encarcela. Y a veces el mejor éxito no es quedarse en una silla, sino haber dejado a alguien preparado para ocuparla mejor que tú. Por cierto, yo no soy ni el AMO de mi casa. Mandan, por este orden, mi mujer, mi hija, mi hijo, el diamante mandarino y, finalmente, yo mismo. Como decía Quim Monzó, “no sé si se me entiende”.

También te puede interesar