“El impuesto de patrimonio debe aplicarse sin exenciones geográficas”

Gabriel Zucman, ex académico de la Universidad de California (Berkeley), es director del International Tax Observatory en París. Es el ideólogo del impuesto global mínimo del 2% sobre los ultrarricos que tienen un patrimonio superior a 1.000 millones de dólares, que afectaría a 3.000 personas en el mundo. Esta entrevista tuvo lugar con ocasión del Global Progressive Mobilisation que arrancó ayer en Barcelona.

Migración fiscal

Hay que seguir gravando a los más ricos después que se hayan marchado”

¿Puede un país aplicar un impuesto a los milmillonarios en solitario?

Sí, y con éxito. Porque el principal riesgo, cuando se intenta hacerlo en solitario, es el riesgo de la migración, del exilio fiscal de los más ricos. Pero hoy hay solución: hay que seguir gravando a los más ricos después de que se hayan marchado. Pongamos que España lo implemente, ¿vale? Se aplica este impuesto mínimo a los superricos y ellos huyen al extranjero. Se van a Suiza, se van a las Islas Caimán. Está en su derecho, pero España seguiría recaudando el impuesto mínimo durante unos años después de que se hayan ido. Digamos que durante 10 años. Y esa es una decisión que cualquier país puede tomar. Hoy si has pasado toda tu vida en España y te mudas y te conviertes en millonario, Hacienda deja de cobrarte impuestos de inmediato. Es imposible justificar este sistema. Porque si pasas a ser un ultrarrico, eso se debe en gran parte a que te has beneficiado del gasto público, de las infraestructuras, de la educación, de la sanidad del país donde residías antes. No existe el derecho a convertirse en multimillonario y luego no pagar impuestos en ningún sitio. Así que si tu nuevo país no te grava, está en su derecho. Pero tiene que haber un mecanismo de seguridad. El país donde has amasado tu fortuna tiene que intervenir y decir: ‘Nosotros recaudaremos los impuestos que tu nuevo país decide no recaudar’.

¿Tiene sentido tasar a los ricos si no se eliminan antes los paraísos fiscales?

Este aspecto ha sido un gran problema históricamente cuando existía un secreto bancario total en los paraísos fiscales. Pero ha habido una evolución importante desde 2018, que es el intercambio automático de información bancaria. Así que ahora es mucho más difícil que la gente oculte activos porque se supone que los bancos de los paraísos fiscales deben enviar cada año toda la información que tienen sobre sus clientes, su patrimonio y los ingresos que obtienen. Es un cambio radical.

Pero lo que se recaudaría con esta nueva figura tributaria es un importe reducido. Tampoco se va a financiar el Estado del bienestar con este tributo que plantea.

Los cálculos más recientes estiman unos ingresos de 400.000 millones de dólares, equivalentes al 0,4% del PIB mundial. Tiene razón: no es suficiente para cubrir todas nuestras necesidades en materia de sanidad, educación, transición energética, etcétera. Eso es indudable. No vamos a solucionar todos nuestros problemas gracias a los multimillonarios, pero va a ser muy difícil pedir a otros grupos de la población que paguen más impuestos mientras los multimillonarios paguen tan poco. La clase media y media-alta ya sufre tipos impositivos altos en Catalunya, España y Europa.

¿No se sabe cuánto efectivamente pagan los ricos?

Esta opacidad ha empezado a disiparse en los últimos cuatro o cinco años, porque se ha llevado a cabo un esfuerzo de investigación internacional. Ahora tenemos estudios en unos 10 países. Se ha demostrado que en todas partes los superricos pagan, en proporción con sus ingresos, solo la mitad en impuestos que otros grupos sociales. Nadie puede aceptar una situación en la que los más ricos paguen menos. Gravar a los milmillonarios es necesario, es un tema de igualdad ante la ley. El actual sistema fiscal es anómalo. Hay muchas encuestas que destacan un apoyo de entre el 80 y el 90% de la población a esta medida.

Pero algunos críticos, como el premio Nobel Philippe Aghion, temen que tasando la riqueza se perjudique la innovación.

Un 2% sobre el patrimonio es una cifra muy modesta en un contexto en el que la riqueza de los multimillonarios de todo el mundo ha aumentado alrededor de un 10% al año durante las últimas cuatro décadas. Nada cambiaría para este colectivo. Seguirían haciendo lo que hacen, y eso no va a disuadir a nadie de innovar o de crear una empresa.

En España hay impuesto de patrimonio solo en ciertas comunidades y con un umbral más bajo, ya a partir de 500.000 euros.

En general, el experimento de impuesto de patrimonio en Europa no resulta convincente. El mayor problema es que, en la práctica, los superricos no lo pagan. Porque en todos esos impuestos hay exenciones para las acciones de empresas, empresas familiares y negocios de capital cerrado. Como en España, si posees más del 5% de una empresa o el 20% junto con miembros de tu familia, entonces ese patrimonio está exento del impuesto sobre el patrimonio. Justo cuando la riqueza de los superricos consiste precisamente en eso, en poseer muchas acciones de empresas.

¿Qué propone?

Lo que yo haría es complementar el impuesto sobre el patrimonio existente en España, en el sentido de que aquellos que tengan 100 millones de euros o más en patrimonio paguen por lo menos el 2%. Eso afectará a la gran mayoría de ellos, porque el tipo efectivo que hoy en día pagan es de alrededor del 0,3%. Este grupo ampliado hoy apenas tributa por sus rentas reales gracias a la elusión fiscal y a entramados de sociedades.

En Madrid este impuesto está ausente al estar bonificado en su totalidad.

Cuando hablamos de su implementación, lo mejor sería que esos impuestos no tuvieran exenciones geográficas, sino que se aplicaran en todas partes. Nadie quiere encontrarse en una situación en la que pueda eludir el impuesto simplemente mudándose a otra región. Tiene que haber un Gobierno que sea el recaudador de impuestos de último recurso.

¿Y si no se consigue hacer que los ricos paguen más?

El principal riesgo es que se acelere la deriva oligárquica que estamos presenciando a nivel mundial, especialmente en Estados Unidos. Su riqueza crece más rápido que la de todos los demás, porque es mucho más fácil acumular riqueza cuando no hay que pagar impuestos, ya que se produce un efecto bola de nieve. Y, a medida que aumenta su riqueza, su poder crece enormemente. La riqueza extrema es siempre un poder extremo, incluido el de influir en las políticas y en las elecciones, por lo que existe una espiral plutocrática que debemos romper. Esta va a ser la batalla decisiva del siglo XXI: entre la democracia y la oligarquía.

Piergiorgio Sandri

En La Vanguardia desde el 2000. Especializado en Economía internacional, ha cubierto como enviado el Foro Económico de Davos, la OMC o el BCE. Licenciado en Derecho en Roma, Master en Periodismo UB/, PDD del IESE. Premio AECOC.

También te puede interesar