En China no echan las campanas al vuelo por el descalabro de Trump

“Es un asunto interno de EE.UU.”, dijo lacónicamente la portavoz del ministerio de Exteriores de China, Mao Ning, al ser preguntada sobre el vuelco en el Congreso y el Senado estadounidenses. Sin embargo, en las universidades y centros de poder chinos ya han empezado las cábalas sobre los efectos secundarios del traspiés del Partido Republicano de Donald Trump. Sobre cómo podría afectar a la actual tregua comercial  -cogida con pinzas hasta enero- y sobre todo a la cuestión de Taiwán. 

El resumen de urgencia sería que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Aunque  el día en que Donald Trump abandone el poder, no saltará ninguna lágrima en el Partido Comunista de China (PCCh). Fue el magnate inmobiliario quien, en su primer mandato, pisó el acelerador en la política estadounidense de confrontación con Pekín. En su regreso a la Casa Blanca, hace dos inviernos, reactivó su receta de máxima presión arancelaria. Aunque esta vez, el gobierno de Pekín le tenía cogida la medida y le obligó a dar marcha atrás gracias a sus bazas, como las tierras raras.

Aun así, el presidente chino, Xi Jinping tiene motivos para creer que ha logrado un cierto equilibrio con su homólogo estadounidense. Un modus vivendi, impulsado por sus dos encuentros de este año, celebrados con pompa y circunstancia, en Pekín y en Washington, con un Donald Trump inusitadamente diplomático y deferente. 

De manera que, muy probablemente, el tropiezo de Trump ha disgustado más en el Kremlin que en Zhongnanhai, sede del poder chino. Pero en cualquier caso se ha impuesto el mutismo, por temor a comprometer la visita de Donald Trump a Shenzhen, con motivo de la cumbre de Asia-Pacífico, prevista para dentro de dos semanas. También se espera la asistencia del presidente ruso Vladimir Putin, con Xi Jinping como anfitrión. La diplomacia china acaricia un encuentro de los tres hombres más poderosos del planeta, con aires de Yalta. Algo que provoca escalofríos en Bruselas, por su ausencia en una mesa en la que Ucrania, cuando no Europa, estará en el menú. 

Un mes más tarde, Xi Jinping y Donald Trump deberían volver a verse en Miami, con motivo de la cumbre del G-20. Evitar el descarrilamiento de la tregua comercial es una prioridad para ambas partes. Aunque Trump llegará debilitado por su reciente revés, es dudoso que el equipo de Xi le apriete demasiado las tuercas. De hecho, Pekín anunciaba hoy su disposición a comprar más productos agropecuarios estadounidenses, siempre y cuando se apliquen las reducciones arancelarias ya pactadas. 

Pero hay más motivos para no echar las campanas al vuelo. En  Weibo -el Twitter chino- el hashtag “Trump ha sido completamente derrotado” tenía este miércoles setenta millones de visualizaciones. Pero por la mañana, las elecciones de medio mandato ni siquiera se habían colado entre los 50 temas más seguidos, según Radio Free Asia. 

El caso es que la experiencia reciente demuestra que el actual Partido Demócrata puede ser más agresivo con China que el propio Trump, tanto comercialmente como políticamente. Con una preocupación por los derechos humanos en el globo que es selectiva, pero estricta en regiones autónomas de particular interés, como Xinjiang o el Tíbet, además de Hong Kong. Asimismo, Joe Biden no solo no rectificó las políticas arancelarias de Trump, sino que redobló los intentos de deslocalización industrial de China y hasta aseguró que defendería a Taiwán en caso de agresión. 

El currículum de algunos de los posibles sucesores de Trump en el campo republicano, como Marco Rubio, no deja dudas sobre su anticomunismo visceral, ni sobre su capacidad de envenenar la relación a cuenta de Taiwán. Pero con un giro demócrata el resultado podría ser el mismo, por otra vía y con otros pretextos. 

Peor aún, con más difícil enmienda. Porque el PCCh teme los órdagos impredecibles de Trump, pero agradece su capacidad de reparar de forma no menos expeditiva aquello que ha roto. Una facultad que podría verse coartada con su pérdida de ambas cámaras en favor de los demócratas. 

Xi Jinping dijo en la cena que le ofreció a Trump en mayo, en Pekín, que la independencia de Taiwán “significaría la guerra”. Trump captó el mensaje y a su regreso a Washington dijo que lo último que quería era “que alguien se declare independiente” y “tener que ir a luchar a 9.500 millas”. Más recientemente, el mandatario estadounidense ha bloqueado la venta de un paquete de armamento a Taiwán valorado en 14.000 millones de dólares. La prensa taiwanesa afín al presidente William Lai ya se frota las manos ante la posible reactivación de esta cuestión desde las cámaras de representantes. 

Pero en última instancia, China ve el embrollo de Taiwán como un asunto interno. Un problema heredado de la ocupación japonesa, de la guerra civil y de la guerra fría, que en última instancia será resuelto por los propios chinos de ambas orillas. 

Dicho esto, Xi Jinping ha convertido la lucha contra la corrupción en uno de los ejes de su gestión. De manera que se desconoce el respeto que pueda sentir por muchos congresistas y senadores estadounidenses, sean rojos o azules, cuya atención tiene un precio. Japoneses y taiwaneses, en cambio, se mueven como pez en el agua, desde hace décadas, por los pasillos del poder en Washington,  habiendo conseguido, a base de convicción, sugestión o talonario, que “la protección de Taiwán” se convirtiera en un asunto bipartidista. 

Un investigador de la Academia China de Ciencias Sociales, Fang Ning, cree que nada volverá a ser igual. Según él, el tsunami en las Cámaras coaccionará la política exterior de Trump y podría volverla más agresiva hacia China. En este sentido apunta que el Partido Demócrata tiene “una estrategia de política exterior mejor definida y a largo plazo”. Por lo que, “la ambigüedad estratégica podría regresar al estrecho de Taiwán”.

Jordi Joan Baños

Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.

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