El segundo mandato de Donald Trump ha traído una mayor influencia del fundamentalismo religioso sobre la política estadounidense, algo que preocupa a Jeff Sharlet (1971). Este académico, escritor y periodista lleva años investigando la intersección entre religión y poder, y conoce de primera mano cómo opera el nacionalismo cristiano, al que ha dedicado varios libros. El más reciente, La resaca, recién editado en español por Capitán Swing, en el que el autor recoge sus experiencias junto a militantes del movimiento MAGA.
Sharlet atiende a La Vanguardia por teléfono el día después de que Trump, cual Dios iracundo del Antiguo Testamento, amenazara con borrar de la faz de la Tierra a “una civilización entera”, lo que le valió los reproches de un Papa que ahora se ha convertido en la nueva diana favorita del presidente.
Trump ha presentado la guerra de Irán como una cruzada religiosa. Por ejemplo, aludía a la “gloria de Dios” en sus ultimátums a Teherán. ¿Es sincera esa retórica?
Es sincera, pero también es un elemento propagandístico. Con sus invocaciones a la autoridad religiosa, Trump busca identificarse con la autoridad divina. Trump cree en un Dios del poder, que él mismo representa. ¿Cree en ello de verdad? Sí. ¿Es también un estafador? Sí. Es lo que pasa con los movimientos fascistas: no se puede distinguir entre autenticidad y artificio.
La guerra también ha situado en primer plano a la asesora espiritual de la Casa Blanca, Paula White, procedente del entorno evangélico. ¿Hasta qué punto este tipo de figuras tienen un poder real en la Casa Blanca?
Paula White no tiene ningún poder, pero, más allá de figuras individuales, el nacionalismo cristiano es todopoderoso dentro de la Administración Trump. Si en el primer mandato todavía competía con otras facciones, ahora se ha fusionado por completo con el movimiento MAGA.
El nacionalismo cristiano es todopoderoso dentro de la Casa Blanca”
¿Hay precedentes de una Casa Blanca tan vinculada al fundamentalismo religioso?
Sí. George W. Bush era un hombre mucho más devoto de lo que Trump jamás será, e incorporó a muchos nacionalistas cristianos en su Gobierno, los cuales entendieron la guerra de Irak como una guerra santa. Esa Administración infringió la ley de maneras que conectan con este momento actual, pero todavía mantenía una relación con el Estado de derecho. Igual que Jimmy Carter, demócrata, nuestro primer presidente renacido, quien creía que su Gobierno procedía de su fe, pero que al mismo tiempo respetaba la separación entre Iglesia y Estado. Trump ignora esa separación. No porque quiera entregar el poder a la Iglesia, sino porque quiere concentrar en sí mismo todo el poder: el del Estado y el de la Iglesia.
¿Qué riesgos implica para la democracia estadounidense esta fusión entre política y religión?
Tenemos un Gobierno fascista, ya no estamos en la fase de “¿qué podría pasar?”. Esto está aquí y está cambiando las instituciones. El riesgo ya se ha materializado. Y no solo en EE.UU.: el orden internacional está colapsando.
¿Cómo convive el evangelismo fundamentalista con el apoyo incondicional de la Casa Blanca a Israel? ¿No hay un conflicto ahí?
Hay una tensión, sí, que se puede ilustrar a través de la figura de Mike Huckabee, embajador de EE.UU. en Israel. Él es un sionista cristiano, algo que es una forma de antisemitismo: Huckabee cree en una profecía que incluye la destrucción de los judíos. Ese es el tipo de juego cínico del Gobierno israelí al aliarse con esta Casa Blanca. Al mismo tiempo, esto no ha detenido ni por un segundo la matanza en Gaza. Y a la mayoría de los MAGA no les importa: lo que quieren es saber si pueden llevar armas a la universidad, o cosas así.
¿Y cómo coexisten evangélicos y católicos en la Casa Blanca? Pienso, por ejemplo, en JD Vance y Marco Rubio…
No hay una tensión especial ahí, en parte porque la derecha católica estadounidense no considera al Papa católico. Cabe recordar que la mayoría de nacionalistas cristianos no van a la iglesia. Para ellos, el cristianismo, más que una fe, es una identidad étnica.

Estos días hemos visto que Trump no tiene reparos en compararse con Jesucristo. ¿El trumpismo se ha convertido en una religión?
Sí, esa es la manera correcta de entenderlo. Trump ya se refería a sí mismo como un elegido de Dios en el 2018. Entonces lo hacía como una especie de broma, pero la idea se ha ido integrando en el mainstream , sobre todo desde el intento de magnicidio del 2024. Ahora la divinidad de Trump es parte de la ideología del Estado. Es la historia del autoritarismo: la confusión del líder con lo divino.
Trump es todo menos un hombre virtuoso. ¿Cómo justifican los evangélicos su apoyo a una figura tan poco ejemplar?
Hay una historia que tal vez sea representativa en ese sentido: fui a una iglesia en Yuba City, California, que es un punto de parada habitual de los MAGA, y ahí vi que se habían deshecho de la cruz. El pastor me dijo que era porque estábamos en tiempo de guerra. Esa iglesia tenía sus propias milicias armadas: piensan que se avecina una guerra civil, y están preparados. En este contexto, los defectos de Trump se convierten en virtudes. Él toma lo que quiere, es fuerte. Su actitud conecta con la idea de un Cristo guerrero. Mucha gente dirá que todo esto no es cristianismo verdadero, pero, lamentablemente, forma parte de una tradición que siempre ha estado ahí y que ahora está en auge: la teología de la guerra.
En su libro La resaca, usted explica que Trump es un adepto de la teología de la prosperidad. ¿En qué consiste exactamente?
Esta corriente surgió a mediados del siglo XX en EE.UU., y fusiona el capitalismo con el pentecostalismo. La idea es que Dios quiere que seas rico. Porque, si eres rico, puedes tener más cosas buenas. Trump entró en contacto con ella a través de Norman Vincent Peale, autor del superventas El poder del pensamiento positivo, al que vio predicar de niño. Trump cree que, cuando él gana dinero y hace trampas para ganarlo, está haciendo la obra de Dios. Esa es idea que promueve entre sus seguidores. Él dice: “Mirad mi avión chapado en oro. Así me ama Dios. Si me apoyáis, os llegará ese amor ”.
El trumpismo se ha normalizado, las instituciones se están adaptando a él”
Has pasado mucho tiempo con los MAGA. ¿Qué es lo que la izquierda no entiende de ellos?
Que son humanos. Desde la izquierda se piensa que el movimiento MAGA es uniforme: que todos piensan lo mismo, que son estúpidos. Pero en él hay de todo. Si no, no sería tan poderoso. Otro aspecto importante es que MAGA es un movimiento supremacista blanco, pero no es exclusivamente blanco. Eso se vio en las últimas elecciones. Para las personas de color, MAGA representa la promesa de la blancura. La blancura no como un color de piel, sino como un estado mental.
¿Hay forma de ganarse a los MAGA, de alejarlos de Trump?
Bueno, en primer lugar hay que ver si habrá elecciones, porque hay politólogos que dicen que vamos hacia un modelo como el de Rusia, de autoritarismo competitivo. Más allá de eso, muchos MAGA saben que Trump es un hipócrita, un mentiroso. Pero les gusta su fuerza. Así que no creo que sea una cuestión de convertirlos. La salida tiene que pasar por construir una alternativa política, por organizarse mejor.
De hecho, sorprende que no haya grandes movilizaciones contra Trump cada semana.
Es verdad, es desconcertante. No estamos ganando la batalla contra el trumpismo. Las instituciones se están adaptando a él, lo han normalizado. Por ejemplo, el Museo del Holocausto ha eliminado las referencias a la conexión entre el racismo estadounidense y el nazismo, para evitarse problemas con Trump. ¿Cómo romper con eso? Ni idea. Pero no creo que dure para siempre, porque ningún fascismo lo ha hecho jamás.
¿Cree que EE.UU. puede volver a la normalidad previa a Trump?
Algo se ha roto definitivamente, no hay vuelta atrás. Hemos visto que no tenemos las salvaguardas institucionales que creíamos tener. Necesitamos una transformación de la vida estadounidense al nivel del new deal. Tengo cierta esperanza en que eso sucederá, aunque no sé cuándo.

