La regularización extraordinaria de medio millón de migrantes residentes en España, junto con la incorporación del concepto de prioridad nacional en los programas de gobierno de las comunidades de Extremadura y Aragón han vuelto a situar la inmigración en el centro del debate político; una polémica agria, cargada de simplicidad y distorsión de la realidad. Así, Santiago Abascal, en pleno rifirrafe con algunos obispos, insistía en las dramáticas consecuencias de la inmigración para los españoles en cuestiones como servicios públicos esenciales y salarios.
Sin embargo, la realidad no es en absoluto como la pinta el líder de Vox, pues, sin la inmigración, nuestro modelo social sería insostenible y la razón es muy simple: dese hace décadas la sociedad española ha libremente decidido no tener hijos y con una demografía tan a la baja, no hay estado del bienestar posible. Acerca de los salarios, la cuestión no tiene que ver con los inmigrantes, ciertamente dispuestos a trabajar en lo que sea; el verdadero problema radica en la abundancia de malos empleos, mezcla de sueldos insuficientes y elevada precariedad. En una economía avanzada como la nuestra, hemos de plantearnos hasta qué punto tiene sentido mantener artificialmente actividades de bajísimo valor añadido, que se sostienen gracias a unas condiciones laborales misérrimas y, aún más, en un contexto de escasez de mano de obra que obliga a recurrir a la inmigración.
La realidad no es en absoluto como la pinta el líder de Vox
Este nuevo y previsible episodio liderado por Vox viene a confirmar que la amenaza no viene tanto de los manifiestamente radicales, sino de la facilidad con que arrastran a sus posicionamientos a los conservadores moderados, agrupados especialmente en torno al Partido Popular, tal como viene sucediendo en la mayoría de los países occidentales.
Sin embargo, pese a lo triste del asunto, me quedo con esa brizna de esperanza que emerge de las palabras con que el obispo de Canarias, José Mazuelos, se dirigió a Santiago Abascal: “a algunos habría que meterles cinco días en un cayuco, mañana y tarde, sin comer, antes de hablar de lo que hay que hacer con los migrantes”. Estos recurrentes posicionamientos de líderes eclesiales, entre los que destaca el propio papa León XIV en su enfrentamiento claro y contundente con Donald Trump, quizás anuncien un reencuentro de la Iglesia con su compromiso más social. En estos momentos en que tanto hemos de reconstruir, convendría que el catolicismo recuperara esa autoridad moral perdida. Es cuestión de recordar cómo
la apertura que representó el concilio Vaticano II, a inicios de la década de los 60, reforzó las bases de ese gran pacto político y social que sustentó los mejores años de la historia europea. En cualquier caso, cerca nuestro, no estaría nada mal que nuestros muchos conservadores que se manifiestan orgullosamente católicos se expresaran con la claridad del Papa y el prelado canario. De momento, la inmensa mayoría permanece callada.
