
Quince días después, el dinosaurio (de la mayoría absoluta en Andalucía) todavía seguía ahí. La fórmula del célebre arranque del cuento de Augusto Monterroso, un relato de una línea cuya fuerza narrativa reside en el poder de la elipsis, resume la sensación que un sevillano (al que a veces llaman andaluz) tiene al escuchar a determinados tertulianos y a ciertos politólogos de Madrid y Barcelona pedir directamente el voto en favor del Gran Laurel, que esta jornada se juega a susto o muerte –el 17-M tiene algo de Halloween– una parte notable de su futuro, que no coincide exactamente con el porvenir de Andalucía.
Al norte de Despeñaperros todo son cábalas acerca de si la incógnita meridional precipitará (o no, como diría Rajoy) la ansiedad crónica de la corte de Madrid. Es natural. Con Andalucía sucede igual que cuando una familia, o un periódico venerable, entra en crisis: a quien más le afecta el trance, a quienes de verdad le importa, es a los que están dentro. El resto lo mira desde la barrera. El XIX, que comenzó con las Cortes de Cádiz y prosiguió con el asesinato de Cánovas y la exaltación de Silvela, escribió Ortega y Gasset en 1927, fue el siglo de la hegemonía política de Andalucía. A partir del siglo XX la balanza territorial se invierte, comienza la supremacía del Norte y el Mediodía español vuelve a convertirse en periferia, salvo que medie –como es el caso– una disputa electoral que permita hacer proyecciones (y ficciones) de lo que no puede ser imaginado.
Susana Díaz y José Antonio Griñán, durante un congreso extraordinario del PSOE Andaluz en Granada en el 2013
Cabe pues preguntarse, al margen del desenlace, si las razones de este fenómeno (visible especialmente en Madrid, pero también en Barcelona, las dos orillas de nuestra vida oficial) van a ser conjuradas este 17-M. No lo parece. Andalucía, tras la gran función del circo de marionetas que es la política, convertida irremediablemente en meme a pesar de su importancia para la vida de las personas, volverá a estar lejos y a ser el reflejo (imperfecto) de unas élites que solo se miran a sí mismas. Esto no parece importarle ni a los cinco candidatos ni a los andaluces que no tienen previsto pisar hoy el colegio electoral. Tampoco se debe a la desmovilización, como lamentan las tres izquierdas, ni al entusiasmo, como interpretan en el Quirinale de San Telmo. “La rosa es sin porqué, florece porque florece; no está pendiente de sí misma, no se pregunta si alguien la ve”.
Si Ortega comparó a los andaluces –“¡Ojú que frío!”, escribió Pepe Hierro en un poema memorable– con los chinos, quien mejor ha definido a los meridionales, sin pensar concretamente en ellos, es Angelus Silesius, poeta místico alemán del siglo XVII, un adivino con más talento que cualquier encuesta. Porque lo que va a suceder esta noche en Andalucía, igual que ya ocurrió aquel 2 de diciembre del 2018, el día de la Grande Carambola, cuando no empezó ningún cambio, sino que se consumó el intercambio de las máscaras, no responde a ninguna lógica. Será –¡oh, gran maravilla de la democracia!– fruto del capricho. Cosa del azar.
