El lunes, el laborista Keir Starmer cedió el testigo a Andy Burnham, una sustitución no menor ya que el primero había vencido ampliamente en el 2024. Pero su gestión ha terminado situando sus apoyos en mínimos, acentuados por los desastrosos resultados en las elecciones locales de primavera: en apenas año y medio, su apoyo ha caído de cerca del 30% al 17%, un reflejo de las ganancias, entre las de otros partidos, del Reform UK de extrema derecha de Nigel Farage.

El nuevo primer ministro debe hacer frente a una situación económica difícil, con bajo crecimiento y elevada inflación, en un contexto presupuestario delicado. Además, debe responder a las expectativas que desde la izquierda del partido le han permitido ascender, y que expresan la respuesta a los estragos generados por la globalización y el neoliberalismo, a los que acusa de incrementar las desigualdades, desindustrializar amplias zonas del país y de las dificultades de los hogares para hacer frente a sus facturas de energía, agua, transportes o vivienda.
El camino de Burnham es estrecho, difícil y arriesgado, parecido al de Starmer. ¡Suerte!
En esta tesitura, su programa apuesta por una renovación profunda: reindustrialización, educación y empleo, inversión en vivienda social e infraestructuras y, en particular, reducción del coste de la vida. Un giro que, en el fondo y en la letra, pretende ser una enmienda total a las políticas de Margaret Thatcher y la tercera vía de Tony Blair: el primer día como primer ministro, además de suprimir el IVA que grava la energía (hoy en un 20%), visitó también un centro donde se atiende a personas sin hogar. Potentes señales de cambio.
Ahora bien, se mantiene la cuestión de cómo efectuará los cambios que plantea sin provocar problemas adicionales en unas cuentas públicas que se llevaron por delante en tres meses, en el 2022, a la conservadora Truss como primera ministra. Y ello porque a las presiones alcistas sobre el gasto de las propuestas de Burnham hay que añadir las de defensa, envejecimiento y transición climática: el FMI, en su informe de este mayo, advertía del limitado espacio fiscal y los elevados costes de endeudamiento que afronta el país.
Cumplir su programa sin saltarse las reglas fiscales no será fácil: el saldo presupuestario debería llegar al superávit en 2029-2030 y la deuda reducirse. Y hoy la situación no es esta en absoluto: un déficit público del 5,4% del PIB en el 2025, del que se espera una modesta reducción al 4,5% en el 2027, mientras el 102% de deuda pública del 2025 aumentaría al 105% el próximo año. Y dado que los vigilantes de los mercados continúan alerta (los tipos de interés de la deuda a 10 años superan el 5%), no extraña el nombramiento de John Healy como canciller del Exchequer, un centrista que debería tranquilizarlos. El nuevo camino que ha iniciado Burnham es estrecho, difícil y plagado de riesgos. Y no muy distinto al de Starmer. ¡Haya suerte!
