¿Por qué arde París?

Francia ha sido en Europa la madre de las revoluciones: 1789, 1830, 1848, 1871, 1968. Sin embargo, también es el país más reacio a las reformas de todo el continente. Además, curiosamente, es el más conservador de todos. Es conocida la descripción de Francia como un país de pequeñas explotaciones campesinas hecha por Karl Marx en  El 18 de Brumario de Luis Bonaparte . Fue precisamente la Revolución Francesa la que creó una nación de pequeños propietarios cuyo apego a la propiedad y la estabilidad social los convirtió en una fuerza política conservadora. No en vano, Francia es hoy la mayor beneficiaria de las ayudas agrícolas de la Unión Europea. Los franceses tienden a hablar de modo radical, pero actúan de modo conservador. “Decapitamos a Luis XVI. Macron, lo haremos de nuevo”, corean los manifestantes. Ahora bien, si la revolución de 1968 sirve de referencia, no hay que olvidar que dio lugar a la presidencia conservadora del gaullista Georges Pompidou, un tecnócrata con una formación amplísima. Y que el cabecilla de la revuelta, Daniel Cohn-Bendit, experimentó un proceso de aburguesamiento que lo llevó de la izquierda libertaria al liberalismo europeísta. El conservadurismo francés se manifiesta asimismo en el hecho de que el 57% de la población francesa es propietaria de su vivienda, y son muchos los que se pasan la vida esperando la llegada de la jubilación. El mayor logro de Macron, un tímido aumento de la edad de jubilación de los 62 a los 64 años, quedó luego paralizado debido a la oposición pública. Los franceses confían en el Estado. Quieren que funcione para ellos, no trastocarlo por completo para las generaciones futuras.

A los jóvenes manifestantes que vandalizan las calles de París los consume la rabia ante el elevado coste de la vida, la disfunción económica, los deficientes servicios públicos, un sistema educativo defectuoso y un futuro sin perspectivas, pero no son revolucionarios que busquen trastocar el sistema. Sólo quieren la parte que les corresponde: más subsidios, más gasto en escuelas, más ayudas sociales. No luchan por una VI República; sólo quieren deshacerse del tedioso y presuntuoso Emmanuel Macron (él mismo calificó su arbitrario liderazgo como “jupiterino”). El caso es que podrían acabar poniendo en su lugar al populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, uno de los principales instigadores de las protestas y cuyas recetas fiscales y sociales podrían llevar a Francia a un impago soberano al estilo argentino, o a la extremista de derecha Marine Le Pen. Ahora bien, la lección que cabe extraer del pasado es que, sea cual el extremo que llegue al poder, los manifestantes responsables de su llegada al Elíseo se pasarán los siguientes cinco años protestando contra él. “Francia se aburre”, escribió Pierre Viansson-Ponte apenas unas semanas antes del estallido de los acontecimientos de Mayo de 1968. El aburrimiento es un buen compañero del pesimismo. Según una llamativa encuesta de Odoxa publicada el 1 de octubre de este año, un 90% de los franceses (una cifra sin precedentes) se muestra pesimista sobre el futuro económico del país.

En el fondo, el conflicto es fiscal. En 2018-2019, Macron podría haber destinado miles de millones de euros para aplacar la revuelta de los chalecos amarillos ; pero Francia gasta ahora demasiado y crece muy poco. El presupuesto que el presidente está tratando de aprobar reducirá el déficit en un exiguo 0,4% del PIB y lo dejará en un insostenible 5%. El generoso sistema de protección social francés eleva el gasto público hasta un asombroso 57% del PIB. Pese a ello, los manifestantes siguen tildando esa situación de “austeridad”. Además, aunque la relación entre deuda y PIB es del 120%, el presupuesto francés destinado a la enseñanza, un tema central de las protestas, se sitúa muy por encima de la media de la OCDE. Francia pide prestado dinero para educar a la generación que vandaliza sus calles. Aun sin carecer de presupuesto, la enseñanza parece claramente inadecuada.

En los últimos diez años, los costes de financiación del gobierno francés han aumentado un 50%, lo que supone un grave problema porque la deuda pública bruta se dispara y el crecimiento va a la zaga de los tipos de interés. Estados Unidos tiene un problema similar: el rendimiento de los bonos es del 5,22%, pero el crecimiento estadounidense (incluida la inflación) es del 6,5%. En Francia, es del 1,9%. A otros países europeos no les va mejor. Tanto en Italia como en el Reino Unido, el coste de la deuda pública supera la tasa de crecimiento nominal, lo que refleja una crisis fiscal arraigada en los desequilibrios generacionales de los sistemas fiscales y de bienestar.

Un manifestante observa cómo queman las bicicletas en la Place de la Bourse, en Burdeos, el 24 de octubre
Un manifestante observa cómo queman las bicicletas en la Place de la Bourse, en Burdeos, el 24 de octubrePHILIPPE LOPEZ / AFP

El caso de Francia pone de manifiesto que la inmigración por sí misma no es una solución mágica

Si Francia parece hoy ingobernable desde el punto de vista económico se debe en parte a una edad de jubilación absurdamente baja y al exorbitante coste de un sistema sanitario lastrado por el envejecimiento de la población. El envejecimiento y los costes sanitarios constituyen también un problema en toda Europa. Desde 1960, en las 38 economías avanzadas de la OCDE, la tasa de dependencia de la población mayor (personas de 65 o más años por cada 100 habitantes) se ha duplicado y pasado de situarse en torno a 15 a estarlo en torno a 30; al mismo tiempo, la fecundidad se ha desplomado y pasado de 3,3 hijos en la década de 1960 a 1,5. Además, los sistemas de bienestar europeos se diseñaron para 2,5 hijos por familia y una esperanza de vida media de 62 años, no para 1,25 hijos y 79 años. La tendencia al envejecimiento no se detendrá. La población en edad laboral disminuirá un 13% en toda la OCDE en las próximas cuatro décadas.

A modo de comparación, lo que permite sobrevivir a la economía de Israel, que también se encuentra en dificultades, es justamente lo que le falta a Europa: una innovación tecnológica incesante y una tasa de fecundidad de tres hijos por familia. Es probable que Israel sea el único lugar del mundo donde unas mujeres libres, con estudios y laicas desean tener tres o más hijos. Una civilización que no desea tener hijos está condenada al fracaso, como pueden ilustrar la política del hijo único de China y las bajas tasas de fecundidad en Occidente. La juventud israelí es también única en la disposición a luchar por su libertad. Según una sorprendente encuesta reciente realizada en Gran Bretaña, el 80% de los británicos no está dispuesto a luchar por su país, ni siquiera en el caso de que Aníbal-Putin estuviera ante portas. Ese hecho es relevante para nuestro debate porque evoca las palabras que John Kennedy dirigió a los jóvenes estadounidenses hace más de medio siglo: “Pensad en lo que podéis hacer por vuestro país, no sólo en lo que vuestro país puede hacer por vosotros”. Por supuesto, es un consejo válido para los jóvenes que se manifiestan, pero también –y sobre todo– para las clases privilegiadas que viven del sistema sin aportar lo que les corresponde.

El verdadero problema en Occidente, incluido Estados Unidos, es el coste de la asistencia sanitaria a las personas mayores. El Informe sobre Envejecimiento 2024 de la Comisión Europea estima que el gasto total relacionado con la vejez (pensiones, asistencia sanitaria, cuidados de larga duración y otros conceptos relacionados con la edad) aumentará anualmente unos 1,2 puntos porcentuales del PIB entre 2022 y 2070, y alcanzará el 25,6% del PIB en el 2070.

El caso de Francia pone también de manifiesto que la inmigración por sí misma no es una solución mágica. No se trata sólo de que los inmigrantes envejezcan y de que la integración cultural sea dolorosa e incierta, sino de que la primera generación puede suponer una carga para el sistema de protección social y también de que sus bajos salarios se traducen en unas menores aportaciones fiscales. Por otra parte, las limitaciones políticas de los gobiernos europeos (con sistemas políticos multiétnicos y multipartidistas) han aumentado la dificultad de las reformas fiscales, pues son demasiados los intereses contrapuestos que deben conciliarse. Los estadounidenses han conservado el sistema bipartidista. En Europa, en cambio, las coaliciones multipartidistas se han convertido en la norma. Las personas mayores no constituyen un obstáculo menor para una reforma fiscal radical. Lo cierto es que son demasiado numerosas para que los gobiernos, preocupados como están por las victorias electorales y la supervivencia política, se atrevan a meterse con ellas.

En el fondo, el conflicto es fiscal; Francia gasta ahora demasiado y crece muy poco

Por supuesto, una reforma no supone dejar desprotegidos a los mayores. Sin embargo, sí que supone elevar la edad de jubilación, prolongar la vida laboral, reducir los obstáculos a la inversión, aumentar la productividad estimulando al tiempo la innovación tecnológica (lo que, a su vez, ampliaría la base impositiva sin necesidad de subir los tipos impositivos) y tal vez pedir a los pensionistas con mayor poder adquisitivo que asuman también ellos una parte importante del ajuste. Francia y otros países europeos no tienen por qué reinventar la rueda: estas propuestas sintetizan el Informe Draghi y las recomendaciones de la OCDE. Ahora bien, ¿desde cuándo tiene Francia querencia por las reformas?

*Traducción de Juan Gabriel López Guix

Shlomo Ben Ami

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