“En 1940 vinieron con los tanques, ahora vienen con el euro”. En lo más duro de la crisis de la deuda europea, desencadenada tras el crack financiero del 2008, en Francia solían escucharse frases como esta en alusión a Alemania y su diktat fiscal, comparándolo con el inicio de la invasión de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. La imposición, por parte de Berlín, de una estricta y durísima cura de austeridad a los países en dificultades -que alargó la crisis económica, disparando el paro y la pobreza-, generó entonces un fuerte resentimiento contra el rigorismo y la falta de solidaridad alemanes. En Grecia, el país más maltratado, las pancartas de las manifestaciones exhibían a la entonces canciller, Angela Merkel, con el uniforme nazi… La Historia pesa. Y las heridas del pasado pueden acudir al presente con sorprendente rapidez.
El giro histórico que está protagonizando Alemania en materia de defensa, después de décadas de voluntaria inhibición -las dos guerras mundiales habían sido hasta ahora un formidable lastre político y moral-, prefigura cambios de gran alcance en la Unión Europea. De entrada bienvenida, pues reforzará la seguridad de Europa en un momento clave -con una Rusia agresiva y expansionista, y unos Estados Unidos en retirada-, la transformación de Alemania en una potencia militar cambiará radicalmente la dinámica interna en el seno de la UE. Y puede despertar también viejos fantasmas y temores.
El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, presentó este miércoles los principales ejes de la nueva estrategia para reforzar las Fuerzas Armadas federales (Bundeswehr), cuya dotación humana pretende aumentar hasta los 460.000 efectivos, entre soldados en activo (260.000) y reservistas (200.000), además de incrementar progresivamente sus capacidades y lograr -en el horizonte de 2039- la “superioridad tecnológica”. “Estamos convirtiendo a las Fuerzas Armadas alemanas en el ejército convencional más fuerte de Europa”, declaró. Una afirmación que puede provocar, en algunos, cierto escalofrío.
Tras sus consecutivas derrotas en las dos guerras mundiales, Alemania -primero de manera forzada y después voluntaria- abandonó su militarismo prusiano y optó por un perfil bajo, primando su carácter de potencia civil y económica dentro de un continente reconciliado a través de la Unión Europea, y limitando tanto sus ambiciones geopolíticas como sus capacidades militares, estrictamente encuadradas por otro lado en una OTAN pilotada por Washington. La contención de su ejército fue también la condición para que los países vencedores aceptaran, tras la caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación de la Alemania Occidental (RFA) y la Alemania Oriental (RDA)
La invasión de Ucrania por las tropas rusas en 2022, ordenada por Vladímir Putin, pilló desprevenida a toda Europa, pero particularmente a Alemania, que había confiado hasta entonces en que los vínculos comerciales y económicos con Rusia descartarían la amenaza de un conflicto bélico. La primera oferta de ayuda del entonces canciller, Olaf Scholz, a Kyiv -consistente en el envío de cascos y chalecos antibalas- puede mover hoy a la risa pero explica perfectamente de qué condiciones psicológicas se partía.
Alemania es hoy el cuarto país del mundo que más gasta en defensa en términos absolutos
Han pasado ya más de cuatro años desde la agresión -sin que Rusia haya logrado imponerse en el campo de batalla- y Europa no solo se ha convertido en el principal sostén de Ucrania sino que ha visto las orejas al lobo y comprendido la necesidad imperiosa de reforzar sus propias capacidades de defensa. Más aún desde que el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha puesto en duda la solidaridad de la OTAN.
En este tiempo, Alemania ha experimentado un cambio radical, especialmente tras la elección como canciller del democristiano Friedrich Merz en mayo de 2025. Tras pactar con los socialdemócratas romper el límite constitucional al endeudamiento del Estado en lo concerniente al gasto en defensa, Berlín se ha volcado en el objetivo de aumentar sostenidamente este capítulo para alcanzar el 3,5% del PIB en el año 2029. Con un presupuesto anual de 83.000 millones de euros (cerca de 100.000 millones de dólares), Alemania es hoy el cuarto país del mundo que más gasta en defensa en términos absolutos, por detrás de Estados Unidos, China y Rusia, y por delante del Reino Unido y Francia, hasta ahora las dos principales potencias militares europeas.

Este salto histórico, el cambio de era (Zeitenwende) del que había hablado Scholz, ha sido oficialmente bienvenido por todos sus socios y aliados. Pero que la principal potencia económica de la UE se convierta también en la primera potencia militar amenaza con alterar de forma sustancial los equilibrios internos en la Unión. Y cuesta imaginar que no vaya a levantar suspicacias en Francia, que hasta ahora ha ostentado esta segunda condición y que -pese a tener la ventaja de contar con una fuerza de disuasión nuclear- no tiene la capacidad económica para igualar a Alemania. “Francia tiene miedo de perder la última cosa que hacía mejor que los alemanes”, comentó al respecto en Le Figaro Paul Maurice, del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). También puede levantar recelos en el Reino Unido, históricamente preocupado por que ninguna potencia continental se destaque con un poder excesivo.
Todas estas consideraciones pueden parecer extemporáneas, dada la estrecha integración de los países europeos en la UE y la OTAN, pero como apunta la historiadora y politóloga alemana Liana Fix, investigadora del Council on Foreign Relations (CFR), en un artículo en Foreign Affairs significativamente titulado “La nueva hegemonía europea. Los peligros del poder alemán”, todo esto podría cambiar, y adquirir un tono amenazador, si en un futuro el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) pudiera llegar a gobernar o a participar de algún modo en el gobierno federal. No es una hipótesis exagerada: los sondeos le otorgan hoy el primer lugar en intención de voto con un 26%.
Algunos analistas alertan que una Alemania liderada por la AfD podría reclamar territorios a Francia y Polonia
“Del mismo modo que Washington ha formulado reivindicaciones antes inconcebibles sobre Canadá y Groenlandia, una Alemania liderada por la AfD podría llegar a reclamar territorio francés o polaco”, advierte Fix, quien como vacuna propone una mayor integración europea: “Berlín necesita fortalecer su ejército. El continente está en peligro y ningún otro gobierno europeo tiene la capacidad fiscal que Alemania puede ofrecer. Pero Berlín debe reconocer los riesgos que acompañan sus fortalezas y limitar el poder alemán integrando su poder defensivo en estructuras militares europeas más profundamente integradas”.
Este es el gran reto que tiene Europa por delante. Y no únicamente por los potenciales riesgos que pudieran partir de su interior -las fuerzas nacionalistas de extrema derecha no solo amenazan en Alemania, también lo hacen en Francia sin ir más lejos-, sino por la previsible pérdida del paraguas defensivo norteamericano. Trump ha amagado más de una vez con abandonar la OTAN y relativizado también de forma reiterada la garantía de defensa mutua inscrita en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. En estas circunstancias, lo menos que puede suceder es que EE.UU. vaya diluyendo progresivamente su implicación en la seguridad de Europa. Lo cual implicaría, en cualquiera de los casos, un grave debilitamiento de la fuerza disuasoria de la Alianza.
En la cumbre celebrada este jueves y viernes en Chipre, los dirigentes de los 27 abordaron la necesidad de activar la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la UE, semejante a la de la OTAN pero menos vinculante, con el fin de hacerla realmente operativa. La iniciativa partió del país anfitrión -que ostenta asimismo la presidencia semestral de la Unión- y no porque sí: Chipre sufrió un ataque colateral -con drones- en el inicio de la guerra de Irán, pero al no formar parte de la OTAN no puede contar con la defensa de la Alianza. La Comisión será ahora la encargada de elaborar una estrategia de respuesta conjunta en caso de ataque contra cualquiera de los países de la Unión.
Pese a ser consciente de los desafíos, la UE va dando solo pequeños pasos, a veces muy tímidamente. Lo máximo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar, habilitando una línea de créditos a bajo interés por 150.000 millones de euros (programa SAFE), la puesta en marcha de proyectos colectivos en materia de defensa de aquí al año 2030, algo que en el mejor de los casos es el embrión de una mayor cooperación pero que por el momento no pasa de ser una medida complementaria. No hay, hoy por hoy, mayor compromiso mutuo. Ni un programa de modernización y adquisición de armamento de alcance verdaderamente europeo y con financiación europea -como se hizo con la covid-, ni el proyecto, ambicioso y difícil, de constituir el núcleo de un futuro ejército europeo con una cadena de mando integrada. Todo eso todavía queda lejos.

Saltó el cerrojo húngaro. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, Viktor Orbán -quien prefirió saltarse la última cumbre europea-, ha desbloqueado finalmente la concesión del crédito de 90.000 millones de euros que la UE había acordado conceder a Ucrania y que Budapest mantenía bloqueado. Los líderes de los 27, reunidos en Chipre, dieron la luz verde definitiva al préstamo -de vital importancia para Kyiv para poder mantener la resistencia frente a la agresión rusa y la propia supervivencia del Estado-, así como al 20º paquete de sanciones contra Moscú, también paralizado por la resistencia húngara.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, viajó personalmente a Chipre para celebrar y agradecer la aprobación de la ayuda, y lo hizo con un presente bajo el brazo: la reparación del oleoducto Druzhba, que canaliza petróleo ruso hacia Hungría y Eslovaquia, dañado por los combates. Orbán había supeditado el levantamiento de su veto a la reparación del oleoducto, que ahora finalmente está ya operativo. Zelenski aprovechó la ocasión para presionar por una aceleración de las negociaciones de adhesión de su país a la UE, que querría ver culminar en 2027. Superado también el bloqueo húngaro en este asunto, el proceso podrá retomarse ahora, pero no hay unanimidad sobre la oportunidad de acortar los plazos y conceder a Ucrania una vía exprés para su ingreso.
Si la caída de Orbán ha eliminado a un socio perturbador -y peligrosamente amigo de Moscú-, la victoria en Bulgaria del populista de izquierda Rumen Rádev puede abrir un nuevo frente en este terreno. Prorruso y euroescéptico, el futuro primer ministro ha manifestado, sin embargo, su disposición a llevar a cabo una política exterior “pragmática”, lo que incluye una conllevancia razonable con Bruselas y sus socios.

