El refuerzo de la disciplina interna centra el quinto pleno del XX Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh), que se inauguró este lunes con un informe del Secretario General, Xi Jinping. Esta cita, que se alargará hasta el jueves, podría ser la última oportunidad de cubrir varias vacantes dejadas por la lucha anticorrupción, acentuada en los últimos años. Todo ello cuando apenas quedan doce meses para el XXI Congreso Nacional del PCCh, en el que se espera que Xi opte a un cuarto mandato de cinco años.
Al plenario, que tradicionalmente se celebra en el hotel Jingxi de Pekín, están convocados los 203 miembros actuales del Comité Central con derecho a voto. Desde la cita del año pasado, hay por lo menos ocho puestos por cubrir, de otros tantos caídos en desgracia. Otros 15 miembros están bajo investigación, pero conservan su silla. Además de los miembros de pleno derecho, han acudido a Pekín alrededor de 180 suplentes.
Las reuniones del plenario se realizan a puerta cerrada y con escasos detalles públicos sobre su contenido, aunque concluirán con un comunicado.
Cabe recordar que Xi deriva su poder de su condición de Secretario General del Comité Central del PCCh. Medios extranjeros, como el Financial Times, especulan con que esta vez podría ser elevado a presidente del Comité Central, denominación que ostentaba Mao Zedong y que fue abolida en los años ochenta.
A un año del Congreso Nacional
La lealtad y la disciplina, ejes del quinto plenario, que podría ser el último
Nominalismos al margen, de lo que no cabe duda es de la concentración de poder alrededor de su figura y de su círculo inmediato. Es decir, de los otros seis dirigentes comunistas con los que conforma el Comité Permanente del Politburó. Entre ellos, Li Xi, secretario de la Comisión Central de Inspección Disciplinaria. En un país sin verdadera división de poderes, es el propio partido, a través de esta Comisión, el que se investiga a sí mismo.
Este y otros organismos disciplinarios chinos bajo su dirección sancionaron a 412.000 personas durante el primer semestre de 2026. A estas alturas ya es posible evaluar la severidad de la purga de oficiales practicada desde 2022. Los militares copaban entonces más del 21% de los puestos en el Comité Central -órgano que escoge a los veintipocos miembros del Politburó- mientras que ahora son apenas una sombra. De los 44 uniformados en su seno, en 2022, solo 17 mantienen hoy su puesto, 15 de los cuales, con extrema discreción. El resto han sido expulsados y cuando han sido sustituidos, su puesto ha sido ocupado por civiles.
El Comité Central, por tanto, se encuentra a la defensiva. Aunque no tiene obligación de celebrar más de un pleno al año, desde principios de los noventa siempre había organizado siete por quinquenio. Pero esta vez podría quedarse en solo cinco, aumentando la sensación de concentración del poder en manos del secretario general y del comité permanente del politburó. Incluso en el politburó -de veintipocos miembros- han rodado cabezas, como la del oficial de mayor rango del ejército, general Zhang Youxia.

La caída en desgracia de este, así como la de Liu Zhenli y otros generales, han reducido la Comisión Militar Central, máximo órgano castrense, con solo dos de sus siete integrantes. El presidente Xi -un civil- y Zhang Shengmin, el general a cargo de la cruzada anticorrupción, como único militar. Una situación absolutamente anómala que da pie a todo tipo de cábalas sobre las discrepancias entre la cúpula civil y militar. Aunque lo que está fuera de dudas es la máxima maoísta de que “el partido controla el fusil”.
El XX Comité Central inició su andadura en 2022 y se disolverá dentro de un año, en 2027, cuando el XXI Congreso Nacional -con más de 2.000 delegados del partido, en representación de cien millones de militantes- escoja al Comité Central para el próximo quinquenio. Este, a su vez, elegirá al secretario general del PCCh -luego presidente de China- y al politburó.
Xi Jinping justifica su insistencia en la cohesión y disciplina en el partido único por “las turbulencias” en la situación internacional. «Vientos fuertes, mares agitados e incluso olas gigantescas”, escribió este mes. Hoy mismo, su ministerio de Exteriores salía en tromba contra la “campaña de difamación” lanzada días antes por el secretario de la Guerra de EE.UU., Pete Hegseth, contra el Instituto Confucio -homólogo del Instituto Cervantes para la lengua china- cuyas sucursales fueron tildadas de amenaza para la seguridad nacional de EE.UU..
Chongqing en la diana
Marejadas aparte, la campaña contra la corrupción no se detiene. Pekín acaba de anunciar una investigación sobre Huang Qifan, un mediático exalcalde de Chongqing, una de las mayores ciudades de China. Huang había sido antes vicealcalde y mano derecha de Bo Xilai, el exrival de Xi Jinping que permanece encarcelado por corrupción, como su esposa. Esta última, la abogada Gu Kailai, condenada además por haber asesinado a su testaferro y amigo desde hacía décadas, Neil Heywood. Un presunto empresario inglés que conducía un Jaguar plateado con la matrícula 007. Otro vicealcalde de Bo, a la postre jefe de policía, Wang Lijun -que se refugió en el consulado de EE.UU. cuando estalló el escándalo- terminará de cumplir su condena de 15 años en los próximos meses.

