La inflación alimentaria ha dejado de ocupar el centro del debate público con la intensidad de hace dos años, pero el peso creciente de la cesta de la compra sigue muy presente en los hogares. A ello se suma ahora un nuevo factor de inquietud: la inestabilidad geopolítica, que vuelve a tensionar los mercados de materias primas, el transporte y la energía. Josep Maria Bonmatí, director general de Aecoc, la Asociación de Empresas de Gran Consumo en España, una de las mayores asociaciones empresariales del país con más de 30.000 fabricantes y distribuidores asociados, considera que el sector ha aprendido de las crisis recientes y está hoy mejor preparado. En esta conversación previa a la feria Alimentaria, que arranca este lunes en Barcelona, repasa también el impacto de los aranceles o el acuerdo con el Mercosur.
La inflación de la cesta de la compra ha frenado pero el precio de los alimentos no ha dejado de subir. En cinco años, ha aumentado un 36%. ¿Debe resignarse el consumidor a que los precios no volverán a bajar?
Veníamos de una etapa en la que la alimentación se había ido abaratando durante mucho tiempo y pesaba cada vez menos en el gasto de los hogares. Había productos básicos, como la leche o los huevos, que se vendían a precios que casi parecían un milagro. El gran cambio llegó cuando se produjo una subida muy fuerte de las materias primas y de otros costes de producción. No fue una inflación provocada por exceso de demanda, sino por el encarecimiento de los costes. Y eso acabó trasladándose al consumidor. Después se ha hecho un esfuerzo enorme por ganar eficiencia, buscar aprovisionamientos alternativos y contener costes. Parecía que habíamos entrado en una fase más controlada, con niveles más moderados, especialmente en productos transformados, donde en algunos casos incluso ha habido bajadas. Pero en los productos frescos ha seguido habiendo mucha más volatilidad.
¿Cómo está afectando la guerra en Irán? ¿Habrá nuevas subidas e precios en los alimentos?
El conflicto ha vuelto a introducir incertidumbre en el sistema. Cuando reaparecen dudas sobre materias primas, fertilizantes, transporte o energía, el mercado se vuelve a mover. Hoy hay más volatilidad. Si la situación geopolítica se estabilizara, el impacto sería más limitado. Pero si continúan los conflictos y aumentan los costes logísticos o energéticos, eso puede volver a trasladarse.
¿Está el sector preparado para afrontar otro shock energético como el que provocó la guerra de Ucrania?
Diría que sí, al menos mejor que entonces. En España, además, estamos en una situación relativamente mejor que otros países europeos por una menor dependencia energética y por el peso creciente de las renovables. Pero, más allá de eso, lo importante es que la industria ha aprendido. El shock de materias primas y energía obligó a muchas empresas a revisar sus estructuras de costes y sus estrategias de aprovisionamiento. Hoy hay más preparación que hace unos años. Eso no significa que no haya riesgos. Los hay, y además se acumulan, porque la guerra de Ucrania sigue ahí y ahora se suman nuevas tensiones.
Más allá de la energía, ¿hay riesgo real de problemas de suministro en el sector alimentario?
El riesgo existe, pero las cadenas de suministro están más preparadas. A partir de ahí hemos visto relocalizaciones, proveedores alternativos, más diversificación y más escenarios de contingencia. Por tanto, hoy puede haber impactos, pero las empresas están mejor preparadas que en la crisis anterior.
Esa situación vuelve a poner sobre la mesa el concepto de soberanía alimentaria.
Sí, especialmente en Europa. Cuando se rompe la multilateralidad y aparecen cambios bruscos en la política comercial internacional, es lógico que los países se planteen qué ocurriría en determinados escenarios. Ya pasó con la pandemia. Algunos países tuvieron problemas de suministro muy serios y eso llevó a reflexionar sobre hasta qué punto Europa quiere preservar una determinada capacidad productiva alimentaria. En el caso de España, partimos de una posición especialmente sólida porque somos una potencia agroalimentaria y, además, exportadora. Por eso, cuando hablamos de soberanía alimentaria, no debemos hacerlo desde una lógica de cierre, sino entendiendo que también nos interesa seguir creciendo en exportación y contribuir al abastecimiento de otros mercados.
¿Qué impacto ha tenido en la industria agroalimentaria española el giro proteccionista de Estados Unidos y los aranceles?
Afecta, y afecta mucho. Las políticas arancelarias distorsionan la competencia, crean barreras y, al final, quien las acaba pagando es el consumidor del país que las impone, porque generan más inflación y restan competitividad a las empresas que supuestamente quieren proteger. Nosotros no creemos que los aranceles sean la vía para resolver los problemas económicos de un país. Además, el impacto no es igual en todos los sectores. Hay productos y mercados más afectados que otros. En algunos casos, como el vino, el efecto puede ser muy relevante. En general, para un país exportador como España, todo lo que suponga menos libertad comercial es una mala noticia.
El acuerdo con Mercosur ha generado una fuerte contestación en el campo y en parte de la industria alimentaria. ¿Cuál es su balance?
Aquí se han mezclado varios planos. El malestar del campo europeo no nace por Mercosur, sino por una problemática previa: exceso de regulación, pérdida de competitividad y sensación de que Europa no está cuidando suficientemente a su sector primario. Ese es el caldo de cultivo. Mercosur se interpreta como un elemento más dentro de ese contexto. Dicho esto, en términos generales, los acuerdos de libre comercio son positivos. Pero cuando bajas al detalle, todo depende de las condiciones concretas. El punto crítico es que las reglas de producción sean equivalentes. Si aquí hay limitaciones en materia de pesticidas, bienestar animal o exigencias medioambientales, no puede ser que otros compitan sin esas mismas obligaciones. Por eso las cláusulas de salvaguarda son tan importantes. El principio del acuerdo puede ser positivo, pero hay que mirar sector por sector, volumen por volumen, contingente por contingente.
¿Y el consumidor lo notará en el supermercado?
A corto plazo, si entran materias primas o productos más baratos, podría haber efectos positivos en precio. Pero si esa entrada acaba expulsando del mercado a parte de la industria o la producción local, el efecto a medio y largo plazo dejaría de ser positivo. Por eso es tan importante acompasar apertura y protección razonable.
El sector vive un proceso de concentración empresarial, con la entrada de fondos en el accionariado de compañías alimentarias que antes eran familiares. ¿Es una tendencia estructural?
Sin duda lo es. Y esto ocurre por varias razones. A lo largo de la cadena alimentaria vemos distintos niveles de concentración. La distribución se concentra para ganar dimensión y eficiencia, y eso a su vez exige proveedores con capacidad, calidad y continuidad. Esa presión se traslada a la industria. Y en el sector primario, que está mucho más atomizado, también estamos viendo movimientos de consolidación y entrada de capital. Hay necesidades de inversión cada vez mayores, exigencias crecientes y, en muchos casos, problemas de relevo generacional en las empresas. Todo eso empuja hacia fusiones, adquisiciones y operaciones corporativas. La necesidad de ganar dimensión, también para abordar la internacionalización, seguirá empujando ese proceso en los próximos años.
