Con esta frase escueta y contundente se consumó el golpe de Estado en Argentina el 24 de marzo de 1976: “Señora, usted queda destituida”, le dijo el general José Rogelio Villareal a María Estela Martínez, Isabelita , la actriz y tercera esposa de Juan Domingo Perón, presidenta de Argentina tras la muerte de su esposo en 1974.
A las 00.40 horas de ese 24 de marzo, del que hoy se cumplen 50 años, Isabelita de Perón se subió a un helicóptero en la Casa Rosada que se dirigía a la Quinta de los Olivos, la residencia presidencial. El piloto informó de un fallo técnico y la nave fue desviada al aeroparque Newbery de Buenos Aires, donde se le informó de la insurrección militar.
“El golpe de Estado era esperado, pero nadie se imaginaba lo que vendría después”, resume el historiador Carlos Malamud
A las 03.21 la nueva junta militar emitió su primer comunicado, mientras la viuda de Perón, arrestada, era trasladada a la ciudad de Neuquén, en la Patagonia. Casi sin resistencia y en silencio, y tras una intentona fracasada meses atrás, los militares se adueñaron del poder, que no soltarían hasta el 10 de diciembre de 1983.
Fueron siete años de cruenta dictadura, suficientes para sumir a Argentina en las tinieblas, desarrollar una brutal represión con cifras insólitas de alrededor de 30.000 víctimas y 8.961 casos de desaparición documentados según Nunca Más, el conocido como informe Sábato, que abrió la puerta a los juicios de 1985.

El golpe de Estado de Argentina fue impulsado por las Fuerzas Armadas y sus cabecillas fueron los jefes de los tres cuerpos militares, el Ejército, la Marina y la Aviación, es decir, Jorge Videla, Emilio Massera, y Orlando Agosti, respectivamente. El teniente general Videla asumió la jefatura de Estado de manera inicial y la mantuvo hasta 1981, aunque su mandato tuvo un carácter colegial, como toda la dictadura. “Incluso se hablaba de un partido militar, porque no había un líder, Videla era un primus inter pares , nada más”, apunta el historiador Carlos Malamud, investigador principal del Real Instituto Elcano, que tenía 25 años cuando vivió en Argentina la exitosa rebelión militar.
“El golpe cuenta con un amplio consenso social, la sociedad en general estaba muy asustada por la violencia de las guerrillas y la de la represión de los paramilitares. Al principio se piensa que es un golpe más en la larga cadena de los que tuvo Argentina, que habría un ajuste económico y político y luego se convocaría elecciones, pero nadie esperaba que la represión fuese tan dura como lo fue”, analiza Malamud, miembro de la Academia Nacional de la Historia de Argentina.
Carlos Malamud acaba de publicar el libro Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) , en el que intenta desterrar algunos mitos como que el carácter cívico-militar de la junta. “Aunque el golpe tuvo importantes apoyos civiles, como los de la iglesia y los empresarios, las decisiones más importantes las tomaban los militares. Como, por ejemplo, mantener la organización del Mundial de fútbol, o invadir las Malvinas”.
El contexto internacional favorecía el levantamiento castrense. El general Augusto Pinochet lideró una asonada en 1973 en Chile, pero, a diferencia de lo que sucedió en el país vecino, en Argentina ni siquiera hizo falta una ayuda decisiva para de Estados Unidos para que triunfara el golpe ante la sensación de deterioro y el miedo a que las guerrillas pudieran tomar el poder.

Tras el regreso de Perón del exilio en 1973, Isabelita formó ticket electoral con su marido y se postuló como vicepresidenta. En los últimos meses de vida de Perón y luego con Isabelita, el gobierno argentino ya inició una política de castigo y persecución de las guerrillas de los montoneros (radicales peronistas descontentos con la deriva derechista del movimiento) y del Ejército Revolucionario Popular (ERP), de orientación marxista-leninista. La percepción de violencia era muy elevada en todo el país.
La Junta Militar llamó Proceso de Reorganización Nacional a su gobierno y sus primeras medidas fueron la declaración de la ley marcial y del estado de sitio, el cierre y la disolución del Congreso y los parlamentos provinciales, el establecimiento de la pena de muerte y la sustitución de los jueces de la Corte de Justicia. También aprobó la intervención de los sindicatos, la prohibición de toda actividad política y la censura a los medios de comunicación. La prioridad fue la eliminación sistemática de las fuerzas de izquierda, que sí recibiría el apoyo de Washington dentro del plan Cóndor.
Madres de Mayo y los vuelos de la muerte
El 24 de marzo es en la actualidad el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia en Argentina para recordar la atrocidad de una dictadura que convirtió el Estado en un instrumento de represión. La Junta Militar despreció el derecho, creó centros clandestinos de detención y campos de concentración, y recurrió a la tortura sistemática y a los llamados vuelos de la muerte, el hecho de arrojar al mar desde aviones a los arrestados arbitrariamente. Pese a que en Argentina hay una corriente revisionista que duda de la cifra de 30.000 víctimas y se aferra a los 8.961 desaparecidos documentados -aunque los autores del informe ya dijeron que era una lista abierta pues muchos casos nunca fueron denunciados- la cantidad de desaparecidos motivó que a partir de 1977 un grupo de madres y abuelas se organizaran y protestaran en la plaza de Mayo, frente al palacio presidencial. “La percepción de la grave amenaza por parte de los militares llevó a estas barbaridades”, dice Carlos Malamud, para quien, sin embargo, en el momento del golpe, las guerrillas ya estaban muy debilitadas.
Franca Jarach fue una de esas víctimas documentadas. Tenía 18 años cuando no volvió a casa el 25 de junio de 1976. Fue vista por última vez en el infame ESMA, el centro de detención que simbolizó las torturas del régimen, hoy reconvertido en un monumento de la memoria histórica, y su vida rota por la dictadura ha sido relatada por Carlo Greppi en la novela Hija mía , uno de los libros que retratan esa herida de la historia cincuenta años después.
Pese al dolor que aun provoca el recuerdo de la dictadura, Argentina puede presumir de ser el primer país en el que un tribunal civil enjuició a los militares por crímenes de lesa humanidad. Además de Videla, otro presidente del periodo, Roberto Viola, fue condenado, al igual que los otros dos cabecillas golpistas, Massera y Agosti, en los juicios a las Juntas de 1985, que cerraron una época convulsa.

