
Nuestro compañero Jaume V. Aroca, desplazado estos días para cubrir las elecciones andaluzas, explica en sus crónicas que en la calle apenas se perciben aires de campaña. La gente sigue a lo suyo, más pendiente de sus quehaceres diarios que de los mítines, debates o paseos de unos candidatos que estos días se prodigan sin descanso. Preocupados, sí, por la sanidad y la vivienda, pero sobre todo por el coste de la vida. Aún así, no todos irán a votar el domingo. Se espera una participación similar a la registrada en 2022, cuando no alcanzó ni el 60%.

De momento, el acto con mayor afluencia no ha tenido nada que ver con los comicios, sino con la irrupción de Rosalía en un concierto gratuito a orillas del Guadalquivir el pasado sábado. Ya les gustaría a los partidos contar con la estrella catalana para llenar estos días pabellones y plazas.
En España pocas cosas movilizan tanto electoralmente como invocar a Catalunya
Este ambiente de desapego contrasta con la angustia con la que los partidos afrontan estas elecciones autonómicas. Hay nervios porque no son unos comicios más. Para empezar, Juanma Moreno se juega su independencia, que no es poco. La libertad para seguir gobernando sin depender de Vox y, de paso, ayudar a Alberto Núñez Feijóo en su camino hacia la Moncloa.
Más peliaguda es la situación en la izquierda. María Jesús Montero necesita mejorar los resultados que obtuvo su predecesor, Juan Espadas, en las anteriores elecciones, que no fueron buenos, y Adelante Andalucía aspira a hacerle el sorpasso al ensayo de coalición de Por Andalucía.
Mientras todo esto ocurre, el Gobierno se mantiene prácticamente paralizado a la espera de que pasen estas elecciones para reactivar algunas iniciativas que se han frenado para no perjudicar aún más los intereses de Montero en Andalucía. Hablamos del Consejo de Política Fiscal y Financiera para abordar la financiación autonómica, que debía haberse celebrado en el primer trimestre del año; de la sociedad mercantil que debe aprobar el Consejo de Ministros, o de la comisión de infraestructuras destinada a engrasar los presupuestos de Salvador Illa. Porque en España pocas cosas movilizan tanto electoralmente como invocar a Catalunya, aunque las urnas estén a casi mil kilómetros de distancia.

