Como si fuera la época colonial, el virrey de Venezuela se llama Marco Rubio.
El título de virrey es el que recibían los gobernadores que administraban el imperio español hasta que Venezuela y la mayoría de las otras provincias de ultramar se rebelaron y obtuvieron la independencia a comienzos del siglo XIX.
Pero en el siglo XXI, el titular del Departamento de Estado y jefe de la diplomacia de Estados Unidos se encarga de supervisar y dar órdenes a la presidenta interina y títere, Delcy Rodríguez, a pesar de que no ha puesto allí los pies en mucho tiempo.
La que fuera mano derecha de Nicolás Maduro hasta que fue secuestrado en su casa y trasladado a Nueva York a principios de año, aceptó ser la testaferro del nuevo imperialismo de Donald Trump, quien ha modificado el orden de las cosas y ahora se refiere a Venezuela como el próximo estado 51 de EE.UU. en lugar de Canadá.
Esto no significa que haya cambiado sus propósitos expansionistas, sino que los ha ampliado, además de Groenlandia o el canal de Panamá.
Aquel 3 de enero, horas después de la operación de caza de Maduro, hoy encarcelado en la Gran Manzana a la espera de ser juzgado como presunto capo del narcoterrorismo, Rodríguez mantuvo conversaciones en español con Rubio, originario de Cuba, quién le dejó claro que o se sometía a la voluntad de la Casa Blanca o iba a ser testigo de una ofensiva mucho más amplia contra la infraestructura de Venezuela, sus bases militares y sus altos funcionarios, por supuesto, ella incluida en esa represalia.
Al caer Maduro, Rubio informó a la presidenta interina que o se sometía a Trump o acabaría mal
Tras algunas negociaciones, Rodríguez aceptó, según relató este domingo The New York Times en un extenso reportaje con el que ilustra como Rubio es el verdadero gestor de Trump en ese país caribeño.
Lo cierto es que Rubio, que compite con el vicepresidente J.D. Vance como herederos para liderar a los republicanos en el 2028, ya gobierna Venezuela desde la distancia. En los últimos seis meses, ejerce un poder efectivo sobre una nación soberana de una manera que ningún funcionario estadounidense había ejercido desde que L. Paul Bremer III llegó a Bagdad en 2003 para administrar el Irak ocupado por EE.UU.
Rubio controla ahora, en la práctica, las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno, siempre a partir del reportaje del Times . Está profundamente involucrado en las operaciones cotidianas del ejecutivo. Mantiene un contacto muy estrecho con Rodríguez, presidenta interina gracias a EE.UU. Ambos intercambian mensajes en español por WhatsApp, donde comparten rumores, felicitaciones de cumpleaños y selfis.
“Pese a ese trato cordial, la relación entre Rubio y Rodríguez dista mucho de ser una asociación entre iguales. Es una manifestación del poder estadounidense en la era Trump, en la que el vencedor se queda con todo, sin importar la soberanía ni el derecho internacional”, remarcó el Times en su artículo.
El control directo sobre los ingresos públicos de Venezuela, en particular, distingue la influencia que Washington ejerce allí de la que mantiene en la mayoría de los demás países supeditados a su poder militar y financiero.
El Departamento del Tesoro recibe los ingresos procedentes de la mayor parte de las exportaciones venezolanas y luego los transfiere a Venezuela a través del sistema bancario del país, en una relación comparable a la de unos padres que entregan una paga a sus hijos, cita como ejemplo la cabecera neoyorquina. Rubio y su equipo fijan las condiciones sobre el destino de esos fondos y determinan quién puede utilizarlos.
Los detractores denuncian que el control del país caribeño es una colonia al estilo del siglo XIX
Este sistema ha permitido a Rubio detener los planes de corrupción más flagrantes de Venezuela. También reporta algunos beneficios al ejecutivo de esta neo colonia pues utiliza la protección del Departamento del Tesoro para recibir ingresos sin verse acosado por los numerosos acreedores que buscan recuperar miles de millones de dólares en deuda impagada.
Pero el acuerdo ha otorgado a Rubio una enorme capacidad de presión sobre Rodríguez, quien depende de ese dinero para pagar a los trabajadores y sostener la moneda nacional.
Algunos detractores del gobierno de Trump han reaccionado horrorizados ante estas revelaciones. En otras reacciones recogidas en la web de Common Dreams , sitio de noticias independientes y sin ánimo de lucro, Elizabeth Saunders, profesora de Ciencia Política en la Universidad de Columbia, describió el poder de Rubio sobre Venezuela como “una locura”, además de “negligente, inadmisible e impugnable”.
Para Orlando J. Pérez, profesor de Ciencia Política en la Universidad del Norte de Texas en Dallas, esa información convertía en una burla las declaraciones de Rubio en las que aseguraba querer devolver la democracia a Venezuela. “Al parecer se ha transformado de un guerrero de la promoción de la democracia en un operador de la realpolitik transaccional”, subrayó Pérez.
Kenneth Roth, exdirector ejecutivo de Human Rights Watch, escribió que el control estadounidense sobre Venezuela parecía similar al tipo de poder imperial ejercido por las naciones europeas en el siglo XIX.
“Trump ha convertido a Venezuela en una colonia efectiva de Estados Unidos, con Marco Rubio como virrey y Washington controlando los ingresos petroleros del país y dictando sus principales políticas exteriores e internas. La democracia ha quedado relegada a un futuro lejano”, señaló Roth.
El secretario de Estado controla las finanzas, la distribución de recursos y el gobierno
El historiador Bradley Simpson, de la Universidad de Connecticut, consideró que el actual acuerdo de EE.UU. con Venezuela representa un regreso al imperialismo abierto. “Literalmente hemos vuelto a los días de la diplomacia del dólar de la década de 1910”, indicó.
“Cuando Estados Unidos invadía países, se apoderaba de sus sistemas financieros y los administraba como colonias de facto, algo descaradamente ilegal y enormemente corrupto. ¿Dónde están la Organización de Estados Americanos o la ONU para denunciar esto?”, cuestionó Simpson en ese sitio web.
La sumisión de Rodríguez alcanza la humillación. Cuando la Fox contactó para entrevistarla, respondió que tenía que pedir permiso a Trump. Una vez que EE.UU. atacó Irán, Venezuela hizo un comunicado a favor de su aliado en Oriente Medio. Pese a ser suave, el gobierno de Caracas lo tuvo que borrar. Y hace poco, al asegurarse que el Departamento de Justicia de EE.UU. investigaba a Rodríguez, cosa anhelada por la oposición, que la ve igual o peor que Maduro, Trump denegó esa opción. Rodríguez envió un mensaje de agradecimiento, pero antes lo supervisó Rubio.
