Netanyahu visitó el martes la base naval de Haifa, rodeado de altos mandos de la Armada israelí. No fue una visita cualquiera; en su entorno se explicó como un mensaje a Ankara, ante el temor de que Turquía imite el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz contra el suministro energético israelí.
La escena encaja en un patrón más amplio: con las elecciones del próximo octubre en el horizonte y el desgaste de la masacre del 7 de octubre aún pesando sobre su imagen, Netanyahu necesita un enemigo nuevo que reviva su popularidad entre la sociedad israelí. Hamas, Hizbulah e Irán ya consiguieron un consenso público sobre la necesidad de la guerra permanente. Pero ahora es el turno de Turquía.
La hostilidad entre Netanyahu y el presidente Recep Tayip Erdogan no es nueva. Turquía fue el primer país de mayoría musulmana en reconocer a Israel, y durante los noventa, al calor de los acuerdos de Oslo, ambos mantuvieron una cooperación notable. La ruptura simbólica llegó en 2009, con el enfrentamiento entre Erdogan y Simon Peres en el foro económico de Davos, y se consumó un año después con el asalto israelí a la flotilla turca Mavi Marmara, que dejó nuevo muertos. Desde entonces, ambos líderes han encontrado en el otro un blanco rentable para el discurso nacionalista interno.
La guerra de Gaza y, después, la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán han reconfigurado el tablero de forma más profunda. Turquía ha condenado la actuación israelí en Gaza, retiró a su embajador y prohibió el comercio y el sobrevuelo de aviones israelíes desde agosto de 2025, aunque mantiene presencia diplomática en el país y permite el paso de petróleo azerí hacia Israel, casi la mitad de sus importaciones energéticas.
Esa ambivalencia quedó expuesta la semana pasada en las declaraciones del canciller turco, Hakan Fidan. En la cadena CNN turca acusó a Israel de haberse convertido en “una carga que la humanidad ya no puede soportar”, palabras que su homólogo israelí Gideon Saar calificó de “llamada al genocidio”. Días después, en el diario The National, Fidan matizó: “no hay motivo para un conflicto abierto”, y distinguió entre el Gobierno de Netanyahu y una sociedad israelí en la que, dijo, “todavía hay gente sensata”. Según Fidan, es el propio Netanyahu quien, de cara a las urnas, “necesita un enemigo” tras agotar a Irán y sus aliados regionales.
Detrás de este vaivén retórico se libra una batalla muy concreta: la venta de cazas F-35 a Turquía, congelada desde 2019, cuando Washington la suspendió tras la compra turca de los sistema antiaéreos rusos S-400, incompatibles según el Pentágono con la tecnología furtiva del caza. Pese al bloqueo, Washington ha mantenido seis aviones ya destinados a Turquía en una base, con 30 millones de dólares gastados en su mantenimiento.
En la cumbre de la OTAN en Ankara la semana pasada, Trump reavivó la posibilidad de desbloquearla como gesto hacia Erdogan, a quien calificó de socio “mucho más leal” que otros aliados. Como respuesta, Netanyahu se opuso abiertamente, y advirtió en una entrevista en Fox News que alteraría el “equilibrio de poder” regional, lo que le valió un nuevo reproche público de Trump.
Más allá de los aviones, la rivalidad se extiende por varios frentes. En Siria, ambos mantienen tropas tras la caída de Bashar el Asad, con objetivos opuestos. Turquía es el principal aliado militar del nuevo presidente sirio, Ahmed el Sharaa, mientras Israel ha bombardeó el arsenal del nuevo gobierno y respaldado a minorías contrarias a Damasco como los drusos en el sur del país.
Ambos países tienen intereses y aliados opuestos en Somalia, Yemen y Sudán
En el Mediterráneo oriental, la cooperación militar creciente entre Israel, Grecia y Chipre alimenta en Ankara el temor a un cerco estratégico. A ello se suma el reconocimiento israelí de Somalilandia, gesto que desafía los intereses turcos en Somalia, donde Ankara mantiene una base desde 2017. Yemen y Sudán completan la lista de frentes donde ambos respaldan a bandos distintos.
El factor quizá más determinante es el cambio en el equilibrio regional. Al debilitar a Irán, la campaña militar israelí ha reducido paradójicamente su propio valor estratégico ante el Golfo, que ya no ve en Israel un socio imprescindible sino una fuente de inestabilidad. El ataque israelí contra dirigentes de Hamás refugiados en Qatar, aliado de Washington, en septiembre de 2025, agravó esa percepción.
Turquía, en cambio, ha capitalizado su papel de mediador: ayudó a Trump a encauzar el alto el fuego en Gaza y ha jugado un papel similar con Irán, mientras recomponía relaciones con países árabes que antes lo miraban con recelo. Potencias del statu quo como Arabia Saudí y Egipto empiezan a ver a Turquía como factor de estabilidad, frente a un Israel cada vez más percibido como actor imprevisible.
El diario Haaretz, férrea oposición al belicismo del actual gobierno israelí, ha sido especialmente crítico con esta lectura en su editorial de este domingo. Acusa a Netanyahu de fabricar una amenaza turca desproporcionada, en un patrón que recuerda, según el periódico, a la tensión artificial generada hace dos años en torno a Egipto, cuando asesores cercanos al primer ministro fueron sospechosos de difundir información distorsionada al servicio de intereses cataríes.
El texto admite que Turquía plantea “problemas genuinos” -el desprecio de Erdogan hacia Netanyahu, sus ambiciones en el Mediterráneo oriental, su papel en Siria- pero recuerda que Israel tuvo, hace una década, la oportunidad de tejer una alianza con los suníes moderados y prefirió deteriorar su propia imagen en la región.
Ni Ankara ni Jerusalén contemplan hoy un conflicto directo. Pero ambos países consolidan posiciones en un mismo espacio regional cada vez más reducido, lo que hace casi inevitable una tensión creciente. Turquía ya no es el país aislado de la última década. Y en la Israel que vota en octubre, un rival fuerte y cercano, con quien aún existen tratos abiertos, resulta para Netanyahu un enemigo particularmente útil.
