Entre juego y juego, el consejero delegado de Google DeepMind, Demis Hassabis, ha alcanzado hitos científicos, fundado empresas y liderado desde uno de los gigantes tecnológicos estadounidenses algunos avances cruciales en torno a la inteligencia artificial. Por incluir logros, en su haber figuran incluso el premio Nobel de Química por aplicar la IA al desciframiento de la estructura de las proteínas y el Princesa de Asturias.
De carácter reservado, Hassabis ha hablado en varias ocasiones de la inquietud que le ha llevado a lo más alto de la vanguardia tecnológica. “Mi interés por la IA comenzó con los juegos”, asegura. Su historia es la demostración de que los caminos de entretenimiento también conducen a la ciencia. Sin embargo, este entusiasta de la tecnología levanta ahora la mano y pide un árbitro para la IA. El juego corre el riesgo de quedar fuera de control.
Niño prodigio del ajedrez y diseñador de videojuegos, se desmarca con su discurso de Sam Altman
Nacido en Londres en 1976, de padre grecochipriota y madre singapurense, Hassabis aprendió a mover las fichas de ajedrez a los cuatro años y a los 13 ya era maestro y uno de los mejores jugadores juveniles del mundo. En un campamento de ajedrez se topó con las computadoras que retaban a los humanos, pero en vez de estudiar la forma de vencerlas prefirió entender cómo pensaba. Con el dinero ganado a golpe de jaque mate, compró su primer ordenador, un Spectrum, y aprendió a programar por su cuenta, atraído por los videojuegos. Lo hizo mientras superaba la secundaria antes de tiempo y creaba con apenas 17 años un videojuego de éxito, Theme Park. Estudió Ciencias de la Computación en Cambridge, se doctoró en neurociencia cognitiva en el University College de Londres y realizó estancias en Harvard y en el MIT.
Demis Hassabis
Los juegos también le han servido para forjar su propia leyenda empresarial. Fue el creador de AlphaGo, el programa que en el 2016 dio la sorpresa al vencer al campeón surcoreano Lee Sedol en el milenario juego de estrategia chino Go. La máquina se inventó una jugada inesperada que parecía un error y que luego se rebeló como genial. La jugada 37. “Yo, Lee Sedol, he perdido, pero la humanidad no lo ha hecho”, afirmó el jugador derrotado mientras Hassabis, como ha contado alguna vez, vivía una de las mejores experiencias que recuerda.
Google se fijó en él y compró en el 2014 su empresa, DeepMind, para apostar por la IA. Fue después, en el 2023, cuando surgió Google DeepMind, en la que se concentran casi todas las innovaciones de Google en torno a la IA, con el propio Hassabis como consejero delegado. Desde entonces su carrera ha sido tan influyente como discreta. Se prodiga poco en público y suele aparecer junto al consejero delegado del grupo, Sundar Pichai. Sin embargo, sus mensajes sobre la IA son influyentes.
Hassabis también sabe jugar al juego de Silicon Valley, aunque todavía no ha entrado en la nómina de directivos que han pasado a la parte oscura. Al revés, representa para muchos la némesis de los tecnoligarcas, con una visión de la IA más científica y menos comercial.
El aviso de Hassabis llegó hace unos días, en un artículo en torno a la inteligencia artificial general (IAG), de la que es uno de los mejores conocedores. La IAG es capaz de superar al ser humano en todas las tareas cognitivas y podía adquirir plena autonomía. Los modelos más potentes están al caer, avisa Hassabis.
La advertencia no es en realidad novedosa. El fundador de OpenAI, Sam Altman, o Elon Musk ya han advertido de los peligros de la IA, y se han llevado titulares mucho más destacados por hacerlo. La noticia está en el pragmatismo de la propuesta de Hassabis , que pide un regulador estadounidense al estilo del supervisor de los mercados financiado por la industria y compuesto por expertos de nivel capaces de embridar los modelos de IA. Un plan factible que le enfrenta al de Altman, defensor de un regulador internacional de difícil materialización. “Nadie en el mundo sabe lo que va a pasar”, sostiene en su artículo. “Este es un momento crucial en la historia de la humanidad”, añade. Sin caer en el pesimismo, el maestro ajedrecista quiere ahora límites al juego antes de que se vuelva en contra de sus creadores.
