Toda gran historia tiene una cara B imprescindible. Unos personajes secundarios que no parecen tan interesantes, ni tan famosos, ni tan carismáticos, pero que permiten que los protagonistas puedan desarrollar su papel. Son el motor real de la acción; las bases del progreso.
Han pasado 80 años del final de los juicios de Nuremberg, pero aún se desconoce el mecanismo interno que los puso en marcha. Alemanes, rusos, franceses y anglosajones estaban condenados a entenderse para sacar adelante una de las causas más relevantes de la historia. Y el engranaje se puso en marcha. Un grupo de pioneros hizo de la necesidad virtud e inventó prácticamente de la nada una nueva profesión para garantizar que los responsables de la barbarie nazi rindieran cuentas por sus hechos. Era la interpretación simultánea.
Göring lamentó la participación de los intérpretes en los juicios de Nuremberg: “Nos están acortando la vida”
En el número 224 de la calle Roger de Flor, en Barcelona, se han propuesto arrojar un poco de luz sobre este relato poco conocido. El Instituto Goethe se ha aliado con la Asociación Internacional de Intérpretes de Conferencia (AIIC) para organizar una exposición que homenajea y explica el rol de las personas que permitieron que este improbable e inédito juicio se acabara celebrando. Tal como sentencia Emma Soler, miembro de la AIIC y una de las dos coordinadoras de Un juicio, cuatro idiomas : “Sin los intérpretes, no habrían existido los juicios de Nuremberg”.
Los acusados querían evitarlo a toda costa. Pero una causa celebrada en alemán, y dirigida por alemanes, “no hubiera sido fiable en ningún caso”. De esta manera, la introducción de la interpretación simultánea fue una manera de garantizar los derechos de todos los que participaron en el juicio, pero también un modo de asegurar que se hacía justicia. Su promotor, el fiscal general de los Estados Unidos, Robert H. Jackson, no dudó en remover cielo y tierra para idear un nuevo sistema que resultó vital y que colaboró en el establecimiento de las bases del derecho penal internacional contemporáneo.
Pero el éxito no llegó sin sacrificios. La exposición, que abre sus puertas hasta el 15 de diciembre, explica en profundidad múltiples casos de lo que se conoce como “trauma vicario”. Es la carga emocional que sufren los profesionales que se exponen constantemente a testimonios de catástrofes y de violencia extrema. Entre las decenas de intérpretes sin experiencia que se lanzaron a la aventura por curiosidad, por ideología o por activismo, varios habían vivido en sus propias carnes o a través de sus familias el horror del Tercer Reich. Revivirlo en directo, teniendo que ponerse en la piel de sus propios verdugos, provocó que algunos lo dejaran y que muchos de ellos acabaran con síndrome de estrés postraumático.
“Cuando trasladas de una lengua a otra, tú interpretas, hablas en primera persona”, explica Soler. De ahí viene el trauma. Ser una víctima del nazismo que se ve hablando, por ejemplo, en boca de Hermann Göring, comandante en jefe de la Luftwaffe y uno de los dirigentes más cercanos a Adolf Hitler.

Waltraud Hofer, la otra coordinadora de la exposición, recuerda que el propio Göring ironizó durante el juicio: “Los intérpretes nos están acortando la vida”. Su trabajo había acelerado mucho el proceso que lo llevaría a la condena a muerte, y el líder nacionalsocialista se suicidó unas horas antes de su destino. Pero algunos de los intérpretes tampoco salieron bien parados. Como aclara Hofer, “hasta entonces nadie había visto esas imágenes, y esas atrocidades eran inimaginables”.
Soler lamenta que, para mucha gente, “somos una herramienta, una máquina que puede traducir. Muchas veces cuesta que se entienda que necesitamos unas condiciones mínimas para hacer bien las cosas”. De hecho, Hofer cuenta que algunos de los fiscales estadounidenses que participaron en el juicio ni siquiera tenían ningún recuerdo de los intérpretes más allá de “la cara bonita” de algunas de las profesionales. Muchas veces, remata Soler, “somos transparentes”.
Por eso hace trece años que intentan reivindicar la génesis de su trabajo, tan esencial en este proceso. En el 2013, la directora del Museo Memorial de los Juicios de Nuremberg dijo a la AIIC que siempre que se hablaba del proceso se dejaba de lado su tarea. Desde entonces, la muestra ha estado en varias ciudades de 15 países alrededor del mundo.
La exposición de la AIIC sirve como ejercicio cultural e histórico, pero también es una advertencia. Sus coordinadoras, así como el director del Instituto Goethe, Joachim Bernauer, alertan del riesgo de volver a cometer los errores del pasado. Un juicio, cuatro idiomas es una reivindicación de la interpretación simultánea. Interpretar para entender. Interpretar para unir. Y para recordar.
