Europa se adentra en la ‘zona gris’

Oleadas de drones, ciberataques a sistemas de refrigeración, falsas amenazas de bomba a aviones y medios de comunicación. El arsenal de actuaciones hostiles es infinito en este espacio inmenso que es la ‘zona gris’

La tecnificación de la sociedad la ha hecho más vulnerable 
La tecnificación de la sociedad la ha hecho más vulnerable A-Digit / Propias

Llamar con un teléfono de prepago a un aeropuerto para informar que hay una bomba en la bodega de un avión o enviar un mail desde un servidor fraudulento con la misma idea, está al alcance de cualquier vándalo. Hacerlo de manera coordinada durante una semana, requiere algo parecido a una organización. Se calcula entre 32 y 50 -la cifra exacta no se ha dado a conocer- el número de vuelos que han recibido falsas amenazas de bomba esta semana. Todos en compañías europeas con salida y destino en el continente. Si a ello se suma que seis medios de comunicación de Irlanda tuvieron que ser desalojados por recibir amenazas el viernes, la sospecha de que detrás de estas acciones se encuentra un agente estatal, son razonables.

El Centro de Convenciones de Dublín acogerá el 12 de noviembre una cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE) en la que 50 jefes de estado y de gobierno, entre ellos el ucraniano Volodimir Zelenski, hablarán de seguridad. Por esta y otras razones, las sospechas de los servicios de inteligencia apuntan a Rusia, interesada en intimidar a los europeos para doblegar su apoyo a Ucrania. Más cuando Donald Trump parece querer pactar con Vladimir Putin una remodelación del espacio de seguridad europeo que daría más influencia a Moscú en el continente.

¿Hay pruebas de la autoría rusa? No, pero sí un largo historial de indicios. En octubre de 2023, las escuelas y guarderías de Lituania recibieron 1.500 amenazas falsas de bomba en un episodio de una intensidad inédita. En septiembre de 2025 en vísperas de otra cumbre de la CPE en Copenhagen, los aeropuertos daneses tuvieron que interrumpir su actividad por la presencia de drones.

La pauta de sucesos de esta semana va en la misma línea: explotar las vulnerabilidades del enemigo, llevar la intranquilidad a la sociedad y convencerla de que sus gobiernos no les pueden proteger. En este caso, además, poner al sector aéreo en situación complicada. La amenaza es tan barata como elevado es el precio de las consecuencias. Las compañías deben verificar cada aviso y hacerlo en tierra para no crear la alarma entre los pasajeros. Algunas, incluso, prefieren no comunicar los hechos. Temen que la información alimente comportamientos de imitación.

La actividad aérea es especialmente sensible, como lo prueba la oleada de drones que sobrevolaron los grandes aeropuertos europeos en 2025 (Estocolmo, Copenhagen, Oslo, Múnich o Bruselas). El clímax de esa ofensiva fue el atentado fallido con drones explosivos en el aeropuerto de Leipzig, este mes de agosto, donde se realizan operaciones de logística de apoyo a Ucrania.

Fue aquella la única ocasión en la que un estado, en este caso Alemania, responsabilizó directamente a Moscú de la acción. Putin respondió afirmando que Alemania estaba fabricando las pruebas para acusarle, y que lo hacía para desviar la caída de la popularidad del canciller Friedrich Merz en las encuestas.

Del espía solitario de la Guerra Fría se ha pasado a colaboradores precarios sobre el terreno

Fue el mismo patrón de respuesta del portavoz del Kremlin cuando, meses después, una serie de hackers tomaron el control de los sistemas de refrigeración de supermercados en varios países europeos para subir la temperatura y echar a perder los alimentos y se volvió a hablar de Moscú. “Últimamente en Europa se ha puesto de moda culpar a Rusia de cualquier incidente” dijo Dmitri Peskov.

Esas respuestas son lo que en el lenguaje de la seguridad se conoce como “negaciones plausibles”, negar la implicación en una acción aunque tu la hayas ordenado. Forman parte del lenguaje de lo que se conoce como zona gris , término que usan los expertos para designar esas acciones hostiles que se encuentran en el limbo que existe entre la guerra y la paz.

La zona gris es parecida a las operaciones encubiertas en la Guerra Fría. Solo que las posibilidades son hoy distintas. Uno piensa en los espías de aquellos años e imagina a personas solitarias y metódicas comunicándose con mensajes en sobres y llamadas desde cabinas telefónicas para acceder a espacios críticos.

Hoy, en cambio, la primera imagen que viene a la cabeza son adolescentes con habilidades informáticas que trabajan desde cubículos que parecen call centers y saben penetrar en bancos de sangre, entidades financieras u hogares a través de las redes. O jóvenes del lumpen local que por poco dinero pueden incendiar una empresa de interés estratégico u organizar en Barcelona o Milán operaciones de pillaje que emulan las manifestaciones descontroladas de París del 17 de octubre.

Y del mismo modo que en la cultura popular de hoy los espías son individuos precarizados que encadenan un error tras otro, como en las novelas de Mike Herron en Slow Horses o personajes autodestructivos y ambiguos como la Artemis Procter de las novelas de David McCloskey, los autores de las amenazas de estos días no carecen de cierto sentido del humor.

“Mensaje a Occidente” encabeza con ironía uno de los comunicados enviados a las autoridades búlgaras esta semana. “Estamos reclutando residentes de vuestros países que cooperan activamente con nosotros” -se jacta otro comunicado enviado a Irlanda-. Tenemos acceso a dispositivos comprometidos que podemos usar contra ti”. Sin mencionar la improbable autoría de algunas de las llamadas reivindicadas por la organización “Estado Masculino”, que dice luchar contra la “dictadura feminista europea”.

Los servicios de seguridad apuntan a Rusia, pero encontrar las pruebas puede ser muy difícil

La zona gris no es un terreno de juego cómodo para los gobiernos. El comandante en jefe de la OTAN, Alexus G. Grynkewich, explicó en un discurso el 12 de octubre en Varsovia que, ante la intranquilidad mostrada por algunos de los socios de esta organización, en especial nórdicos y bálticos, había que marcarle unas “líneas rojas” claras a Rusia. Pero no debe ser fácil marcar esas líneas que requieren de largas investigaciones y pruebas que , hoy por hoy, parecen difíciles de obtener.

Ramon Aymerich Piqué

Redactor jefe de Internacional

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