
El miércoles, La Vanguardia titulaba en portada: “España supera los 22 millones de puestos de trabajo gracias a la hostelería”. La noticia se hacía eco de la publicación de las cifras de afiliación a la Seguridad Social de abril, que ponían de manifiesto que se ha superado por primera vez en la historia los 22 millones de cotizantes gracias a un aumento de 223.000 en abril, de los cuales la mitad en la hostelería. Completan el podio el comercio y las actividades administrativas.
¿Es una buena noticia? No tan buena como parece, pero antes debemos entender por qué lo parece tanto.
Hay que mejorar los salarios y dejar de propiciar la mano de obra poco cualificada
Lo parece porque España está traumatizada por el paro, y lo está porque, en las últimas décadas, la tasa de paro ha subido por encima de un increíble 20% en
tres ocasiones: 1984-1987, 1993-1996 y 2010-2015. Han sido experiencias que han puesto a prueba la resiliencia de la sociedad española y que nos han marcado a fuego que crear puestos de trabajo es necesariamente positivo, sean los que sean.
Ahora bien, que un trauma esté justificado no significa que sea útil, y deja de serlo cuando cambian las circunstancias que lo han motivado. El caso es que ahora, en
la España que ha tenido tan pocos hijos, crear puestos de trabajo significa sobre todo atraer a más inmigración, hasta el extremo de que en los últimos 20 años España ha creado más de dos millones de puestos de trabajo, pero solo uno de cada tres ha sido ocupado por una persona con nacionalidad española. ¿Ha servido esta creación de empleo para reducir el paro? Si hace cuatro años había 3,2 millones de parados, ahora hay 2,7, lo que implica que hemos necesitado crear cuatro puestos de trabajo para absorber a un parado.
Todo esto no significa sino que lo que estamos haciendo es crear puestos de trabajo poco cualificados (los que crean la hostelería o el comercio) para personas que no tenemos. ¿Y qué problema hay? Pues que los países que han hecho las cuentas de forma seria –el Reino Unido, los Países Bajos, Dinamarca– hace tiempo que han llegado a una conclusión poco sorprendente: que un inmigrante poco cualificado aporta, a lo largo de su vida, mucho menos que lo que cuesta, y que, por tanto, constituye una rémora para la sostenibilidad del Estado de bienestar. Además, e inevitablemente, la inmigración presiona sobre el mercado de la vivienda, hasta el extremo de que el Plan Estatal de Vivienda, presentado la semana pasada, anuncia que el Estado se hará cargo de la totalidad del coste de construcción de las viviendas necesarias para albergar un aumento de la población que solo ha sido causado por la inmigración.
Crear puestos de trabajo es bueno, sin duda, pero no es suficiente. ¿Y qué es lo que deberíamos hacer? Procurar que los ocupen nuestros parados (tarea en la que estamos muy lejos de la excelencia), procurar que los empresarios paguen mejor (subiendo el salario mínimo) y dejar de privilegiar fiscalmente a sectores especializados en la mano de obra poco cualificada.
¿Más buenas noticias como esta?
No, gracias.
