
Sostener la intensidad emocional durante 54 días de campaña no es fácil. Hasta la noche del 29-N se sucederán grandes altibajos de atención. Una vez difuminado el efecto sorpresa al disolver el legislativo, que suele premiar al presidente con un rebote de su popularidad, entraron a escena el baile de sondeos y candidaturas por cada territorio, que terminaba ayer, hora de presentación de todos los candidatos al Congreso y al Senado.
Pasados estos quince días, la carrera electoral cambia de ritmo y se asienta. Se suceden las jornadas de espera de los cara a cara presidenciales y los debates entre portavoces de las siglas principales. Son el punto nodal, el más temido por los partidos en el largo período electoral español, y el momento dirimente de la campaña en más de treinta años, gracias a las televisiones privadas. Acaba de suceder en Brasil, en los dos celebrados entre Lula y Bolsonaro, que han invertido las preferencias al movilizar a los votantes del último día. Sin embargo, están perdiendo buena parte de su fuerza de convicción personal y arrastre del voto.
Es fácil reelaborar una derrota de Trump como presagio de victoria local española
Al igual que en otras democracias, estos debates, centrales en la imagen de los líderes, se fracturan ahora en un mosaico de microdiscusiones, muy sesgadas y alojadas por las redes y las plataformas, lo que vuelve más difícil formarse un juicio directo y ponderado, tras esa larga exposición al espectador a la que se someten los aspirantes en los televisados. Y no es tanta casualidad que al fragmentado Parlamento le suceda algo similar, regido por un constante enfrentamiento que bloqueó las decisiones del Gobierno hasta el pasado 6 de octubre.

Además de escoger la fecha oportuna –al calor del caso de la madrileña Maricarmen–, al partido presidencial le asiste siempre otra ventaja, como es la capacidad del Gobierno para drenar recursos que lubrican a grandes grupos de electores, como sería una subida extraordinaria de última hora en las
pensiones.
En estos “días de meseta”, desde el martes 3 de noviembre, Mr. Trump está llamado a ser protagonista –virtual– de nuestra campaña, en cuanto el Partido Demócrata gane el Congreso, incluso puede que la mayoría del Senado, también al alcance de la mano de los nuevos demócratas. La seguridad en el fuerte impacto internacional de un resultado contrario al impopular Trump, entrometido mandatario extranjero de elecciones en Hungría y Brasil, pone fácil reelaborar su derrota en una suerte de presagio de victoria local española. Coincide, además, que los ganadores ostentan perfiles semejantes a los del célebre alcalde Mamdani, a quien el presidente español reservó buena parte de su agenda en Nueva York, haciéndole interlocutor principal en su reciente viaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas.
