
En la última década, las economías mundial, occidental y europea han sido extraordinariamente resilientes a importantes perturbaciones: una pandemia, dos guerras en
puntos sensibles del planeta, una guerra comercial y crecientes desequilibrios fiscal y comercial. Sin embargo, esto
no debe hacernos olvidar que los
desequilibrios se siguen acumulando,
y que tarde o temprano alguno de ellos
–o su combinación– acabará generando una depresión en el corto plazo. Consideremos tres:
1. El petróleo. Hasta ahora, la mayor parte del choque de oferta de las guerras se ha gestionado reduciendo reservas, pero este mecanismo está agotado, de modo que si los problemas con el suministro desde Oriente Medio y desde Rusia no se solucionan en el muy corto plazo, tendremos que dejar de hacer algo: viajar, transportar, producir alimentos, materiales de construcción… Aunque la reducción de la oferta represente una proporción relativamente moderada del total, la escasez acabará trasladándose a los precios de forma aguda, porque desde la crisis de 1970 sabemos que la sensibilidad de éstos a la cantidad es extrema: entonces la triplicación de los precios sólo redujo el consumo mundial en un 2%. Ahora tenemos algunas alternativas al petróleo, pero todavía muy limitadas.
Los desequilibrios se acumulan y acabarán generando una depresión
2. La deuda. Los mercados financieros están empezando a manifestar nerviosismo con la deuda pública, particularmente con la americana y la francesa, que crecen demasiado rápido porque los gobiernos respectivos no parecen capaces de controlar sus cuentas (¡ha sido imposible subir la edad de jubilación en Francia por encima de los 62 años y medio!). Los tipos de interés están subiendo, y es cuestión de tiempo que el impacto de las subidas sobre el servicio de la deuda genere una espiral insoportable, lo que obligaría a los respectivos bancos centrales –la Reserva Federal y el BCE–
a comprar deuda para evitar males mayores, lo que llevaría a una inflación lo suficientemente alta como para reducir los niveles de deuda (¿de qué otra manera puede reducirse?). Como dice un analista, “los ahorradores están a punto de ser robados”, y la economía está a punto de ser sometida una prueba de estrés.
3. La IA. No cuesta mucho imaginar que los mercados financieros acaben convenciéndose de que la IA –con independencia de sus prodigiosas capacidades– sea una commodity , es decir, un mercado en el que es relativamente fácil entrar y ofrecer un producto quizás
algo menos potente que el líder, pero mucho más barato. De hecho, las recientes manifestaciones por parte de algu-nos de los líderes del mercado pidiendo regular la IA y frenar su desarrollo resultan más fácil de explicar a partir de esta sospecha que sobre la base de un insólito ataque de altruismo que habría afectado a algunos tiburones de Silicon Valley. La consolidación de esta idea llevaría a un freno repentino de las inversiones en IA, que constituyen uno de los motores más importantes del crecimiento de la economía americana.
