Trump y nuestros conservadores

Los primeros pasos del nuevo presidente de Estados Unidos ya evidenciaban claramente cómo la estrecha relación con sus tradicionales aliados europeos iba a saltar por los aires; podíamos empezar a olvidarnos del compromiso y protección de nuestro hermano mayor. Su desprecio hacia Europa se convertía, así, en el mayor de los estímulos para aparcar nuestras pequeñas diferencias y consolidarnos como un espacio único en ámbitos como defensa y política exterior.

A su vez, en sentido contrario, la irrupción de Donald Trump representaba una enorme amenaza, pues la contundencia de la primera potencia mundial reforzaba el discurso de movimientos radicales esparcidos por la práctica totalidad de países europeos. En el caso español, Santiago Abascal se afanaba por mostrar su complicidad con el estadounidense pero también, y mucho más preocupante, Isabel Díaz Ayuso procuraba arrastrar a un partido supuestamente moderado a los posicionamientos de Trump.

La respuesta de Occidente ante los monstruos que surgen no puede ser generar uno propio

Sin embargo, su último desvarío, la guerra de Irán, evidencia de manera ya incuestionable lo que realmente aporta la extrema derecha cuando alcanza el poder. Así, los conservadores tradicionalmente moderados que, hasta hace poco, defendían o, por lo menos, decían entender en parte a Trump, empiezan a modular su opinión: han comprendido que los actuales inquilinos de la Casa Blanca son una amenaza para todo, para la democracia, la paz y, lo que más les alarma, para sus bolsillos. Además, y es lo más relevante, los ciudadanos estadounidenses van aparcando sus temores y, de forma ya contundente, desaprueban de manera creciente la gestión de su presidente.

Por ello, la evidencia de a qué conduce el hacer de personajes como Trump debe llevar a reflexionar, no tanto a los radicales, que seguirán a la suya, como a los partidos conservadores europeos, entre ellos nuestros populares que, con su actitud timorata frente a la extrema derecha, no han hecho más que avalar sus actitudes y propuestas.

Hace cerca de un siglo, decía Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo está por llegar, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Nada más acertado y actual. Entonces, la incapacidad por entender el momento y la condescendencia ante los radicales condujo a la II Guerra Mundial. Hoy, la respuesta de Occidente ante los monstruos que surgen por todo el planeta no puede ser generar un monstruo propio y más poderoso; nuestra única salida pasa por avanzar hacia ese mundo que está por llegar y que sólo alcanzaremos desde la moderación de unos y otros. Para ello, conservadores y socialdemócratas han de conformar unos discursos propios y decididos, sin temor a perder votos ante los radicales. Y, también, el mundo del dinero debe entender que hay excesos insostenibles; que esas desigualdades incomprensibles son la primera fuente del radicalismo y que ni los más acaudalados serían ajenos a un caos global.

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