Cuando el liberal demócrata David Laws tomó posesión de su despacho como nuevo secretario del Tesoro en el gobierno de coalición de David Cameron tras las elecciones del 2010, lo primero que encontró en el escritorio fue una nota que le había escrito su predecesor, el laborista Liam Byrne: “Lo siento, pero no queda dinero”. Si Keir Starmer tuviera sentido del humor, dejaría en Downing Street un mensaje idéntico para su sucesor, Andy Burnham.
El manifiesto con que el Labour ganó las elecciones del 2024 hace muy difícil un acercamiento a Europa
Aquello fue una broma, porque comparado con ahora, hace dieciséis años, y a pesar del crash del 2008, sí que había dinero. Burnham se encuentra con un país que necesita desesperadamente inversión en infraestructuras, industria, inteligencia artificial y nuevas tecnologías, un ejército que pide más armas de última generación para afrontar la amenaza rusa, un gasto disparado en medicina pública, beneficios, pensiones y Estado de bienestar, y sin margen para pedir más libras a los mercados porque su deuda pública es ya un 100% del PIB.
Literalmente no hay dinero ni para cumplir los objetivos prometidos de descarbonización y energía verde, ni para mejorar la situación de los 13,4 millones de británicos considerados oficialmente pobres (un 20% de la población, entre ellos 4 millones de niños y 1.7 millones de pensionistas), ni para invertir significativamente en el pozo sin fondo que es el NHS (Servicio Nacional de Sanidad), ni para un programa solvente de asistencia a las personas mayores, ni para la construcción del millón y medio de viviendas sociales prometidas, reducir el precio de la energía, aliviar el coste de la vida y no digamos igualar el norte pobre con el sur rico (el Reino Unido es uno de los países de Europa más centralizados y con mayor desequilibrio geográfico).
En las carpetas elaboradas por Andy Burnham para cuando reciba las llaves del número 10 (probablemente el 20 de julio), hay un montón que dicen “cuesta dinero” y otro que dicen “no cuesta dinero”. Entre estas últimas se encuentran un mayor acercamiento a Europa, el traslado de parte de las oficinas del Gobierno a Manchester, la nacionalización parcial (control público) del agua y las empresas de energía, y una posible reforma electoral que cambie el sistema mayoritario por uno proporcional, aunque todos los primeros ministros lo contemplan pero a la hora de la verdad se echan atrás (volverá a ocurrir si la ultraderecha deja de ser una amenaza para llegar al poder).
El nuevo premier ha prometido mejorar las infraestructuras, construir vivienda e invertir en sanidad
Todo sería más sencillo si el país no estuviera endeudado hasta las cejas, los impuestos fueran los más altos en setenta años o el manifiesto laborista heredado por Burnham (y que asegura que va a respetar) no prohibiera expresamente subir la carga fiscal sobre la renta, el IVA o el coste de la Seguridad Social que pagan los empleados. El margen de maniobra para el nuevo primer ministro es pequeño, y entre las opciones que baraja figura una tasa al valor del terreno (land tax) que sustituya al IBI y perjudique a los propietarios de viviendas costosas en Londres y el sur del país.
Otra idea para arañar unas cuantos millones sería igualar el tipo fiscal sobre las plusvalías al de la renta (actualmente es inferior), pero para ello necesitaría persuadir a los mercados financieros que controlan las riendas de la economía del Reino Unido y no tuvieron paciencia con las reformas prometidas por Liz Truss, tanto es así que se la cargaron en menos que canta un gallo (45 días). Theresa May propuso sin éxito que parte del impuesto hereditario se dedicara a la fuerza a financiar el cuidado requerido por las personas mayores, y Burnham podría ahora resucitar la idea.
El próximo líder británico anuncia una política más dura con el gobierno israelí
Andy Burnham todavía no está en Downing Street pero ya ha anunciado un endurecimiento de la política británica hacia Israel por su conducta en Gaza y la anexión ilegal de territorios en Cisjordania, con sanciones a individuos y entidades y limitaciones al comercio bilateral y la venta de armas.
“La respuesta inicial del Labour y Keir Starmer a la invasión de Gaza no fue la correcta y constituye una cicatriz en nuestra conciencia colectiva como país, tenemos que hacer las cosas mucho mejor”, ha dicho Burnham mientras se prepara para recibir las llaves del número 10 el 20 de julio.
Tras la masacre de Hamas del 7 de octubre y la subsiguiente respuesta israelí, Starmer justificó que Tel Aviv cortase el agua y la electricidad a Gaza. Y aunque posteriormente rectificó presionado por la comunidad musulmana, siempre dio la impresión de ser demasiado condescendiente con Netanyahu. Tardó en solicitar un alto el fuego hasta que lo habían hecho España, Irlanda y otros países, y tan sólo en el 2025 y a regañadientes reconoció formalmente al estado palestino.
La reticencia de Starmer a la hora de criticar el comportamiento de Israel le ha costado apoyos no sólo entre los musulmanes, sino también los de estudiantes, profesionales y clases medias progresistas, que han encontrado refugio en los liberales demócratas o los Verdes. Andy Burnham aspira a recuperarlos pero sin que el colectivo judío lo denuncie como antisemita, como hizo con el exlíder laborista Jaremy Corbyn.
Burnham no ha calificado la conducta israelí en Gaza de genocidio, pero afirma que hay indicios de que se han cometido crímenes de guerra y la decisión final corresponde a los tribunales internacionales de justicia.
Starmer le deja la casa patas arriba, no sólo en economía sino también en defensa y política exterior, con las relaciones con Donald Trump muy deterioradas, y el acercamiento a la Unión Europea más cosmético que sustantivo (la cumbre bilateral prevista para este mes se ha aplazado por el cambio de inquilino en Downing Street). El manifiesto del Labour descarta expresamente el retorno a la unión monetaria, el mercado único y la libertad de movimiento de trabajadores, lo cual restringe enormemente las posibilidades. En dos años ni siquiera ha sido posible concretar los planes para que jóvenes del continente puedan pasar un par de años estudiando en el Reino Unido por la insistencia británica en que paguen matrículas como extranjeros, mucho más altas que las que se aplican a los nacionales. La máxima ambición es una equiparación de los estándares agrícolas y de productos químicos y agropecuarios para facilitar el comercio.
Superar el centrismo soso y sin carisma de Starmer no le resultará difícil a Burnham. Más complicado será encontrar dinero.
