
A medida que se acercaba en Gran Bretaña, en plena era neoliberal liderada por Margaret Thatcher, el fatídico año 1984, el de la distopia anunciada por George Orwell en la novela que escribió en su lecho de muerte en el año 1948-49, se produjo una especie de angustia colectiva ante la evidencia de que el autor había acertado en sus predicciones. Incluso llegó a dar escalofríos.
Mas lo cierto es que, además de un aluvión de comentarios alarmistas en la prensa, no pasó nada: la Tierra seguía girando alrededor del sol y la guerra fría no daba señales de acabar en fecha próxima. Ahora bien, sólo tres años después, en 1987, Margaret Thatcher soltó aquello de que la sociedad no existe, sólo individuos, que parecía una frase sacada de la novela de Orwell. Dos años más tarde, en 1989, caería el Muro de Berlín.
Pero en vez de significar tamaño acontecimiento histórico el comienzo de una nueva era de esperanza y prosperidad, el mundo se encaminó hacia la verdadera distopia orwelliana, que es dónde ahora nos encontramos. Y en gran parte ha sido gracias a la revolución cibernética, las redes sociales, el auge de la economía china ante la progresiva decadencia de Occidente, que se ha culminado en el segundo mandato de un desquiciado Donald Trump, que habla con la voz del Gran Hermano que se inventó Orwell y con la venia de los tecnooligarcas megarricos de Silicon Valley, que nos vigilan hasta en nuestras más recónditos pensamientos o fantasías inconfesables.
La guerra es paz. La libertad es esclavitud La ignorancia es fuerza.
Una de las principales razones de por qué acertó en su pronóstico Orwell, es que no ha surgido ninguna ideología que ya no existiera a su muerte, en el mes de enero de 1950. Lo único que hay es una larga ristra de “neos”: que si neofascismo, neonazismo, neocomunismo… Tanto es así que, ahora, nos hallamos inmersos en una especie de repetición de los años treinta del último siglo, aunque, esta vez, más que en forma de farsa, que diría Marx, Carlos, pues de una tétrica serie en bucle que no llega a ninguna parte que no sea a un desastre para la humanidad (8.300 millones de habitantes y creciendo) y del planeta que habita con cada vez mayor dificultad.
Que el calentamiento global realmente existe-como queda más que evidente este tórrido verano-, no convence en absoluto a los negacionistas redomados metidos en sus despachos y residencias refrigerados. Tampoco existe político, del color que sea, que no eche mano a las expresiones orwellianas de doblepensar o neolengua. Los bulos, difamaciones, insultos, calumnias y mentiras campan a sus anchas no sólo en las redes sino en nuestras mentes poco preparadas para semejante asedio. Y por si faltara algún repelente ingrediente más, ya notamos en el pescuezo el fétido aliento de la IA.
Hace poco se estrenó en Movistar Plus y Filmin Orwell 2+2=5, un documental del cineasta Raul Peck. Pero se queda corto, ya que, por mucho que nos digan los autodenominados políticos iliberales o progresistas, lo que se percibe en cada vez más hogares ya en serios apuros, es que 2+2 = 3… o 2, o 1… o cero patatero. Aun así, se empeñan en vendernos la moto.
Nacido en 1903 en India, y a pesar de formarse en el elitista colegio de Eton en calidad de becario, Orwell (su verdadero nombre era Eric Blair), era siempre y en todas partes un outsider, que es lo que le permitió observar con total independencia un mudo que se desmoronaba, moral y físicamente, ante sus ojos, fuera como policía colonial en Birmania, en los bajos fondos de Paris y Londres, o en la guerra civil española.
Orwell no escribió sus agudos ensayos, artículos periodísticos o novelas enclaustrado en alguna universidad con mullidas alfombras y aire acondicionado, sino inmerso hasta el cuello en la inmisericordia y sórdida realidad de su tiempo, que vuelve a ser, mutatis mutandis, el nuestro.
