Hoy España juega su final para conseguir el campeonato mundial de fútbol. Más allá de criterios técnicos, desde hace años existen varios estudios que intentan establecer alguna correlación entre deporte y economía. En su célebre investigación del 2004 sobre los Juegos Olímpicos, Who wins the Olympic Games , los economistas Andrew B. Bernard y Meghan R. Busse demostraron que el PIB total de una nación —que combina el tamaño de su población con su riqueza per cápita— es el mejor predictor del éxito deportivo. La tesis es que el dinero compra infraestructura, tecnología y entrenadores, mientras que la población aporta la masa crítica necesaria para que emerja el talento deportivo natural. ¿Qué dicen los datos de este Mundial?
Veamos. España ha registrado desde el 2022 un crecimiento acumulado cercano al 10%, el mayor entre las grandes economías de la eurozona, y también es uno de los pocos Estados donde se ha incrementado la población (entre el 2022 y 2025 sumó alrededor de 1,5 millones de habitantes). En el frente opuesto, Alemania, eliminada en los dieciseisavos de final, e Italia, que cayó en la fase de grupos , han cosechado pobres resultados deportivos en un contexto donde su pirámide demográfica envejece (el 24-25% de la población italiana tiene más de 65 años, la mayor proporción de la UE) y su riqueza está estancada o en recesión (el crecimiento acumulado del PIB alemán desde el 2022 es negativo).
Quien tiene mayor riqueza, suele contar con más cantera de talento y más infraestructuras
Asimismo, en esta edición, Marruecos, Egipto, Paraguay, Colombia, Senegal, Congo o Cabo Verde pusieron en apuros a grandes potencias futbolísticas. “Las economías emergentes y en vías de desarrollo representan ya casi la mitad del PIB mundial, cuando a principios de siglo estaban en torno al 25%, y han contribuido a la mayor parte del crecimiento de la economía mundial en los últimos veinte años”, apunta Jeremy Cunningham, de Capital Group, en su nota Lecciones del mayor Mundial de la historia .
Sin embargo, con el fútbol entran en juego varios factores distorsionantes en la ecuación. ¿Cómo encaja, por ejemplo, que un país como Argentina, ganador del último Mundial y finalista en el 2026, sea desde hace años uno de los líderes en la cancha pese a tener una economía maltrecha?
Una explicación la sugerían ya en el 2002 los economistas Robert Hoffmann, Lee Che Ging y Bala Ramasamy en su investigación The socio-economic determinants of international soccer Performance para el Journal of Sports Economics , donde identificaron que el rendimiento futbolístico dibuja una curva de “U” invertida respecto al PIB per cápita. Su argumento es que, a partir de un umbral de riqueza intermedio-alto, el éxito deportivo se estanca. El punto de inflexión estimado era entonces de 21.836 dólares de renta per cápita (al cambio de hoy serían casi 40.000 dólares).
Más allá de un cierto umbral de renta, la afición al fútbol entra en competición con otras ofertas lúdicas
Superado este nivel de ingresos, el rendimiento deportivo tiende a disminuir. En las sociedades opulentas proliferan alternativas de ocio digital y académico que compiten por el tiempo de los jóvenes y reducen la práctica de deporte al aire libre. En cambio, en entornos con mayor desigualdad económica (medida por el coeficiente de Gini), como es el caso de Brasil, con cinco Copas del Mundo, el fútbol profesional se mantiene como el principal ascensor social. Los autores hablan de un “latin factor”: mediante el balón se canalizan las aspiraciones en varios países latinoamericanos. ¿No salió así Diego Armando Maradona de la miseria de Villa Fiorito? En estas sociedades menos avanzadas, gracias a que las barreras de entrada son más bajas (requiere poco equipamiento en comparación con otros deportes), el fútbol monopoliza la atención y, además, el talento atlético infantil no se dispersa en otras disciplinas.
Otro elemento que rompe el paralelismo entre potencia económica y potencia futbolística es la influencia del “jugador estrella”. En su investigación de este año, Population, GDP per capita, and qualification for the 2026 FIFA World Cup, el economista Gregory Papanikos argumenta que las discrepancias entre las predicciones de los modelos y los resultados reales se deben a la aparición fortuita y generacional de talentos individuales excepcionales (como Luka Modrić en Croacia o Cristiano Ronaldo en Portugal). “Estos jugadores de élite actúan como un choque exógeno de capital humano capaz de elevar el rendimiento de selecciones pequeñas y de bajos recursos por encima de su línea base demográfica y económica, permitiéndoles desafiar los determinantes estructurales tradicionales”.
El boom del fútbol de los países emergentes también tiene otra explicación económica: la globalización. Gracias al mercado de fichajes, un país en desarrollo no necesita tener una liga ni unas infraestructuras locales millonarias para competir. Países como Senegal o Marruecos exportan sus mejores talentos a las ligas europeas. Allí se entrenan con la mejor tecnología y táctica del mundo, y luego “repatrian” de forma gratuita ese conocimiento acumulado cuando juegan con su selección.
En los Estados con más desigualdad, el fútbol se percibe como un posible ascensor social
En cuanto a China, es verdad que el tamaño de su PIB de momento no se ve reflejado en el césped. Al igual que en EE.UU., el fútbol tiene allí poco arraigo cultural. Pero es interesante destacar cómo en los JJ.OO. Pekín sí cumple con los parámetros económicos. En el estudio citado al principio, los autores se preguntaban cómo era posible que China, hasta finales de los noventa, tan solo consiguiera el 6% de las medallas. La respuesta es que la posterior planificación pública y la inversión masiva en infraestructuras ayudaron a disparar los resultados deportivos de una forma casi keynesiana. Al final, los modelos económicos ayudan a explicar por qué unas selecciones parten con ventaja. Pero sirven de poco cuando el destino del partido se decide en un terreno donde hasta Dios ha llegado a poner su mano.
El declive económico de Alemania y
de Italia pasa cuentas en el césped
Italia, cuatro veces campeona del mundo, la segunda selección en el ranking histórico, se perdió este año el Mundial por tercera vez consecutiva, algo que no había ocurrido con ninguna otra selección campeona. Su eliminación tuvo lugar contra Bosnia Herzegovina, un país que participó por segunda vez en un Mundial y sin apenas presencia en los mercados internacionales de capital. “Su declive no ha sido repentino, sino el reflejo de años de inversión insuficiente en infraestructura, desarrollo de jugadores y renovación institucional, enmascarados por una reputación que ha tardado más en deteriorarse que los cimientos que la sostenían”, escribía Jeremy Cunningham, de Capital Group. “Las economías y las empresas siguen patrones similares. La sólida calificación crediticia de un emisor soberano puede coexistir con un deterioro fiscal gradual durante años antes de que los mercados lo reflejen. Una compañía con una posición de mercado dominante puede sufrir el deterioro de sus ventajas competitivas mucho antes de que dicho deterioro se refleje en sus cifras de beneficios. Los mercados han penalizado en repetidas ocasiones a aquellos inversores que confundieron una posición histórica de dominio con una garantía de éxito futuro”, explica.
Alemania es el caso más grave. “Los italianos tampoco podemos hablar mucho, pero Alemania se parece a un país analógico en un mundo digital. Su industria automovilística está averiada. Su crisis es también psicológica. Y el deporte, que nunca está descolgado de la sociedad, es el símbolo”, escribía Aldo Cazzullo, editorialista de Il Corriere della Sera.
En el frente opuesto una victoria de España tendría efecto económicos positivos, pero muy anecdóticos. Los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) estiman que los 17 jugadores de clubes españoles podrían tributar casi 6 millones si ganaran la final del Mundial gracias a las primas. En términos de mayor consumo en restaurantes y hostelería, con el IVA reducido al 10%, el incremento de ingresos fiscales en el conjunto sería testimonial.
El caso del deporte femenino norteamericano
En el fútbol femenino, Estados Unidos ha sido la nación más laureada del mundo durante más de tres décadas. La selección femenina norteamericana ha ganado cuatro Mundiales de la FIFA (1991, 1999, 2015 y 2019) y cinco medallas de oro olímpicas (1996, 2004, 2008, 2012 y 2024), además de una medalla de plata en 2000 y una de bronce en 2021. Canadá también ha cosechado un éxito mucho mayor en el fútbol femenino que en el masculino. La selección femenina canadiense ganó la medalla de oro olímpica en Tokio 2020 y también obtuvo medallas de bronce olímpicas en 2012 y 2016. En el Mundial de la FIFA, Canadá alcanzó las semifinales en 2003 y terminó en cuarta posición.
Estos logros demuestran que Norteamérica es capaz de producir equipos de fútbol de talla mundial. Por lo tanto, el rendimiento de las selecciones nacionales masculinas no es consecuencia de una falta de capacidad atlética o de recursos económicos, sino del entorno deportivo local, en el que el fútbol compite con otros grandes deportes profesionales por el talento, la atención y la inversión.
