Francia hace mea culpa sobre la esclavitud

Francia, como otros antiguos imperios, nunca logrará desprenderse del lastre moral de su aventura colonial y de la explotación de otros pueblos. En un nuevo ejercicio expiatorio, Emmanuel Macron organizó ayer en el palacio del Elíseo un solemne acto para conmemorar el 25  aniversario de la ley que calificó la trata y la esclavitud como crímenes contra la humanidad. Ningún otro país lo había hecho hasta entonces. 

El presidente de la República, que tiene mucho empeño, en su último año de mandato, en realizar grandes gestos que marquen su legado, dijo que la ley fue el justo corolario de “siglos de sufrimiento”, vivido en la intimidad por las familias de antiguos esclavos, y de una memoria transmitida de generación en generación. Macron recordó, en este sentido, la amplitud geográfica de la actual Francia ultramarina, una herencia colonial que se extiende desde las Antillas a Sudamérica, el continente africano, el Índico y Oceanía, con toda la riqueza que eso representa hoy, incluso para la lengua francesa.

Macron abordó el delicado tema de la reparación del daño causado, que algunos querrían incluso a nivel monetario. El jefe de Estado habló del reconocimiento de culpa, del esfuerzo en la educación y en la investigación, así como la construcción de un memorial a las víctimas de la esclavitud, en la plaza de Trocadero, en París, que se será inaugurado en el 2027. No excluyó -aunque de forma vaga- que algunos actores pudieran pagar reparaciones.  Según Macron, “el proceso de reconocimiento y reparación no tiene punto final”, y mencionó por ejemplo, la reciente devolución de bienes culturales expoliados en el antiguo reino de Dahomey (hoy Benin), algo que podría hacerse con otros países. 

Entre los casi 20 millones de personas que, según los últimos estudios, fueron compradas en África y trasladadas por la fuerza al continente americano para ser vendidas, se estima que 1,3 millones lo fueron por negreros franceses. Su destinos principales fueron las colonias en las Antillas, como las islas de Santo Domingo, Guadalupe y Martinica, además de la Guayana.  Más del 40% de estos esclavos fueron transportados por buques que tenían su base en Nantes, a orillas del Loira, donde hace unos años se montó una exhaustiva exposición sobre la materia.

Durante a Revolución Francesa y como consecuencia de la rebelión en Santo Domingo (luego Haití), la esclavitud se abolió en 1794, pero el emperador Napoleón I la reimplantó en 1802. Su final definitivo no llegaría hasta 1848.

En paralelo al acto de ayer, el Parlamento francés está tramitando la abrogación oficial del infame Código Negro, redactado por Jean-Baptiste Colbert, el poderoso ministro de Luis XIV, el Rey Sol, y que entró en vigor en 1685. Macron pidió con vehemencia que esta iniciativa salga adelante a finales de mes, con el respaldo total del Gobierno.

El Código Negro, un texto jurídico jamás anulado de manera explícita, era una guía muy detallada  de principios y normas sobre la vida y el trato a los esclavos. Había ediciones de bolsillo. Su lectura causa todavía escalofríos por la ignominia ética y la crueldad. Se catalogaba a los esclavos como “muebles”, aunque, eso sí, sus dueños estaban obligados, según el artículo 2, a bautizarlos e “instruirlos en la religión católica, apostólica y romana”. “El esclavo que haya golpeado a su amo o ama, o al marido de su ama o a sus hijos con contusión o efusiones de sangre, o en el rostro, será castigado con la muerte”, estipulaba el artículo 33. En el 37 se enumeraban las diversas sanciones en caso de fuga. A quienes permanecieran huidos durante un mes se les cortarían las orejas y se les marcaría una flor de lis en un hombro. En caso de reincidencia, se les cortaría la corva (parte opuesta a la rodilla) y se les marcaría una flor de lis en el otro hombro. A la tercera huida, el castigo sería la ejecución.

La ley promulgada hace 25 años, bajo la presidencia del conservador Jacques Chirac, recibió el nombre de su impulsora, Christiane Taubira, originaria de la Guayana francesa, que era entonces diputada y luego se convertiría en ministra de Justicia. Taubira intervino en la celebración, así como el director general de la Unesco, el egipto Jaled El-Enany.

Taubira aludió brevemente, y sin entrar en detalles, a la historia misma del Elíseo, que se edificó gracias a la fortuna del armador negrero Antoine Crozat, el hombre más rico del país a principios del siglo XVIII, para destacar así que la esclavitud es un factor totalmente indisociable del relato nacional.

El-Enany resaltó que la ley Taubira fue “un gesto inédito a escala mundial que supo transformar un silencio doloroso en imperativo jurídico y moral”. “La justicia comienza siempre por el coraje de reconocer la verdad, la de una tragedia que se prolongó durante cuatro siglos y afectó a decenas de millones de personas inocentes -enfatizó el director de la Unesco-. Detrás de estas cifras hay vidas, hombres, mujeres y niños, así como sus descendientes que llevan todavía ese dolor”.

Eusebio Val Mitjavila

Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)

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