“La historia de Jerusalén es la historia de sus familias”, dice Khader Salame mientras, con sus manos plagadas de arrugas alza una tela que hace más de dos siglos selló la unión de una joven pareja con una dote de 500 piastras otomanas. El archivista es el encargado de gestionar la biblioteca del clan Khalidi, la colección más importante de documentos y libros históricos de la Ciudad Santa.
El edificio se levanta al final de una de las calles más cercanas a Dios. La cuesta de la Puerta de las Cadenas desemboca directamente en la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado del islam. Cada día, miles de fieles musulmanes la recorren camino de Al Aqsa, mientras apenas unos metros más abajo otros tantos judíos se desvían hacia el Muro de las Lamentaciones, cuya estructura arranca justo detrás de la tapia de la biblioteca.
Entre esas paredes se conservan cerca de 2.000 manuscritos —el más antiguo, del siglo XI— junto a miles de documentos administrativos, correspondencia familiar, decretos imperiales otomanos y registros judiciales que permiten reconstruir la historia política, social y urbana de Jerusalén desde el siglo XVI con un detalle excepcional. Muchos de ellos siguen en estanterías de madera centenarias, protegidos en cajas y fundas especiales tras décadas de restauración y digitalización impulsadas por la propia familia y varias instituciones internacionales. “Hemos dedicado años a conservarlos porque no son solo patrimonio de los Khalidi, sino de Jerusalén”, afirma.
La biblioteca nació precisamente de esa voluntad de preservar el conocimiento. “La fundó una mujer, Jadiya Khalidi, que en 1870 decidió que los ingresos de sus bienes se destinarían, tras su muerte, a crear una biblioteca para Jerusalén”, explica Khalidi. Su hijo, Hajj Raghib Khalidi, cumplió aquel legado y la abrió oficialmente en 1900. “En aquella época casi todas las grandes familias tenían sus propias bibliotecas, pero muchas desaparecieron. La Khalidi sobrevivió y hoy sigue siendo una de las tres grandes bibliotecas familiares históricas de la ciudad.”
Los documentos de la biblioteca Khalidi explican la historia de Jerusalén desde el siglo XVI
Ahora ese legado está en riesgo de desahucio. El Gobierno israelí ha creado un grupo interministerial para estudiar la confiscación de decenas de inmuebles palestinos situados en la estrecha calle, una de las arterias más sensibles de la Ciudad Vieja y donde se encuentra la biblioteca. El equipo, impulsado por el Ministerio de Asuntos de Jerusalén y Patrimonio, que dirige el ministro Yariv Levin, dispone de un año para presentar un plan que permita ejecutar unas órdenes de expropiación emitidas tras la ocupación de Jerusalén Este en 1967 y nunca aplicadas hasta ahora. Según el Ejecutivo, el objetivo es “desarrollar y fortalecer la capital de Israel” y “ejercer el control sobre la totalidad del Barrio Judío”. La medida podría afectar a unos cincuenta edificios y desembocar en el desalojo de las familias musulmanas que los ocupan.
Aunque la Biblioteca Khalidi no ha recibido todavía ninguna orden oficial de expropiación, la preocupación crece día a día. En centenares de ocasiones en territorios de Cisjordania y de Jerusalén Este, las autoridades acostumbran a tomar terrenos basándose en la falta de documentos oficiales que acrediten la propiedad de familias palestinas. En el caso de clan de Khalidi, jueces históricos jerusolomitanos, la falta de papeles no es un problema.
“Hace unos años llegó un grupo de ultraortodoxos y entraron en nuestros edificios”, asegura Khalil. “Al día siguiente fuimos a los tribunales y conseguimos que la policía los desalojara”. Por ello, el gobierno debe cambiar su argumento legal para tomar la biblioteca. “Todo apunta a que utilizarán la legislación militar derivada de las órdenes de expropiación de 1967 para hacerse con las propiedades”, sostiene. “No sabemos exactamente qué edificios quieren tomar, pero tenemos más de diez inmuebles en esta zona y vivimos con una enorme incertidumbre.”
La tensión va más allá del anuncio del Gobierno. El próximo 17 de agosto, la familia tiene una cita en el Ayuntamiento de Jerusalén para resolver un largo litigio sobre la rehabilitación del edificio histórico. “Necesitamos hacer obras de conservación, pero nos han advertido de que, si intervenimos en el interior sin autorización, podríamos enfrentarnos incluso a penas de cárcel”, denuncia Khalidi. Para una institución que custodia algunos de los documentos más valiosos de Oriente Próximo, la paradoja resulta difícil de asumir: mantener el edificio en pie puede convertirse, según la familia, en un riesgo legal.
Si finalmente llega una orden de confiscación, la prioridad será salvar el archivo. “Sacaremos los manuscritos y los documentos. Eso es lo primero que haríamos”, asegura Khalidi. Guarda silencio unos segundos antes de añadir una frase que resume el desequilibrio que siente frente al Estado: “Pero cuando enfrente tienes al Estado, no hay mucho margen de maniobra”.
La muerte de la biblioteca Khalidi sería una estocada más al herido entramado social de Jerusalén Este, un lugar donde cada gran clan ha perdido su poder administrativo, pero no simbólico. Una ciudad donde los apellidos, igual que sus archivos, conservan el testimonio de un Jerusalén gobernado por una nueva élite israelí y que poco a poco comienza a desaparecer.
