Cuando Donald Trump visitó Moscú por primera vez, según consta en los archivos, esa ciudad todavía era la capital de la Unión Soviética y el muro de Berlín aún continuaría en pie un par de años más.
Pero hubo algo que ya le hizo abrazar una idea que ha mantenido hasta la fecha: su animadversión por la OTAN y los aliados de Estados Unidos.
El entonces máximo dirigente, Mijaíl Gorvachov, trataba de impulsar la perestroika (reestructuración), destinada a modernizar la economía, y la glásnost (apertura o transparencia), que buscaba ampliar la libertad de expresión y el acceso a la información. Aunque el imperió soviético hacía aguas, seguía siendo el bastión del comunismo y de los bolcheviques.
Trump, el promotor inmobiliario, viajó más allá del telón de acero en julio de 1987. Tenía 41 años. Voló con su entonces esposa Ivana, invitado por el embajador soviético en EE.UU. Yuri Dubinin. El objetivo era explorar la posibilidad de construir un hotel de lujo en la capital y otro en Leningrado (actual San Petersburgo). El doble proyecto nunca llegó a concretarse.
Fuera por la influencia de Dubinin, de su admirado Richard Nixon –el primer presidente estadounidense que piso tierra rusa tras la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1972– o de alguien con quien se encontró, ese viaje dejó en Trump una profunda huella. Así ha quedado demostrado cinco décadas después y no solo por la admiración que le despierta un tipo duro como Vladímir Putin, sino por sus amenazas con romper el bloque militar occidental.
Experiencia transformadora
Si bien no salió el negocio inmobiliario, el viaje a Rusia marcó la ideología de Trump
Los dirigentes de la URSS y los mandatarios rusos han coincidido en rechazar la Alianza Atlántica como un peligro para la integridad del imperio ruso.
De regreso a Nueva York, Trump ejerció como propagandista del enemigo y trató de socavar el frente antisoviético.
Porque más que ese periplo, lo que ha despertado especial interés histórico es lo que ocurrió dos meses después.
El 2 de septiembre de 1987, Trump se gastó cerca de 94.800 dólares para publicar una carta abierta a toda páginas en tres de los más importantes diarios estadounidenses – The New York Times, The Washington Post y The Boston Globe – bajo el título “No hay nada malo en la política de defensa exterior de Estados Unidos que un poco de firmeza no pueda solucionar”.
Luego se explicaba el asunto: “Una carta abierta de Donald J. Trump sobre por qué Estados Unidos debe dejar de pagar por la defensa de países que pueden permitirse defenderse por sí mismos”. Es como si lo hubiera escrito hace solo unos días, durante su visita a Turquía para la cumbre de la OTAN. Pero no.
“Es hora de que pongamos fin a nuestros enformes déficits haciendo que Japón y otros países que pueden permitírselo, paguen. La protección que ofrecemos al mundo vale cientos de miles de millones de dólares para esos países y lo que está en juego para ellos en su propia protección es mucho mayor que para nosotros”, escribió.
“Gravemos con impuestos a estas naciones ricas, no a EE.UU. Pongamos fin a nuestros déficits, reduzcamos los impuestos y permitamos que la economía estadounidense crezca sin la carga del coste de defender a quienes fácilmente pueden permitirse pagarnos por la defensa de su libertad. No permitamos que nuestro gran país siga siendo objeto de burlas”, concluyó.
Es como si El mundo de ayer de Stefan Zweig fuera totalmente idéntico al mundo de hoy, al menos al de Trump.
La palabra OTAN no aparece en ese texto, si bien es evidente la crítica de que Europa Occidental, sin tener en cuenta las contraprestaciones, dependiera de la protección de EE.UU.
Resulta sorprendente revisar este documento pasados 40 años, en un momento en el que Trump alerta contra el peligro rojo, el de los bolcheviques de quienes él hizo de vocero.
Y aún más tras su discurso a la nación del jueves, calificado por muchos de ridículo y absurdo, donde acusó a China de conspirar contra él en las elecciones del 2020, que las perdió a pesar de su mentira de que ganó.
La Casa Blanca desclasificó documentos tras esa alocución que supuestamente probaban la interferencia de Pekín. Sin embargo, los analistas no han dado con nada nuevo.
Entre esos papeles se les coló uno con nuevas pruebas de que Putin había trabajado para facilitar la victoria de Trump en el 2020. En ese documento se indica que el presidente ruso y altos funcionarios de ese país intentaron manchar la reputación del candidato Joe Biden.
Como en las películas, todo empezó aquel verano de 1987.
